Alberto Santamaría, escritor: “La corrupción es uno de los grandes temas del presente y apenas aparece en la narrativa contemporánea”
Detrás de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976), colgado en la pared, hay un cuadro conceptual, pintado a lapicero por su amigo Paco Nadie. A través de la pantalla del ordenador, un día de marzo, no se ve más de la casa del escritor, que vive y trabaja en Salamanca, como catedratico de Teoría del Arte en la universidad pública. Más conocido por sus ensayos y sus poemas, acaba de publicar nueva novela, 'Pusilánime', que es el relato de un cargo medio de un ayuntamiento cualquiera que es un corrupto confeso. Un corrupto de clase alta, nieto del cuñado de Franco, que quiere ser escritor; que sueña con ganar concursos literarios, pero cree que no lo consigue porque le obligan a participar en corruptelas varias hasta que acaba preso. Mientras, una serie de personajes le acompañan, entre la realidad y el delirio. El libro parece un retrato de un personaje que se autodefine como pusilánime, pero se convierte en un retrato de España.
Mucho de lo que no se atisba sobre Santamaría más allá del cuadro conceptual de Paco Nadie, lo acerca su editor, Javier Fernández Rubio, que siente que no se ha encontrado a mucha gente como él: “Su cerebro es una computadora, con la cabeza llena de datos, de citas, pero no es exhibicionista, no pontifica”. De él también dice que está “alejado del Santander alfonsino sin tensiones sociales”, porque lleva años comprometido con la memoria histórica, a una distancia prudencialmente cercana de la ciudad en cuya periferia obrera creció. De ahí salió para recorrer desde hace muchos años lo que Fernández Rubio llama “territorios desechos”.
'Pusilánime', en principio, cuenta la historia de un corrupto confeso. Pero no va sólo de eso, ¿qué más quería contar?
Uno de los grandes temas del presente es la corrupción y cómo, en gran medida, apenas aparece en la narrativa contemporánea. Por un lado, tenía el interés de narrar la corrupción desde un lugar poco habitual: el lugar del corrupto que solo tardíamente se da cuenta de que es corrupto, o que siempre ha sabido que es corrupto, pero no quería verlo. Alguien que es inocente y no lo es. Y, por otro lado, me apetecía mucho mezclarlo también con la literatura, con la ciencia ficción, un poco delirante, con la influencia, por ejemplo, de autores como Kurt Vonnegut o J.G. Ballard. Pero también la literatura de viajes y de aventuras. Después de escribir el libro, leí a un político que había estado en la cárcel y cómo le llamaba la atención la cantidad de corruptos, que eran funcionarios menores, que habían estado en la cárcel con él y que habían asumido ese rol.
En la contraportada pone que el protagonista, al que llama 'El pusilánime', fue manipulado por políticos, periodistas y por su propia familia: ¿fue manipulado?
Claro, eso es un poco el juego: hasta qué punto él es manipulado o se deja manipular, porque también otro de los elementos importantes del personaje es la familia de la que viene. Mucho de lo que está en la novela son cosas que he leído en entrevistas de los propios personajes políticos corruptos del presente. Dentro, por ejemplo, del Partido Popular, había como dos familias enfrentadas: la familia de aquellos que eran ricos de familias del franquismo y, por otro lado, aquellos que venían de clase baja, que crecían dentro del partido. Esas dos familias chocan siempre dentro de determinados partidos más conservadores. Entonces, este personaje protagonista es un personaje que ha crecido dentro de un contexto de manipulación: se deja manipular en la misma medida en la que él es manipulado. Es un poco ese doble juego: él va asumiendo determinados roles, como una especie de Sancho Panza de otro personaje más corrupto.
Se pregunta en el libro: ¿El pusilánime tiene algo de psicópata? Y responde: probablemente.
