Un sistema de represión con la mujer como víctima: así eran los 'castigos' del franquismo en los pueblos de la Mancha
‘Levántate el mandil’ fue la frase que cambió la investigación de Dolores Martín-Consuegra. Esta antropóloga, natural de Herencia (Ciudad Real), se encontraba realizando un trabajo de investigación sobre la hambruna de los peores años del franquismo en su pueblo.
“Al preguntar a una de las paisanas más mayores del pueblo, esa mujer me dijo dos cosas que me perturbaron”, explica Martín-Consuegra. “Una de ellas era que la gente no es que se pasara hambre, sino que se moría de hambre. La otra es que, si te pillaban con artículos de estraperlo, te los quitaban y te tenías que levantar el mandil”.
Una expresión, la de levantarse el mandil, que alude de forma velada a unas agresiones sexuales de la que hasta entonces no tenía constancia. Fue entonces cuando la antropóloga decidió continuar con la investigación, preguntando a más y más mujeres del pueblo, para descubrir todo un sistema de represión que tenía a la mujer en el centro. Lo ha contado estos días, coincidiendo con el 8M, durante un acto en Villacañas (Toledo).
Rapados y aceite de ricino: “Era tremendamente violento”
La antropóloga se enteró rápido de otras prácticas como la del rapado de cabello. “Cortaban el pelo mujeres, incluso a las niñas, con un pasado ideológico de izquierdas. Era muchas veces por los llamados 'delitos de consorte', asociados en algunos casos a presuntos delitos políticos cometidos por su marido”. Un castigo que tenía por objetivo exponerlas delante de todo el pueblo. “Era una forma de humillación pública. Les iban preguntando '¿Por qué vais rapadas?' y ellas tenían que responder: ”Por putas“. El rapado era un acto ”tremendamente violento“ que podía llevar asociado agresiones sexuales.
Estas prácticas no fueron exclusivas de Herencia. La investigación comenzó ahí, pero se extendió por otros municipios de Castilla-La Mancha: Alcázar de San Juan, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Turleque, Lillo, La Guardia, La Solana, Manzanares, Alhambra, Villarta de San Juan, Tomelloso, Tembleque, Los Llanos, Dos Barrios, Belmonte o Puertollano, que confirmaron sus resultados.
Además, también tuvo constancia de que prácticas como la del rapado se dieron de forma sistemática en todo el territorio español. “Esto se ha producido en toda España, en el territorio insular también. Se alentaban este tipo de prácticas”, afirma Martín-Consuegra, que ha recogido los resultados de sus averiguaciones en la 'Investigación etnográfica sobre los crímenes de género durante el franquismo y la transición democrática'.
El castigo del rapado casi siempre iba acompañado por la ingesta forzada de aceite de y otros gestos que reforzaban la humillación de las víctimas.
Esto se ha producido en toda España, en el territorio insular también. Se alentaban este tipo de prácticas
“Imagínate. Domingo, termina la misa de las 12. Una procesión de señoras va desfilando bajo los efectos del aceite de ricino, defecando, vomitando, delante de sus paisanos, de sus madres, de sus padres, de sus hijos, hijas, es decir, todo lo que quieras imaginarte”, relata Martín-Consuegra.
La humillación se completaba colgando del cuello de las víctimas un cartel que rezaba ‘peladas por putas’. En otras ocasiones se las dejaba un pequeño mechón atado con un lazo rojo y en otras se pintaba un círculo azul en la cabeza de la mujer rapada.
“Entre todos se delataban”
¿A qué respondían este tipo de prácticas? ¿Qué llevaba a unos vecinos a someter a sus vecinas a estas humillaciones? La antropóloga hace un paralelismo con los tribunales de la Inquisición española, cuando unos vecinos se acusaban unos a otros.
