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ENTREVISTA

Nati Camacho, histórica activista de los derechos laborales de las mujeres: “Ahora la pelea es la brecha salarial”

Nati Camacho frente a una reproducción de su ficha de presa expuesta en la Cárcel Modelo de Barcelona

Alicia Avilés Pozo

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Nació en Fuencaliente (Ciudad Real) hace 79 años. De allí, Nati Camacho, recuerda haber sabido antes de Don Quijote que de su autor, Miguel Cervantes, por las cuevas de Peña Escrita (donde el personaje realizaba penitencia), y allí su familia vivió los peores episodios de la guerra civil y de la posterior represión de la dictadura de Franco.

Sus abuelos fueron fusilados por los partidarios del franquismo, los mismos que propiciaron un golpe de Estado contra el régimen democrático vigente entonces, y su familia se trasladó a Puertollano, donde también enfrentó numerosos conflictos laborales. De allí se trasladó a Madrid, donde comenzó a trabajar en una fábrica textil y se integró en el movimiento sindical de las primeras comisiones obreras, cuando todavía no eran el sindicato que hoy conocemos.

Durante los años 60 y 70, Nati Camacho se implicó en campañas internacionales en apoyo a los presos del denominado 'Proceso 1001', que juzgó a los dirigentes de CCOO conocidos como 'Los Diez de Carabanchel'. Fue detenida en siete ocasiones, cuatro de ellas con ingreso en prisión, y dos mientras estaba embarazada.

Tras la dictadura, Camacho fue secretaria general de la Federación Textil de CCOO en Madrid y, posteriormente, de la Federación Estatal del sector. Su labor sindical ha centrado siempre en mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras textiles y en visibilizar la importancia del trabajo femenino en la industria.

Desde hace 40 años reside en la colonia 'Rosa Luxemburgo' de San Sebastián de los Reyes (Madrid), una zona de marcado carácter obrero y progresista desde su origen en los años 80. Hablamos con ella sobre su trayectoria como activista por los derechos de las mujeres y sus inquietudes actuales por el auge de los discursos de la extrema derecha.

Su familia sufrió la represión franquista y desde muy joven usted vivió bajo ese yugo. ¿Hubo un resorte concreto para el inicio de su activismo contra la dictadura?

Siempre me acompañó esa historia familiar, esa violencia tan extrema. Fusilaron a mis dos abuelos, el padre de mi madre y el de mi padre. y también al hermano mayor de mi padre, con tan solo 22 años. Mis abuelas, Rufina y Natividad, fueron las que nos transmitieron todo el dolor de esas pérdidas, junto con mi madre. No me lo contaron directamente, pero existía ese clima familiar de dolor, de horror, de pérdida. Eso me acompañó siempre y me ayudó a saber en qué país había nacido. Le agradezco a mis abuelas y a mi madre que nos trasladaran lo que fue la Segunda República, cómo las mujeres avanzaron y todos los horrores de la guerra civil.

Era un peso enorme para una niña.

Era terrible. Yo no me explicaba cómo era posible que se concentrara en una familia tanta violencia, tanta desgracia. En Fuencaliente había un ambiente hostil hacia mi familia, saquearon el horno de mi abuelo, entre otras cosas, y nos trasladamos toda la familia a Puertollano cuando yo tenía pocos meses. Allí había trabajo, fue una zona de industrialización del franquismo, con minas de pizarra bituminosa. Empezó a haber conflictos muy pronto, porque las condiciones laborales eran muy malas en las minas. El grisú utilizado en las minas explotaba y había muertos.

¿Fue entonces cuando su familia entró en contacto con el germen de CCOO?

Sí, contactaron con un grupo de gente, antiguos militantes del Partido Comunista, que habían pasado por la cárcel y a los que todavía les quedaban energías para crear las primeras comisiones obreras. Yo crecí en ese ambiente hasta el punto de que cuando se produjo la huelga general de 1962, yo tenía 14 años y lo recuerdo perfectamente. Terminaron por despedir a mi padre y a mucha gente, hubo detenciones, palizas. Puertollano se convirtió en un hervidero de contestación y la represión fue brutal. La situación se volvió cada vez peor y nos trasladamos a Madrid.

¿Cómo fue ese cambio a la ciudad en pleno franquismo?

