La caída de Santander, una pieza más en el desmoronamiento del Frente del Norte

Los pies de un prisionero que recorrió muchos kilómetros para huir y presentarse. 25 de agosto de 1937. | BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

La caída de Santander dentro del avance de las tropas franquistas en el frente del norte era una crónica anunciada, una vez que se desmoronó este con la toma de Bilbao. Vizcaya, cuya industria se mantuvo intacta al no ser bombardeada, concentró los principales combates en torno al Cinturón de Hierro. Ahí se concentraron también las milicias y tropas republicanas de la entonces provincia de Santander y de Asturias. Una vez tomado Bilbao, el resto de la contienda en el norte fue prácticamente un correcalles hasta el cierre de la bolsa republicana.

1937 fue un punto de inflexión en la Guerra Civil en todos los sentidos. Ambos bandos reconfiguraron sus unidades para el establecimiento de grandes cuerpos. La milicias republicanas perdieron peso frente a las unidades plenamente militarizadas, mientras que en el bando franquista las columnas africanistas del principio también dieron paso a grandes unidades más propias de frentes de combate amplios.

La caída del potencial industrial del norte y de sus recursos mineros también marcó un antes y un después en la guerra. Las operaciones en el norte se reactivaron una vez que fracasó un primer intento de toma de Madrid. Franco y sus generales decidieron entonces estabilizar el frente madrileño y concentrar sus esfuerzos en el norte en donde las fuerzas republicanas estaban aisladas y solo podían comunicarse por mar.

Al no priorizar la toma de Madrid, que hubiera conllevado una gran lucha pero también un final más rápido del conflicto, se abrió la oportunidad a Franco de engrosar sus fuerzas y pasar un rodillo represivo por todo el territorio leal a la República. No había tanto un interés en acabar rápidamente la guerra como de asegurarse de que no quedara nadie desafecto detrás de las líneas. El terror fue un instrumento de guerra ampliamente utilizado.

El Gobierno vasco intentó in extremis seguir en la contienda desviando a sus soldados hasta Cataluña y Aragón para atacar Navarra. Las autoridades republicanas desecharon tan fantasioso plan dado que conllevaba el cruce de territorio francés, país que se había sumado a la no intervención en el conflicto. Perdida la guerra en Euskadi, los batallones nacionalistas se entregaron en Santoña, quedando santanderinos y asturianos solos ante las acometidas del general Dávila, jefe de operaciones en el norte tras la desaparición al inicio del conflicto del general Mola.

Ello evidenciaba una vez más uno de los principales hándicaps de la República: la falta de cohesión. Diferencias ideológicas y territoriales marcaban las decisiones sobre el campo frente a un enemigo, que teniendo también diversas singularidades, no permitió que eso se reflejara en la práctica.

La toma de Santander fue consecuencia de un movimiento de pinza de las tropas franquistas: desde Campoo, rompiendo la línea que se prolongaba al sur de Reinosa y el puerto de El Escudo; y avanzando también por la costa, desde Castro Urdiales. Frente a sí encontraron una resistencia muy desmoralizada y sin prácticamente capacidad de reacción, con una población que solo tenía la posibilidad de refugiarse en los grandes núcleos de retaguardia o de huir por mar.

Lo que se conoce como Batalla de Santander tuvo lugar entre el 14 de agosto de 1937 y el 2 de septiembre. Fue una operación menor una vez que fracasó la batalla de Brunete con la que la República pretendía aliviar la presión en el Frente del Norte. Concluida esta el 14 de agosto, Santander pasó al primer lugar en la agenda de Franco y el objetivo quedó solventado en 15 días.

Sobre el terreno, la República en Cantabria estaba en desbandada. A través de Campoo, los franquistas alcanzaron Torrelavega y el corazón industrial de la provincia, y por la costa no tuvieron más problemas hasta que el día 25 ya estaban en las inmediaciones de Santander. Entre las unidades que confluyeron en la capital destacaban las tropas italianas (CTV, Corpo Truppe Volontarie), escuadrones de Melilla y requetés navarros, con superior apoyo aéreo, incluida la Legión Cóndor.

En total, se enfrentaron 80.000 soldados republicanos frente a 90.000 de los sublevados. El Ejército del Norte republicano dispuso de 150 piezas de artillería y medio centenar de aviones de combate y reconocimiento. El otro Ejército del Norte, el sublevado, dispuso de 126 piezas de artillería y 220 aviones entre españoles, alemanes e italianos.

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22 de junio de 2020 - 20:14 h

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