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Eating Animals y el oxímoron de la “explotación compasiva”

Crítica desde una óptica antiespecista al documental Eating Animals, producido por Natalie Portman y Jonathan Safran Foer, en cuyo libro se ha basado

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La actriz Nathalie Portman durante la presentación del documental Eating Animal

La actriz Nathalie Portman durante la presentación del documental Eating Animal

“Me siento autorizado a matar a los animales porque yo les he dado la vida, amado y cuidado”. Estas palabras resumen lo expresado por uno de los granjeros “compasivos” entrevistados en Eating Animals (2018), un documental producido por Natalie Portman y Jonathan Safran Foer en base al libro autobiográfico de este último. Unas palabras que parecen la versión especista del “la maté porque era mía” de la violencia machista y que no esperas escuchar idealizadas en un documental que supuestamente defiende a los animales.

Desconozco si Portman y Foer, y el director del documental, Christopher Dillon Quinn, tienen como objetivo final contribuir a acabar con el sufrimiento animal o solo realizan un ejercicio de denuncia sui generis, pero sea cual sea su pretensión el documental pone de manifiesto cuán equivocada es la creencia de que en activismo hacer algo es mejor que nada. Si no estás dispuesto a informarte bien y reflexionar honestamente, algunas veces definitivamente es mejor no hacer nada. De lo contrario puedes acabar, como le sucede a Eating Animals, con un resultado muy confuso. Y la confusión es tremendamente ineficaz a nivel estratégico y éticamente muy peligrosa cuando de lo que hablamos es de combatir la violencia.

Sufrimiento animal y padres-verdugo

Lo anterior no significa que Eating Animals no muestre de forma contundente y diáfana la violencia contra los animales en las granjas industriales. Lo hace y de forma muy explícita. El documental dedica mucho metraje a explicar también el impacto de esta violencia en el medioambiente y en la salud humana, pero el sufrimiento de los animales está representado sin ambivalencias.

Sin embargo, y de hecho desde la primera y larga secuencia inicial, el documental hace también una insistente e indocumentada apología de la ganadería menos intensiva. Frente a la explotación industrial, se idealiza la explotación animal relacionada con las prácticas consideradas tradicionales -en granjas familiares o pequeñas, con menos animales y mejor cuidados-, que el documental presenta como una alternativa ética. Para describirla se utiliza una retórica bucólica, con varios casos de granjeros presentados como ejemplares, que practican una explotación más “humana”, definida en base a una particular concepción del amor: “quieren” a sus animales y les “duele” enviarlos al matadero, afirman que tienen autoridad para matarlos dado que les han concedido una vida “tan buena” y consideran que la buena calidad de los productos en qué convierten a sus animales es una prueba tangible de ese “amor”. La escenografía con la que se presenta a estos granjeros parece además querer emular la estética de los santuarios de animales, con granjeros caminando rodeados de animales en medio de campos de flores. Solo que los granjeros aquí son a la vez cuidadores y verdugos.

Por este motivo,  Eating Animals supone tanto una denuncia de la explotación industrial de animales como una promoción de la ganadería menos intensiva, presentada como sostenible y humana. El mensaje final viene a ser un contradictorio “si quieres evitar la violencia contra los animales, y el resto de los problemas que esta produce, come animales tratados y matados con amor”.

Voy a obviar aquí el hecho nada desdeñable, y muy bien explicado en otras partes (sin ir más lejos Cowspiracy), de la falacia que supone promover la ganadería extensiva como una opción viable -simplemente no hay suficiente tierra en el planeta para ello. Sorprende que el documental no se haya preocupado más por evaluar la viabilidad real de tal propuesta, pero en realidad es esta una cuestión secundaria, porque, aunque tal explotación fuera una opción técnicamente viable, mantendría el problema ético intacto.

La explotación menos intensiva, evocadora de unos métodos tradicionales romantizados en el imaginario colectivo, quizás incluya menor sufrimiento para menor número de animales, pero sigue siendo una práctica explotadora y, por lo tanto, violenta. Los animales son igualmente cosificados, manipulados, instrumentalizados y, al final, ejecutados. Considerar la explotación no intensiva como una opción ética solo es posible desde una mirada especista, dado que jamás se aceptaría una propuesta similar si se implicara a humanos. Por ejemplo, nadie se atrevería a afirmar hoy que la crueldad de la esclavitud humana contemporánea, todavía masiva, puede ser combatida volviendo a prácticas ancestrales de servidumbre doméstica, con humanos esclavizados por familias que les “cuiden” y “quieran”.

Pretender ajustar los conceptos de amor y cuidado a prácticas que implican violencia produce inmediatamente resultados ofensivos, como la figura del padre-verdugo de los granjeros “compasivos”, que jamás aplicarían esta lógica demente (tener derecho a matar a alguien porque le has dado la vida y cuidados) a sus hijos biológicos. O el asociar mayor inteligencia a los animales mejor cuidados, frente a los animales “estupidizados” por el maltrato industrial, lo cual parece de nuevo la versión especista de la desvalorización arquetípica que realizan las ideologías de la dominación sobre los oprimidos.

