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ENTREVISTA

Diego Ortega es el mejor sumiller de Castilla-La Mancha sin haber trabajado nunca en un restaurante

El mejor sumiller de Castilla-La Mancha

Pilar Virtudes

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Diego Ortega es el mejor sumiller de Castilla-La Mancha y los es aunque que no ejerce en ningún restaurante ni de la región ni de fuera de ella. Entrena las habilidades en su casa junto a su familia para preparar concursos como el regional donde se cata a ciegas y dónde pueden ofrecerte vinos de cualquier parte del mundo para adivinar qué estás bebiendo.

Este conquense de Santa María de los Llanos tiene 45 años y su familia y trayectoria han estado ligadas de una u otra manera a la vid y al vino. Sus padres han tenido siempre viñedos, “viene de tradición familiar”, también negocios de hostelería. Él mismo tuvo un pequeño negocio en Mota del Cuervo (Cuenca). Desde 2018 ejerce como técnico en la Denominación de Origen Cebreros en Ávila.

“El vino no me apasionaba antes pero hacia 2013 empezó a gustarme y ya a partir de que cerré el bar en 2016 empecé a formarme en todo lo relacionado con el vino”, dice en una entrevista que ha concedido a la sección Agroalimentaria de elDiario.es Castilla-La Mancha.

Diego Ortega en el concurso

Cursos de sumillería en Madrid, formación, formación y formación para adentrarse en este mundo. “A partir de ahí, mi vida ha estado vinculada al mundo del vino tanto en lo laboral como en mis hobbies, y ahora soy un apasionado del vino”

A su juicio, un buen sumiller debe saber “aconsejar vinos y hacer probar a los clientes los mejores posibles y lograr que se encuentren cómodos en el restaurante”. Valora mucho que el cliente tenga una experiencia satisfactoria “porque la gente sale a un restaurante una vez al mes y es un momento especial”, por eso cree que debe intentar que esa experiencia sea memorable. “Si el camarero o el sumiller tiene un mal día, tu día especial ya no lo vas a recordar como lo que es, pero si el sumiller o el camarero te hace sentir bien esa experiencia de los platos y el vino buenos te la vas a llevar y va a ser de las que recuerdan”, piensa.

El Concurso de Mejor Sumiller de Castilla-La Mancha lo preparó con rigurosidad. El certamen tiene dos partes, una primera es teórica. “Al final es estudiar mucho porque te pueden preguntar de cualquier parte del mundo, también de Castilla-La Mancha, tengo muchas horas echadas de estudio”. Su método es grabarse cuando estudia y “como me gusta salir a correr, cuando salgo durante una hora y media o dos horas voy escuchándome a mí mismo que es bastante duro, en los meses previo a los concursos me los paso escuchándome a mí mismo horas”.

La parte de cata se prepara a través de “un bagaje de mucho tiempo catando muchos vinos, es un entrenamiento. En la parte de semifinales tienes dos vinos a ciegas y tienes que saber de dónde vienen los vinos lo más preciso posible”.

Ya en la final, son pruebas prácticas sobre lo que hace un sumiller en su día a día, pero Diego Ortega no puede aportar su experiencia profesional ya que no se dedica a la sumillería. “Al no estar en sala, esa es la parte que me ha costado más, porque quien está en un restaurante se desenvuelve y sabe servir el vino o recomendar porque lo hacen todos los días; yo me entreno en casa, hago las decantaciones o el servicio de espumoso que se hace en la final o la parte del maridaje con una carta de un restaurante, yo lo hago en casa con mi pareja y mi familia. Entreno mucho, pero como te apasiona no me cuesta trabajo”, dice.

Este año en la semifinal pusieron dos vinos de Castilla-La Mancha un blanco y un cencibel de la Manchuela. Luego en la final la cata se hace en copa negra, el participante ni siquiera puede guiarse por el color.  Para Diego Ortega esta es la parte más duran porque “no ves ni el vino. La copa negra es lo que más miedo me da porque a veces puedes llegar a dudar si es un rosado o un blanco o un rosado o un tinto, fallar en eso te da pánico porque si tiene un error en eso es un problema y no es tan fácil como parece si no ves el vino”. En la final del concurso regional lo que había en la copa era un monastrell de Jumilla.