Yo creo que va un poco por ahí, cuando uno escribe libros siempre tiene personas en la cabeza, y este personaje en realidad es un Frankenstein de varios personajes que he conocido en mi vida. Hay un personaje que conocí, que es al que más se parece —pero no voy a revelar quién es—: era un tío que era tan pusilánime que daba miedo. Parecía que siempre te estaba dando la razón, pero en cualquier momento sabías que eso iba a salir mal por algún lado, no solo traicionar, sino de alguna forma que algo chungo podía pasar. Esa sensación es un poco también la que da este personaje protagonista porque es un pusilánime, pero en el fondo es malvado, pero al mismo tiempo es tierno. Y es una de las personas más peligrosas.
Es interesante cómo el protagonista reconoce los actos, pero no se responsabiliza, siempre los responsables son otros. ¿La autoindulgencia es un rasgo del corrupto, del político o del ser humano en general?
Yo creo que es una característica que puede atravesar a los tres al mismo tiempo. Es decir, esta idea del personaje que es malvado, pero que no se ve a sí mismo como malvado y al mismo tiempo se 'desresponsabiliza' de todo, yo creo que es un rasgo de clase alta; una persona que crees que es generosa, pero es malvada y encima luego te carga a ti con determinados problemas que son suyos. Es muy típico de determinados niños de papá, de lo que se llamaba el señorito satisfecho, que ha vivido muy bien esa burbuja y que cuando intenta independizarse, intenta vadear para sacar siempre beneficio, vendiéndose a sí mismo como víctima. Sin embargo, el personaje sí que se da cuenta de que ha hecho cosas mal, ese juego también está ahí presente, pero en líneas generales considera que por su situación de clase se merece determinadas cosas. En este caso, el personaje lo que quiere es ser escritor y ha obtenido ser escritor. ¿Cómo lo hace? Pues robando, pero roba porque en el fondo cree que se lo merece. Es decir, el autorrelato es que es un héroe en realidad, porque es un rico que dona su tiempo a la política.
¿Este perfil de corrupto de clase alta es un prejuicio que usted tenía antes de escribir o ha sido un hallazgo?
Tenía mis intuiciones, pero mientras fui investigando, me di cuenta de que hice un perfil de personas de clase alta... Ellos no perciben la corrupción porque en el fondo sienten que se lo merecen. Piensan: tengo contactos, conozco gente, tengo capital social para juntar a éste con éste y que yo me lleve un 3% es lógico. Es, como dicen ahora, de sentido común. Hay una frase de Mariano Rajoy que me gusta mucho: “Una cosa es ser solidario y otra serlo a cambio de nada”. Esa es un poco la idea: el hecho de que el relato de clase te permite relatar que tú vas a ser el héroe porque compartes tu capital social, conoces a uno, conoces a otro. Y es una cosa que sí que he descubierto. Los de clase más baja, media, tienen un carácter aspiracional; alguien que asciende a base de ser hábil y ser embaucador, de saber posicionarse. Es un elemento muy divertido de la corrupción en España, porque existen esas familias de rancio abolengo que tienen dinero a las que les gusta esta clase media baja aspiracional que entra en política para ganar dinero. El conflicto se crea porque los ricos nunca van a reconocer al otro como un igual y el otro se da cuenta. Entonces, cada uno juega sus papel dentro de esa comedia que es la corrupción.
¿Cómo fue el proceso de investigación?
Muchos de los datos que aparecen en la novela son reales, de sentencias judiciales o de declaraciones, frases de reuniones, de actas... De ahí saco un poco esa idea de ese conflicto que tiene también mucho que ver con la propia estructura del país. Me acuerdo que cuando hice la edición de los textos de Karl Marx sobre España -lo escribió en 1854-, Marx decía que la corrupción es lo que le da sentido al país. Es decir, si a España le quitas la corrupción, es como quitarle el suelo porque todo se funda en familias que se hacen favores, que se corrompen entre sí. Hay una estructura basal que es la corrupción. Es muy curioso. La pregunta de fondo es: ¿la corrupción tiene solución o la única solución que tiene la corrupción es destruirlo todo y empezar de nuevo? Esta historia que yo cuento la sabe todo el mundo y siguen cayendo en la corrupción, saben que a todos les acaban pillando y, aún así sigue la corrupción, pero alguno se dice: a mí no me van a pillar porque soy más listo. Y ese juego está en la estructura de la propia sociedad. Es uno de los temas más interesantes, pero quizá estamos en un momento en el que la literatura española está muy ensimismada, el yo narrativo.