Madrid fue como ganar ciudadanía. Aunque en Puertollano ya había esa lucha obrera que yo conocía, en Madrid empecé a conocer a estudiantes, a intelectuales, a escritores, a abogados y abogadas, entre ellas a mi amiga Cristina Almeida. Entré en un mundo de activismo mucho más amplio. Fue un descubrimiento, a pesar de que también era un lugar de represión y muy pronto me detuvieron.

Vivíamos en una especie de exilio interior

¿Qué sucedió?

Yo soy la mayor de cinco hermanos y entonces era costumbre, o incluso necesidad, llevar a las niñas a aprender a coser. De hecho, yo no fui a la escuela porque mis padres no querían que nos enseñaran a rezar ni a cantar el ‘Cara al sol’. Vivíamos en una especie de exilio interior. Mi madre nos enseñó a leer y a escribir, y la literatura de la Generación del 27. No sufrí los rigores de la enseñanza franquista. Eso luego fue un problema importante porque aunque sabía muchas cosas, no tenía una formación reglada y enseguida buscamos trabajo en Madrid.

Había un sector de la confección textil muy grande y enseguida encontré trabajo en una fábrica grande donde me dedicaba a organizar a las aprendizas y conecté con las juventudes comunistas. Hicimos las comisiones obreras juveniles, nos reuníamos en el Pozo del Tío Raimundo y entramos en contacto con los curas obreros.

¿Ahí comenzó tu activismo por los derechos laborales de las mujeres?

Empezó mi activismo como persona, como trabajadora, porque ya antes yo me consideraba así por toda la historia de mi familia. Entré a trabajar en Manufacturas África y después en otras empresas, donde llegamos a ser más de mil empleadas. Con mi herencia familiar, consideraba que nuestra misión era organizarnos cuanto antes porque la patronal que había en el sector textil era explotadora y quería mano de obra barata, dócil, y porque las leyes del franquismo y la política de la iglesia católica defendían una imagen de la mujer en su casa con la pata quebrada, que cuando se casaba tenía que dejar el trabajo. Era lo más alejado de todo lo que me habían inculcado.

¿Cómo se desarrolló esa lucha teniendo en cuenta las dificultades de la dictadura?

Tomamos contacto con esas primeras comisiones obreras, que entonces no eran todavía un sindicato como hoy, sino un movimiento donde nos empezamos a coordinar, primero en la zona y luego por todas las empresas del textil. Así hasta llegar a ‘Inter-Ramas’ de Comisiones Obreras, que era la fuerza que aglutinaba entonces esa vanguardia sobre los convenios colectivos. Entonces quien dictaba los salarios era el Gobierno, los congelaba o los rebajaba, dentro de una política económica que en aquel momento era de los tecnócratas del franquismo que entraron en colisión con los falangistas. Conseguimos una organización que no tuvo un éxito absoluto, pero tuvimos muchos éxitos parciales, conseguimos mejorar mucho nuestras condiciones de trabajo, sobre todo las aprendizas.

Es que era usted entonces muy joven…

Claro, empecé todo esto con 14 años. Éramos pequeñas y por eso creían que nos podían explotar y nos podían machacar sin límite. Les dijimos ‘no’ y reaccionamos contra un machismo miserable, unas condiciones terribles que eran un atentado a nuestra dignidad. Y pese a todo conseguimos organizarnos.

Ficha policial de Nati Camacho
Nati Camacho, a la izquierda de la guitarra, junto a un grupo de amigos activistas en 1964

Después llegó el Proceso 1001 y de 'Los Diez de Carabanchel', procesados por una asamblea sindical de CCOO, entonces considerada ilegal. ¿Cómo lo vivió?

Ese fue el intento de organizar todas las comisiones obreras del país. Ahí ya se habló de cómo organizar y cómo defender las reivindicaciones de las mujeres obreras y de la juventud trabajadora. Había dos elementos relativamente nuevos para el momento en cuanto a reivindicaciones: la jornada y el salario. Aquello nos entusiasmó, sobre todo en un sector tan feminizado como la confección textil, que éramos el 90% mujeres. Enseguida tuvimos una tarea muy importante de defensa de esos derechos, de incluirlos en los convenios. Conseguimos avanzar en cuestiones como los permisos retribuidos para el cuidado de familiares.

