Las palabras nos delatan
“Te voy a estar jodiendo toda la vida hasta que te mueras y acabe contigo”, así se dirigía a su exmujer un diputado de la ultraderecha española, antes de ser condenado por violencia machista. Ante este tipo de vejaciones, no puedo no preguntarme, ¿con cuánta vida se paga vivir amenazada?
Las palabras no son neutras, pueden humillar, herir e incluso hacer desaparecer. Al negar algo, lo matamos con la palabra, pues lo rechazamos y lo diluimos. Con la violencia de género ocurre lo mismo. Cuando se secunda un discurso negacionista, a pesar de que los datos y especialmente los hechos sustentan su existencia, reducimos esta violencia a la nada. Quien asume la negación se convierte en cómplice, ya que acaba con una de las herramientas más poderosas para erradicar la violencia machista: las palabras. Ellas no solo sirven para condenarla, también para visibilizar a las víctimas y, por tanto, salvan vidas.
El termino violencia de genero se forjó en la última década del siglo pasado. Se consolidó con la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, aprobada por las Naciones Unidas en 1993. Este manifiesto reconoce que la violencia física, psíquica y sexual que se ejerce contra la mujer por el solo hecho de ser mujer es consecuencia de la desigualdad en relaciones de poder entre hombres y mujeres en el seno de una sociedad patriarcal.
Como jurista, creo que no se debe escatimar en recursos para reforzar la prevención y ampliar la asistencia integral a las víctimas, pues una sociedad decente no puede permitir que la mitad de la población se sienta amenazada.
Como demócrata, creo que el discurso antifeminista y negacionista debe ser arrancado de raíz de las instituciones. La violencia de género es una emergencia social de primer nivel, no una cuestión ideológica como señalan algunos. Se trata de una violencia estructural del hombre sobre la mujer. Además, la expresión más violenta se esconde en diferentes violencias aceptadas socialmente o que yacen silenciadas en hogares donde reina el terror, el control y la dominación.
El discurso negacionista reduce la violencia machista a lo indiferenciado y genérico. Desvirtúa su percepción y comprensión. De igual modo que no toda enfermedad se cura del mismo modo, no toda violencia se combate con los mismos medios. Es fundamental ponerle nombre para identificarla, localizarla y combatirla. Este es el primer paso para proteger a las víctimas, el primer paso para hacer justicia.
De hecho, el silencio institucional normaliza las conductas machistas, empodera al maltratador e incrementa la vulnerabilidad de las víctimas. El silencio mina el relato colectivo que tantas mujeres necesitan para rehacerse. No olvidemos que año tras año, la memoria anual de la Fiscalía es clara en un aspecto: las mujeres maltratadas tardan una media de casi 9 años en denunciar a su agresor. Esta media se dispara si ellas residen en el ámbito rural, donde el aumento de feminicidios también es alarmante. Los poderes públicos deben frenar este contexto con mucha pedagogía, están obligados a difundir mensajes nítidos que defiendan la libertad y la dignidad de las mujeres víctimas de violencia y de sus hijos e hijas. La equidistancia es indigna.
Durante los ocho años de gobierno progresista, la Comunitat Valenciana fue vanguardia en materia de protección a las víctimas de violencia de género. Sin embargo, quienes niegan la violencia machista están hoy al frente de nuestras instituciones.
La lucha contra la violencia género tiene que ser una prioridad real en la agenda política de esta nueva legislatura. Es una cuestión que debería ser vital en las carteras de Justicia e Igualdad. Cobra particular urgencia ahora que el auge del neomachismo -o lo que es lo mismo, perpetuar la desigualdad de género sin parecer machista- es un fantasma que recorre el mundo.
Estos días, no dejo de pensar sobre el crimen machista que ha sacudido Italia de norte a sur. Es uno de esos casos que no se olvidan jamás. Giulia Cecchettin, una estudiante universitaria de 22 años y a punto de graduarse, fue brutalmente asesinada y abandonada en un lago próximo a la ciudad de Padua. Su hermana hizo una petición que hiela la sangre: no pidió un minuto de silencio por Giulia, pidió que se quemase todo. Ha pedido que se tome partido, que la brutalidad de los asesinatos machistas no nos sea indiferente, que la sociedad no los banalice.
Por eso, ahora es más necesario que nunca no olvidar a las 1.237 mujeres que han sido asesinadas desde el 2003. No permitamos que nos hagan retroceder todo lo avanzado desde la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género hace 19 años. Para evitarlo, necesitamos palabras, necesitamos llamar a las cosas por su nombre. Palabras para educar en igualdad, palabras para legislar y sobre todo palabras para hacer justicia con las silenciadas. Hoy, los versos de la chilena Stella Díaz Varín llegan solos: “no quiero que mis muertos descansen en paz, tienen la obligación de estar presentes”.
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