Marx decía que si a España le quitas la corrupción, es como quitarle el suelo porque todo se funda en familias que se hacen favores, que se corrompen entre sí
Citaba a Marx. En el libro no está Marx, pero sí está Franco. Hay una idea que justo mencionaba al inicio de la conversación, que le dice Franco a su cuñado, Ramón Serrano Suñer: “Nuestra cruzada es la única en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”.
Esta frase es verdad, es literal, es una frase que dijo Franco en 1942, si no recuerdo mal, en una entrevista en un periódico que luego repitió en varias ocasiones. El objetivo era ganar dinero con la guerra y después de la guerra sentarse. Hay datos y nombres que he cambiado, pero ese era el objetivo y ese era el reto heroico que sigue hasta nuestros días. Si los ricos se meten en política es para ser más ricos. El modo en el que se estructura después de la Guerra Civil España es el modo en el que la transición funciona también de embudo para que ese esa frase del año 42 que dice Franco siga funcionando. Podemos decir que la transición es la cruzada para que los ricos sigan siendo más ricos. Las familias ricas que se hicieron ricas con la guerra siguen siendo ricas en 2026, más ricas todavía. Entonces, en este relato algo ha sucedido y lo curioso es que utilicen la política como una doble herramienta. Dicen: 'en lugar de estar ganando mucho dinero, mira, estoy en política ayudando a la gente; encima que estoy aquí en política perdiendo dinero, cómo no voy a ganar'. Y, al mismo tiempo, utilizan la política como un relato a través del cual pueden ganar todavía más. Es decir, ese juego está, como digo, en la propia historia. Hay un paralelismo con el personaje protagonista de la novela y el rey emérito, en la medida en la que él no se da cuenta de que estaba haciendo nada malo. Esa idea de 'me lo merezco', porque me doy el relato de que yo he hecho mucho por España. Creo que, en España, hay más de novela de caballería que de picaresca, como algo típico español. En estas familias se creen caballeros andantes que nos hacen favores porque son inducidos por la divinidad a salvarnos como si fuéramos damiselas en el castillo. Lo curioso es que muchas de estas personas luego no acaban en el banquillo de los acusados, acaban los personajes medios, bajos, es decir, las cabezas de turco, que siempre acaban en la cárcel, los que se comen los años.
El protagonista, el pusilánime, es nieto de Serrano Suñer.
Esa historia es más o menos verídica. Serrano Suñer vivió ciento y pico años, impune a todo, pasó la transición como si la vida no pasara con él, que creo que se inventó de los campos de concentración en España, pero no, pero es un héroe. No es el tema central de la novela, pero está de fondo.
'El pusilánime' tiene alucinaciones. ¿Es una forma de perdonar al político o es un juego literario para contar la historia?
Tiene un poco de juego y tiene también un poco de autopercepción suya de: 'Yo no tengo que ver con lo que está pasando en el mundo'. A mí el delirio me gusta mucho, entonces, me gusta jugar con ello. Me gusta también mucho la ciencia ficción un poco rara y me apetecían esas locuras de viajes en el tiempo mezcladas con la realidad. Está basado en varias personas reales, pero hay un caso concreto que conocí, que era de familia muy rica, muy conservadora, y le obligaban un poco a meterse en política. Pero él lo que quería era ser escritor y se presentaba a todos los concursos y nunca ganaba y nunca le publicaban nada. Es lo que le pasa a este personaje con su conflicto: tengo dinero, soy majo, nadie me quiere publicar, algún conflicto hay. Y luego también tenía este tercer elemento que era la idea de que el personaje utilizaba la literatura como una especie de válvula de escape. Porque también pasa que hay algunos corruptos que van de humanistas. Hay algunos que les gusta mucho citar a personajes, como de dárselas de culturetas, y me parecía interesante para entender que este personaje intenta ser escritor y se dice: 'todas estas movidas políticas que me pasan son porque yo quiero tener tiempo'.