En ese contexto hicimos una campaña a favor de 'Los Diez de Carabanchel', con un recorrido de un mes por toda Europa. Eran los años 70 y ya había una situación europea de apoyo al antifranquismo bastante generalizada e hicimos una campaña magnífica.

¿Se notaban ya los aires de cambio en la sociedad española?

Sí, también. Los españoles comenzaban a decir “hasta aquí, ya está bien de que a los trabajadores, que a los obreros se les encarcele por derechos que en toda Europa son derechos constitucionales”. Por eso mi experiencia en el activismo ha sido siempre tan gratificante.

Pero a usted ya la habían detenido hasta en siete ocasiones y la habían metido en la cárcel.

Claro, también fue una experiencia muy dolorosa. Una de las detenciones, justo a la vuelta de esa campaña europea, fue en una parada de autobús y yo estaba embarazada de tres meses. Me llevaron a la cárcel de Carabanchel, primero al psiquiátrico, con una multa de 400.000 pesetas, y cumplí dos meses de cárcel en enero y otros dos meses de cárcel en mayo en 1972. Afortunadamente, mi niño nació en libertad.

¿En la prisión encontró el apoyo de sus compañeras?

Sí, fue la comprobación de que en este país había gente solidaria, buena, comprometida, y todo esto te daba muchos ánimos. A mí, por lo menos, me daba un apoyo muy grande. Me reafirmaba en la lucha feminista.

Había una brecha muy grande, era muy difícil recuperar el papel que la mujer había logrado con la República, pero fuimos capaces

Es que, en su caso, militó por los derechos laborales y por el feminismo, todo prohibido entonces, y sin embargo, sus recuerdos son positivos.

Porque con ello vi la parte saludable y formidable que hay en todos los pueblos, que hay en todos los países y en el nuestro, por más que la dictadura durara tantísimo y tuviera tantos cómplices, había algo humano, había una necesidad de cambio, unas ansias de libertad a las que, en el caso de las mujeres, nos sumamos con mucha energía. El régimen franquista era incapaz de dar solución a los problemas centrales, ni económicos, ni laborales, ni políticos, y ahí conseguimos que las organizaciones antifranquistas apoyaran a las mujeres. En realidad todos los partidos fueron creando su comisión de la mujer. Había una brecha muy grande, era muy difícil recuperar el papel que la mujer había logrado con la República, pero fuimos capaces.

Para ello, tuvieron que darle la vuelta a todo un régimen, incluida la Sección Femenina de Falange y ¿también a los sectores conservadores durante la transición democrática?

A todo ello. Se montaron unas comisiones no gubernamentales y ahí participamos las mujeres de los sindicatos, de los partidos políticos, sobre todo las mujeres del MDM, del Movimiento Democrático de Mujeres, nos influyeron mucho. Por eso siempre hablo de mi experiencia como positiva, porque lo fue.

Nati Camacho, a la derecha, junto a su marido a sus nietos

¿Cómo ha vivido ahora la desclasificación de los papeles del 23F? ¿Hay algo que le haya sorprendido?

No, sorpresa ninguna. Pero queda mucha información por publicar y tiene una protección inútil, estúpida y muy dañina. Yo creo que el rey (Juan Carlos I) hizo lo que tenía que hacer, que además era el único que podía hacerlo, porque era el que lo había alimentado en parte. Pero, por ejemplo en mi caso, ahora que estoy recopilando toda mi historia, sería bueno que pudiera acceder a todos los expedientes policiales y me cuesta muchísimo. Acabo peleada en los archivos con todo el mundo, acabo mareada. El Ministerio de Interior tiene mis fichas policiales y no hay manera de que me las dé. Todo eso debería ver la luz y que todo el mundo tuviera acceso.

¿Qué piensa ahora cuando escucha el discurso de la ultraderecha, la exaltación del franquismo y su calado en cierta parte de la juventud?

Creo que está muy inflado. Desde luego, la tendencia internacional es esa, con Estados Unidos como ejemplo, pero yo creo que estamos exagerando esa tendencia. Es preocupante, sí, pero hay que explicarle las cosas a la juventud. Y sé que ahí están los discursos de Ayuso, de Abascal, pero es que siempre va a haber reaccionarios.

