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Barcelona rinde homenaje a los valores republicanos con una ruta por sus lugares de memoria

Pisarello y Martiño junto a la concejal Laura Pérez y al comisionado de memoria, Ricard Vinyes

Arturo Puente

Víspera de Sant Jordi y sábado, día perfecto para visitar algunos de los rincones de Barcelona menos conocidos pero más cargados de simbolismo político. Así lo han hecho el teniente de alcaldía de Barcelona, Gerardo Pisarello, y el alcalde de Santigado de Compostela, Martiño Noriega, que este sábado han recorrido un ruta republicana de marcado acento plurinacional por diferentes lugares de memoria de la capital catalana.

La jornada, inscrita en la celebración de la Primavera Republicana del Ajuntament, ha comenzado en la intersección de las calles Diagonal y paseo de Gràcia, en la plaza hasta ahora llamada de Juan Carlos I y que este sábado ha recuperado su nombre popular, de el Cinc d'Oros. En el acto de cambio de denominación han participado el comisionado de Memòria del ayuntamiento, la regidora badalonina Fàtima Taleb y la presidenta de la Asociación Catalana de ex Presos Políticos, Maria Salvo, junto con Pisarello y Noriega.

La plaza del Cinc d'Oros es uno de los lugares emblemáticos para el republicanismo federalista pues en 1931 fue bautizada como plaza Francesc Pi i Margall, quien había sido presidente de la Primera República española, a la vez que se erigía una estatua a la república que inauguraría el propio Lluís Companys como president de la Generalitat. El franquismo, tras su victoria en la Guerra Civil, resignificó el espacio con una nueva estatua a la Victoria y una dedicatoria que rezaba: “A los heroicos soldados de España que la liberaron de la tiranía rojo-separatista. La ciudad agradecida”. Y, después, tras la recuperación de la democracia, la plaza fue renombrada en honor al rey Juan Carlos I, en los días posteriores al intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981.

Un nombre con cada régimen, hasta este sábado que, pese a que el estutus jurídico-político español no ha cambiado, el ayuntamiento ha obrado la redenominación. El acto, con una profunda carga política, es uno de los múltiples pasos que el Ayuntamiento de Barcelona está dando en el marco de sus programas de memoria por la recuperación del simbolismo republicano en las calles y lugares públicos de Barcelona. En la actualidad hay una docena de denominaciones monárquicas en el nomenclátor barcelonés de los que se estudia su posible cambio.

Tras el acto en el Cinc d'Oros, la ruta plurinacional ha continuado en el Fossar de la Pedrera, en Montjuïc, cementerio que alberga los restos de Lluís Companys, president de la Generalitat fusilado por el régimen franquista en 1940, junto a otras 4.000 víctima de la represión. El lugar, en principio una fosa común semiclandestina del régimen fascista, se convirtió en memorial antifranquista en 1985, después de varios años en los que se hacían homenajes de tipo popular prohibidos en el franquismo.

Lluís Companys, tanto por su significación política en vida como por lo icónico de su asesinato, siempre ha sido objeto de homenaje para el nacionalismo catalán pero, de forma muy destacada, para el catalanismo popular. La diferentes oleadas de esta tradición política, con la que el espacio de los comuns quiere entroncar, ha reivindicado a Companys en diferentes momentos. Por ejemplo, Pasqual Maragall, como alcalde de la ciudad, recordó en la apertura de los Juegos Olímpicos del 92 la figura del president de ERC, precisamente en el estadio olímpico que en 2001 sería rebautizado con el nombre de Companys.

Pero la visita de Noriega no ha acabado en Montjuïc. El alcalde de Santiago y Pisarello se han dirigido después al Centro Gallego de Barcelona para rendir homenaje a Alfonso Rodríguez Castelao, padre del nacionalismo gallego y uno de los fundadores del Partido Galeguista en 1931. Como Companys para los comuns, la tendencia política de Castelano, nacionalista y de izquierdas, es reivindicada también por Martiño Noriega, perteneciente a Anova y a la confluencia aliada de Podemos en Galicia, En Marea.

Y, del Centro Gallego, a Nou Barris, uno de los distritos de Barcelona en los que aún puede escucharse una conversación en gallego, testigo de los flujos migratorios que ha acogido Catalunya. Allí Pisarello y Noriega han acudido a rendir homenaje a Blas Infante, padre de otro de los nacionalismos republicanos que el franquismo aplastó: el andaluz. El monumento a Blas Infante, en el parque de la Guineueta, fue inaugurado en 1982 por el entonces alcalde Narcís Serra, como parte de las Jornadas Andaluzas en Catalunya que entonces celebraban diferentes entidades surgidas a raíz de la inmigración andaluza, la más importante de ellas, precisamente, el Centro Andaluz de Blas Infante.

A Infante se le considera el padre del andalucismo político. De hecho, fue él quien consagró la actual bandera andaluza, la Arbonaida, y quien puso letra al himno. Infante fue fusilado sin juicio previo en 1936, pocos días después del golpe de estado militar, siendo presidente de la Junta Regional de Andalucía. Un año antes, el andaluz había ido a visitar a Companys, preso en la prisión de Puerto de Santa María por haber proclamado el Estado catalán. La relación entre ambos ha quedado plasmada en las dos cartas que se conservan, enviadas por Infante al de ERC, en la que le trata de “hermano”.

Una fraternidad que, para los comuns, es la música que acompaña a la letra de su proyecto de articulación territorial español. Como ha ocurrido con los vaivenes nominales del Cinc d'Oros, con la resignificación del ayuntamiento de Barcelona del imaginario democrático y republicano, del que se han nutrido tanto los nacionalismos periféricos como diferentes corrientes de izquierdas, el objetivo de los de Colau es anunciar el cambio en el Estado que, a su juicio, ya está ocurriendo.

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