Pero el protagonista nunca termina ningún relato...
Nunca termina ningún relato. Es también ese elemento de imposibilidad. Hay una cosa que me pone muy nervioso que tiene que ver con esto, que es el realismo plano, cronológico. Igual es porque vengo de la ciencia ficción, de la poesía, y los relatos ordenados, puros y claros, me sacan de la historia. Como lector, me gusta cuando de repente pasan cosas que no tendrían que pasar. Me apetecía meter a un corrupto en el ámbito de la literatura, y de la ciencia ficción. Pero también mucho de esta idea de pensar en el corrupto como que también intenta hallar en la literatura una forma de huida. Leía algunas entrevistas de algunos corruptos que estaban en la cárcel y contaban que se pasaban el día en la biblioteca, que leían mucho. Tienen ese relato de que es injusto: '¿cómo voy a estar yo en la cárcel?, si hay asesinos ahí'. Y yo, 'mira, me estoy leyendo aquí a Dostoyevski, que no pinto nada aquí'. Hay mucho de esa especie de mitomanía en particular.
Habla de jugar y el editor de su libro, Javier Fernández Rubio, me explicaba que, en este libro y en general, le gusta mucho jugar con los géneros literarios. Dice que le interesa mucho el romanticismo, ¿por qué?
Sí, he publicado con él un libro sobre el tema. Hay una apreciación a veces muy curiosa del romanticismo, como muy conservadora o muy vinculada a términos imaginarios fantásticos y demás, pero hay una parte del romanticismo que son determinadas novelas, que utilizan lo que un filósofo alemán llamaba 'autoseudismo', que a mí me gusta mucho, y es el hecho de mentir sobre ti mismo. Me interesa cómo jugar a contar cosas que parecen verdad y cuando más parece que estés contando una verdad lógica, introducir algo que rompa el discurso. Es lo que llaman también ellos la 'ironía romántica'. Es decir, te estoy contando una historia que parece normal y de repente sucede algo que va apareciendo poco a poco o de golpe, que voltea completamente el relato; leer un relato que parece que es más o menos lógico y de repente introducir, por eso, un tío que está buscando el semen de Lorca para hacer ese tipo de cosas que de repente es como un gran volteo de la realidad. Y esa sí que es la influencia del rollo romántico. Me interesan determinados recursos literarios que inventaron o que utilizaron los románticos de una manera particular, como es la ironía, o determinadas metáforas, o como es la relación entre lo trascendente y lo cotidiano.
Su editor también me explicaba que la novela es su género menos menos conocido, frente a la poesía o el ensayo, pero dice que retrata muy bien a la gente que vive en los márgenes de la sociedad del éxito. ¿Es intencional?
Esa definición me parece muy potente. Si lo dice, así será, pero sí que, si lo pienso: en esta novela, y también en 'B' y en 'Barrio Venecia' —sus otras novelas—, está quizás la influencia del romanticismo de buscar un poco siempre historias que parezcan mínimas, pequeñas, que parezcan marginales y hallar dentro de ellas elementos trascendentes o preguntas que parece que no están presentes en la lógica del texto, pero que al lector le llevan a pensar en eso. 'Barrio Venecia' se contaba a partir de una micro historia de un barrio y aparecían muchos elementos vinculados a la vida, la muerte, incluso al terrorismo, un montón de elementos que no tienen por qué estar en lo micro. O en 'Pusilánime', a partir de una historia muy marginal o fuera de los márgenes de la política, aparece la corrupción. En la poesía me pasa también. Esto tiene relación con las afueras; siempre me han interesado mucho las afueras, sobre todo porque, sin las afueras, no existe el centro. Y como las afueras, en el fondo, son lugares desde los cuales puedes mirar el centro desde una perspectiva distinta. Y eso me parece muy interesante.
Hay una cosa en 'Pusilánime' que he agradecido mucho como lectora, y es que hay mucho humor. ¿Por qué es importante?