Había gente que creía en la “necesidad de exterminar al rojo” y a sus descendientes, pero también había gente que necesitaba delatar a los demás para lavar su imagen. “En un mundo de miedo, si delatabas a un rojo, a lo mejor te veías más libre de sospecha. Entre todos se delataban”. Y eran las mujeres quienes, en muchas ocasiones, sufrían las consecuencias de las sospechas que recaían sobre sus maridos.
El estudio llevado a cabo por Martín-Consuegra ha constatado que los “procesos normalizadores” de la violencia de género en el pasado se han naturalizado en el presente. Es decir, el silencio sigue imperando y cuesta sacar a la luz estas situaciones. “Esta acción normalizadora, unida a los complejos entramados vinculados con la vergüenza, la honra y el honor, continúa ejerciendo una influencia importante en el silencio actual de las víctimas de violencia de género”, concluye el estudio.
Imagínate. Domingo, termina la misa de las 12. Una procesión de señoras va desfilando bajo los efectos del aceite de ricino, defecando, vomitando, delante de sus paisanos, de sus madres, de sus padres, de sus hijos, hijas, es decir, todo lo que quieras imaginarte
Un silencio que era tal que la antropóloga desconocía la realidad que habían vivido sus paisanas años atrás. “Yo no tenía la menor idea de que esto había sucedido”, reconoce. Y darse cuenta de esas situaciones le supuso “un problema identitario”, ya que conocía tanto a las víctimas como a los victimarios. “¿Con quién me he criado y dónde me he criado?”, se preguntó entonces.
“Que sepan lo que hemos pasado”
Por eso, parte del trabajo que ha llevado a cabo tras hacer la investigación se ha centrado en dar a conocer esta realidad, pero, sobre todo, en dar voz a las víctimas que la sufrieron. En esa labor de difusión, uno de los elementos más importantes fue la grabación de un cortometraje titulado 'Levántate el mandil', en el cual se recogen testimonios reales de mujeres represaliadas en distintos municipios de Castilla-La Mancha.
“Venían a pasar la juerga con ellas. Hacían lo que querían. Me lo contó mi madre. Era muy duro y era muy...”, explica una de las mujeres que relatan lo ocurrido en el corto, sin poder terminar la frase. “¿Por qué paso? ¡Que se cuente! Fue una vergüenza!”, comenta otro de los protagonistas del vídeo, sobrino de un republicano represaliado.
“Hubo un silencio impuesto que se prolongó durante décadas. Muchas vivieron y murieron sin poder nombrar la violencia sufrida”. Por eso, asegura que hay mujeres que, a día de hoy, quieren hablar de lo sucedido, ya que el silencio, impuesto y autoimpuesto, ha causado un “trauma transgeneracional”. “Si tú te has criado con una madre que fue humillada públicamente, que estuvo aterrada, que fue violada y que no ha sido reparada, ese trauma se queda ahí. Y con ese trauma tú crías a tus hijos”.
La antropóloga explica que hablar tiene efectos sanadores. Por eso, cuando hoy en día hace un visionado público de su corto ‘Levántate el mandil’ en los pueblos de La Mancha, todavía se encuentra con gente que quiere hablar. “Quiere contar lo que su madre, su abuela le contó y quiere contar. Si tú te crías en una familia donde todo esto ha ocurrido y no hay una elaboración del shock postraumático, pues hay una transmisión transgeneracional del trauma.
No me importa que se pregone, no me importe que se enteren. Quiero que la gente joven sepa lo que los mayores hemos pasado en ese tiempo
Dolores Martín-Consuegra compara esa necesidad de empoderamiento con el caso de la francesa Gisèle Pelicot. “A ella lo que la empodera es ese reconocimiento público de su realidad como víctima. Es lo que la lleva a decir ‘retransmitan mi juicio’ y después a escribir un libro”.
Como dice otra de las protagonistas de 'Levántate el mandil': “No me importa que se pregone, no me importe que se enteren. Quiero que la gente joven sepa lo que los mayores hemos pasado en ese tiempo”.
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