No estoy especialmente sorprendida, aunque desde luego me duele. Me duele y revuelve las tripas que después de haber vivido en una familia como la mía y de haber peleado hasta que he podido siempre, se exalte la represión franquista. Es como cuando paso por la Casa de Baños de Puertollano, que era la comisaría cuando yo era pequeña, y allí pegaban palizas a la gente… Y que haya gente que ni siquiera quiera poner una placa y con ello incumple la ley. Me revuelve.

Supongo que igual que el hecho de que la lucha feminista también se desvirtúe…

Que haya gente joven diciendo que con el franquismo se vivía mejor o que sientan que el feminismo les quita privilegios y que las mujeres nos hemos pasado en reivindicar derechos, me revuelve el alma. No te quepa duda. Pero yo creo que hay que hacerle frente de una manera lo más sincera posible. No creo que haya que andar con paños calientes para nadie. Hay que decir que esta es nuestra historia, este es nuestro país, aquí es donde hemos nacido y tenemos que saber qué hacer. Si queremos un país demócrata, inclusivo, donde quepa todo el mundo, donde se puedan hacer reglas que todo el mundo pueda jugar, eso es lo que la juventud del siglo XXI tiene que saber.

Si hay diferencias en el feminismo, discutamos y no esperemos al 8M para mostrar nuestra división, porque eso desde luego que nos debilita

Y ahora que llega el 8M, que es una fecha marcada, aunque la lucha sea continua, ¿cómo contempla el movimiento feminista y su división?

Su división es muy negativa y creo que si obedece a diferencias teóricas o políticas, pues deberíamos discutir más. Deberíamos proponernos, durante todos los días del año, entrar en los debates que nos han dividido, como el abolicionismo de la prostitución, y resolverlos. Si eso es así, discutamos y no esperemos al 8M para mostrar nuestra división, porque eso desde luego que nos debilita. Además, lo que falta, a mi juicio, es un trabajo cotidiano, un trabajo más específico en muchos campos, como en el de la salud o los cuidados.

¿En qué sentido?

Hay muy poca investigación y la que se hace está sesgada porque se hace mayoritariamente con hombres o para hombres. Entonces, hay que feminizarlo todo. Y lo que yo le pido al movimiento feminista es que trabaje más en profundidad durante todos los días del año sobre los problemas que nos afectan a las mujeres, porque yo creo que la sociedad está más atenta, más pendiente de que esas cosas se hagan.

La violencia de género también está lastrando esa lucha.

Es que hemos llegado a un extremo inasumible de violencia contra las niñas y las mujeres. Esto ya es el ataque más criminal que podemos vivir. Es terrorismo de género. Y si en eso el movimiento feminista no tiene unidad, pues es como tirar piedras sobre nuestro propio tejado, porque ahí está la alarma. Porque esa violencia se puede trasladar y, de hecho se traslada, a los puestos de trabajo, a las empresas, a las fábricas.

Eso sí lo echo de menos. En mi época el movimiento feminista trabajaba de forma mucho más continua. Día a día. Hace falta un trabajo más continuado, que no fuera de 8 de marzo en 8 de marzo, donde además para mayor espejismo negativo, sale que estamos divididas. No puede ser. Hay que trabajar juntas para que no nos arrebaten derechos. Si no, los bloquearán, los limitarán.

¿Qué otras asignaturas pendientes hay en la lucha feminista?

Sigue habiendo una enorme brecha salarial. Desde que empiezas a trabajar hasta que te jubilas es permanente. Esto en los sindicatos para mí es una pelea constante. No solo hay que denunciar la brecha salarial, hay que atacar en los tramos, en los momentos en que esa brecha sale. Ahora que afortunadamente cada vez hay más datos, en la medida que las cosas se establecen con cierta normalidad, te haces cómplice. Se llega a ver como una cosa normal, con lo cual luego, hasta que lo desmontas, pues es prácticamente imposible.

Que haya gente joven diciendo que con el franquismo se vivía mejor o que sientan que el feminismo les quita privilegios y que las mujeres nos hemos pasado en reivindicar derechos, me revuelve el alma

Hay avances que están claros y que los hemos ganado a pulso, y ahora la pelea son los salarios, la brecha salarial. Ahí hay todo un planteamiento que, como no lo abordemos, se incrusta dentro de lo que van a ser las brechas futuras, y ahí el movimiento feminista no puede parar. Tenemos que agilizar el paso, tenemos que ganar tiempo, porque si no, los problemas se incrustan, se ven normales y nos paralizan.

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