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OPINIÓN

La confusión maniquea: un ataque a la eficacia de la política de vivienda

Vistas de la ciudad de Barcelona desde el mirador de la Fundación Joan Miró.
20 de febrero de 2026 22:26 h

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Todo empezó en Catalunya el año 2015, cuando alguien decidió que había que distinguir entre grandes y pequeños propietarios de viviendas. En un primer momento, se podía imaginar que por grandes se entendían los bancos y fondos de inversión. Los que se habían beneficiado del mayúsculo rescate bancario de 63.000 millones de euros y, por lo tanto, debían verse sometidos a unos niveles de exigencia superiores –como habría tenido que ser pasando todas sus viviendas al parque público, pero no fue–. 

Pero no. Para sorpresa de muchos, para determinar quiénes serían los grandes, se tomó como criterio el número de viviendas de que disponían –número aleatorio y acientífico, por cierto–, de modo que, como en una subasta a la baja en una lonja de pescado, saldría ganando el que diera la cifra menor: los que tuvieran más de 20, luego más de 15, luego más de 10, luego más de 5... Y ahora en algunos casos ya son los que tienen más de dos. Con ello, con un maniqueísmo de estar por casa, se pretendía distinguir entre malos –los grandes, especuladores y supuestos determinantes de la deriva inflacionista del mercado– y buenos –los pequeños, inocentes–, priorizando de este modo la política de ajuste de cuentas a la política de vivienda. 

Han tenido que pasar unos cuantos años para que se haya visto con horror que los pequeños también son especuladores, ya que viven de unas rentas que no son del trabajo. Con lo cual el panorama no puede ser más sombrío, ya que el parque de alquiler privado de España estaría, según estos analistas, compuesto exclusivamente por buitres y por rentistas, merecedores ambos del máximo rigor. Y eso que ya en 1968 Polanski nos advirtió con la Semilla del diablo de que “todos ellos eran demonios”. Si no fuera por lo dramático desde el punto de vista conceptual y, sobre todo, desde el punto de vista pragmático de la política de vivienda, se podría decir que hemos llegado a la hilarante conclusión del absurdo chiste de las vacas blancas y negras, cuando el pastor dice que a las primeras les pone un cencerro para que no se pierdan por los pastos y, a la pregunta de “¿y a las negras, qué?”, responde que también. 

En efecto, lo lógico es que todos los propietarios de viviendas, sea cual sea su tamaño, se sometan a las mismas obligaciones dentro de un mismo marco jurídico: no tener viviendas vacías, alquilar las viviendas en condiciones de habitabilidad, no especular con los precios y, en concertación con la administración pública, no desahuciar a personas vulnerables. Este es el marco de reglas comunes que deben compartir todos ellos, con instrumentos homogéneos que no generen confusiones interpretativas ni desorienten.

Pero hoy, de nuevo en Catalunya resurge el maniqueísmo. Para limitar la compra especulativa de viviendas, el jurista Pabo Feu ha desarrollado una propuesta legislativa sólida, bien estructurada, bien fundamentada en el derecho comparado que plantea un reto sencillo y comprensible: en zonas declaradas de mercado tensionado –es decir, con precios limitados por ley– ssolose podrán comprar viviendas para uso propio o de la familia o para destinarlas a alquiler de vivienda habitual, sin limitación de número. Es decir, no se podrán comprar viviendas para tenerlas vacías a la espera de la subida de precios y no se podrán comprar viviendas para uso turístico, para uso de temporada, o para otros usos.

Sorprendentemente, esta propuesta clara y sencilla ha pasado de nuevo por el filtro de la confusión maniquea y se ha hecho irreconocible: según hemos podido saber por los medios de comunicación, los pequeños tenedores sólo podrán comprar viviendas para su uso, de su familia y para poner en alquiler habitual (a precio regulado), pero los grandes tenedores solo podrán comprar edificios enteros. Es decir que a estos últimos se les prohíbe la compra de viviendas sueltas para destinarlas a alquiler habitual.

¿Habrá alguien ahí que sea capaz de entender que ante las necesidades brutales de vivienda de alquiler a precio limitado que tenemos hoy, una verdadera política de vivienda de izquierdas debería extender una alfombra roja a todas aquellas personas que quieran invertir en este tipo de viviendas? Viviendas a las que, por cierto, estamos intentando hacer frente con políticas intensivas y con dedicación creciente de recursos públicos, de aumento de producción en suelos públicos. Una alfombra roja que no sólo no impida estas inversiones sino que incluso las fomente. ¿No saben acaso algunos que está siendo extremadamente difícil encontrar financiación para la vivienda de alquiler asequible o social, como para permitirnos el lujo de impedir esta financiación a aquellos que la aporten a título voluntario?

Viena, Berlín, Ámsterdam, Francia, ponen alfombra roja a todos los inversores en vivienda de alquiler a precio limitado o concertado con la administración pública. El parque de alquiler social de Viena, o el de Berlín pivotan precisamente sobre grandes tenedores de verdad –con más de cientos de miles de viviendas– con los que la Administración pública establece convenios. ¿Por qué no utilizamos estos ejemplos de buena política de vivienda como referentes para este tipo de estrategias y, en cambio, tan solo los citamos cuando establecen medidas coercitivas? ¿Por qué nos da tanto miedo la concentración de viviendas de alquiler en algunos propietarios cuando esta será la única vía posible para hacer crecer el parque y para poder establecer pactos de gobernanza público-privados eficientes?

Vayamos, por favor, sacando de nuestras leyes de vivienda el velo de la confusión maniquea para aclararnos un poco todos. Enfoquemos nuestros lentes para ver con mayor claridad la carretera por la que debemos circular si queremos llegar a buen puerto y evitar así desviarnos hacia el precipicio. Allí, les aseguro que hay algunos frotándose las manos para recogernos y reconducir la política de vivienda hacia la nada.

Y en Catalunya, cuando estamos aún a tiempo en fase parlamentaria, evitemos introducir la Confusión Maniquea en la nueva ley que tan solo podrá desarrollarse de forma eficiente sin este velo.

Centrémonos en lo que queremos conseguir y cómo lo queremos conseguir y no en quien debe o puede hacerlo. Las vacas, sean blancas o negras, interesa que en las mejores condiciones, por supuesto, den el máximo de leche y de la máxima calidad. O bien, como diría Machín para los creyentes, o Deng Xiaoping, para los otros, no importa el color de los angelitos o de los gatos, lo que importa es que sean buenos y que cacen ratones. Pues eso.

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