Los vinos de Castilla-La Mancha

Sobre sus gustos en el vino, Diego huye de encorsetarse porque considera que  “al que le gusta el vino es infiel porque le gusta probar muchas cosas distintas y no repetir demasiado, desde los blancos secos sin encabezar de Jerez hasta los blancos de Galicia, pasando por donde yo trabajo en Gredos, me gustan vinos que te pida ese segundo trago, que se beban fácil, que si te lo tienes que beber sin comida puedas hacerlo” y valora todas las zonas, “tanto las clásicas, como las nuevas, hay vinazos en todos los sitios, tenemos suerte de vivir en un país que es muy diverso en vinos y tenemos muchas opciones”.

Por lo que se refiere a los vinos de la región, Diego Ortega cree que se está haciendo muy buen trabajo desde la cooperativa y destaca especialmente la labor de los pequeños productores. “Me gustan esos proyectos pequeños que hay en cada pueblo, que se basan en mantener ese viñedo viejo, esas variedades autóctonas de la zona y creo que está bien apoyar a esos pequeños proyectos. Son gente que a lo mejor están en otros sitios y vienen a la zona a recuperar el viñedo de sus abuelos y esos proyectos me gustan mucho”.

Diego Ortega en el concurso

Entre sus preferencias están las “garnachas de Méntrida, los pequeños proyectos de Mota del Cuervo que por las variedades no están en las denominaciones de origen pero hay mucha calidad”. Hay muchas cosas que probar y muchos proyectos interesantes, “es una región tan grande y diversa que hay proyecto muy chulos”.

Para aquellos que vienen a Castilla-La Mancha y quiere conocer los vinos recomienda centrarse en el pueblo al que llegan “para intentar conocer proyectos pequeños, un buen airén, porque se están haciendo cada vez con más calidad”. Define esta variedad “como la Cenicienta, totalmente denostada, y ahora algunos proyectos están recuperando esas viñas viejas de airén y se están haciendo vinos superchulos. Lo primero que haría si viniera es probar un buen airén de la Mancha porque hay grandes proyectos en la zona”.

La variedad airén es como la Cenicienta, totalmente denostada, y ahora algunos proyectos están recuperando esas viñas viejas y se están haciendo vinos superchulos. Lo primero que haría si viniera es probar un buen airén de la Mancha porque hay grandes proyectos en la zona

Con prudencia se aviene a nombrar algunos proyectos concretos como el que hay en Mota del Cuervo, “ un proyecto chiquitito que se llama vino Serapio que está muy bien, o en Quintanar de la Orden que está Garage Wine, con brujideras y otras variedades que están recuperando; Recuero en Villanueva de Acardete, la Cooperativa Alcardet lo está haciendo también muy bien, los espumosos de Alcardet por los precios que tiene, dan un placer muy bueno”.

Está muy satisfecho de su trabajo en la DO Cebreros, pero no descarta en un futuro dedicarse a la sala. “Quizá a medio largo plazo un barecito chiquitito, que me pueda apañar yo solo, es algo que tengo en mente, un barecito de vinos donde la gente venga a dejarse aconsejar y a probar cosas ricas, pero es un proyecto para un futuro, quizás”.

Sobre el devenir del mundo del vino cree que se encamina a “beber menos vino diario ya que antes era una tradición tu vaso de vino. Al final la gente quiere cuidarse y ese consumo diario está bajando, pero se está bebiendo menos pero se está bebiendo más calidad o más caro, quizá tomes una botella de vino a la semana pero no te importa gastarte más en ella”.

Sin embargo, no ve en el desalcoholizado la alternativa. “No confío tampoco mucho en que sea un gran solución, la cerveza ha funcionado bien porque al final es más como un refresco, pero el alcohol le da una estructura al vino, el vino sin alcohol no veo que pueda funcionar”.

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