El humor es una forma de descomprimir determinados elementos de la trama. Es un recurso técnico. Cuando algo parece que se va un poco de las manos de trascendental. También es muy romántico, en ese sentido es bajarlo a tierra. El humor te permite bajar a tierra determinadas cuestiones. Y, por otro lado, el humor a mí me viene también de determinadas formas narrativas que me gustan mucho. Por ejemplo, las novelas de Kurt Vonnegut, siempre me han parecido muy divertidas y hay mucho de su humor. Pero también, por ejemplo, yo de adolescente fui un lector de Eusebio Jardiel Poncela o Wenceslao Fernández Flores; siempre me ha gustado mucho esa mezcla entre lo ordinario, cotidiano, humorístico. El humor es un elemento importante para no tomar demasiado en serio lo que pasa en realidad y para mí es un recurso que me sale mucho cuando escribo novela, es como muy propio en el despliegue de la escritura. Es como que el propio texto te lo pide, ese elemento del humor o de la ruptura; como si yo mismo me viniese demasiado arriba en lo serio y apareciese yo también y me fustigase a mí mismo: '¿dónde vas?, baja'. Ese elemento humorístico aparece sin invocarlo en muchas ocasiones.
La novela que habla de algo que, en teoría, es grave, como es la corrupción, pero permite ser a veces un poco más magnánimo como lector con el personaje...
Claro, esa es la ambigüedad... Y no sé si lo he conseguido o no, pero la idea es que te des cuenta de que, aunque es un corrupto, le coges cariño al mismo tiempo. Ese juego me gusta mucho, esa ambivalencia. Él acepta el juego siendo absolutamente pusilánime con respecto al otro personaje que le domina, le maneja, le estruja, y acepta ese papel constantemente. Luego, hablando con gente de la política que leía la novela, eso ya me parecía más llamativo, me contaron que este tipo de personaje es muy habitual en determinados partidos políticos; un personaje que es amable, extrañamente amable, o siniestramente amable, que es tan amable que no sabes por dónde va a salir. Esa ambigüedad existe porque te genera cariño y al mismo tiempo pavor. Por lo que he podido entrever es muy típico en el mundo de la corrupción.
¿Ha compartido el libro a conocidos políticos o le han llegado comentarios de políticos?
Hay alguno que sé que me ha leído... Me han llegado comentarios de políticos que la han leído y en algún caso políticos de derechas, que me han dicho que se lo ha pasado bien y que se ha reído mucho. Alguno que me ha dicho que es una historia, en ciertos aspectos, muy realista... Y hasta ahí puedo leer.
Realista, por ejemplo, ¿en qué cosas?
Por ejemplo, en casos de negociaciones en puticlubs, ese tipo de cosas. Hay una escena, no quiero hacer spoiler, pero es más o menos verídica y ahí está de nuevo el personaje y te da como cierta ternura.
El libro no va de Santander, pero hay algún guiño por ahí a su ciudad. Quería preguntarle qué es el 'metaprovincianismo', que es un concepto que usa en la novela, que explica bien en una escena maravillosa.
Hace referencia a alguien de... pongamos, no sé, Santander, se cree que su ciudad es muy cosmopolita y entonces se cree por encima, porque como somos muy modernos, estamos por encima, eso le hace ser como más provinciano, porque se cree estar por encima del provincianismo. Es decir, nosotros somos la provincia, pero somos los más modernos que hay, somos los más guays. En el fondo eso es lo que delata es una especie de inseguridad hacia ti mismo y no saber ni dónde estás pinado. Eso te lleva a determinadas chulerías que son muy típicas de ciertos personajes.
¿Por qué es importante que el 'metaprovincianismo' aparezca en 'Pusilánime'?
Es una buena pregunta; porque en realidad hay determinadas tipologías de corruptos de provincia que se creen por encima de la provincia, o sea, se creen que como tienen contactos y que son superiores y que evidentemente ellos hacen un favor a la ciudad viviendo ahí. Hay un tipo de personaje, es un personaje que aparece en la novela, que tienen un poco ese juego; esa chulería intrínseca del quien viviendo en la provincia se cree que no vive en la provincia, que no pasa nada por vivir en la provincia, pero que es que está haciendo un favor.
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