No me extiendo más en la presunta ética de las prácticas llamadas tradicionales porque me parece que en estas mismas páginas ya se ha hablado sobradamente del problema ético del especismo -que aprueba el abuso de otras especies en base a una discriminación injustificada y además innecesaria, dadas las excelentes alternativas basadas en plantas disponibles hoy en día. Sí creo no obstante preciso recalcar el engaño que supone creer en que es posible humanizar la violencia. La “explotación compasiva” o “humana” simplemente no existe, es una contradicción en sus términos, igual que no existe la “esclavitud compasiva” o la “opresión compasiva”. 

Por otro lado, la confusa estrategia utilizada por Eating Animals no es solo éticamente problemática sino, además, ineficaz desde un punto de vista estratégico. Igual que no defendemos a las mujeres pidiendo que los machistas violentos tengan clemencia con ellas o que no luchamos contra la esclavitud infantil pidiendo que la explotación laboral de los menores sea más benévola, tampoco es útil defender a los animales pidiendo que se les explote más humanamente. Igual que sucede con la violencia entre humanos, la violencia contra los no humanos no es una cuestión de grado sino de naturaleza. Aceptar grados de violencia supone aceptar y prolongar la violencia, porque la violencia siempre engendra más violencia. En este sentido creo que es útil pensar en ella como un incendio. A los incendios no basta con reducirlos, hay que apagarlos porque, de lo contrario, pueden propagarse de nuevo y hacerlo incluso con más fuerza.  

Precisamente la naturaleza inflamatoria de la violencia la vemos a diario en los abusos que padecen los animales por parte de los humanos, incluso allí donde supuestamente la violencia está controlada y minimizada. Eating Animals incluye un ejemplo de ello especialmente cruel.

La violencia genera violencia

En los Estados Unidos, como en el resto del mundo, el Gobierno financia la investigación dedicada al incremento de la productividad ganadera y el rendimiento empresarial de las granjas a través de centros como el US Meat Animal Research Center (USMARC). En el caso de los animales, esto supone, por ejemplo, intentar aumentar el número de hijos que tienen en cada parto, aumentar la cantidad de producto que podemos extraer de su carne o fluidos, descubrir dietas que optimicen el coste-beneficio o conseguir simplemente que los animales sobrevivan sin cuidado humano alguno (por ejemplo, en la ganadería extensiva). Todo ello supone realizar todo tipo de experimentos con los animales, que en algunos casos implican una extrema crueldad y que han llegado a ser denunciados en los medios de comunicación (en 2015, por ejemplo, The New York Times publicó la investigación sobre el USMARC US Research Labs Lets Livestock Suffer in Quest for Profit).

Para muchas personas estos experimentos son en todos los casos moralmente injustificables, pero en algunos son incluso inexplicables desde un punto de vista del rendimiento empresarial. Uno de estos casos es el relatado por un veterinario entrevistado en Eating Animals, una historia que ya fue denunciada en su momento pero que en el documental es especialmente impactante porque quien la relata fue testigo directo de ella.

El caso tenía que ver con los experimentos para estudiar la libido de los toros, que consisten en inmovilizar a una vaca en un cubículo, introducir en él a un toro y contabilizar hasta cuantas veces consecutivas el toro la monta. La violación recurrente -la vaca está inmovilizada y es forzada- es una práctica habitual no solo en centros de investigación sino en las granjas de todo el mundo. Sin embargo, el experimento que presenció el veterinario había ido mucho más allá al encerrar e inmovilizar a una vaca con, no uno, sino seis toros, a los que se permitió que la violaran durante horas hasta matarla, dejándola con las piernas traseras rotas y el cuerpo desgarrado y sin permitir que el veterinario, que estaba presente, le aplicara la eutanasia. Todo ello en unas instalaciones vinculadas al departamento de ganadería estadounidense presuntamente dedicadas a la investigación científica.

Es evidente que hacer que una “manada” de toros viole a una vaca hasta su muerte no puede responder a ninguna lógica científica ni permite obtener ninguna información relevante sobre cómo incrementar la productividad de nada. Sin embargo, arroja información muy relevante sobre nosotros los seres humanos, sobre cómo la violencia engendra más violencia y sobre cómo las violencias se alimentan entre sí. Teóricas y activistas antiespecistas han denunciado reiteradamente la conexión que existe entre todas las violencias y muy especialmente entre el sexismo, el racismo y el especismo. Las frases y actitudes de los granjeros “compasivos” de Eating Animals, que adoptan con una fórmula especista la lógica y retórica de la violencia machista o racista, permiten visualizar esta conexión fácilmente. Y esta conexión permite también entender por qué, igual que sucede con los humanos, el grado de tolerancia con la violencia contra los otros animales solo puede ser cero.

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