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CV Opinión cintillo

Visibilidad para existir: ser lesbiana también es sindicalismo

25 de abril de 2025 15:48 h

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Este sábado 26 de abril celebramos en España el Día de la Visibilidad Lésbica. Para muchas personas, puede parecer una jornada simbólica más en el calendario de las reivindicaciones LGTBI. Para nosotras, las lesbianas visibles y también para aquellas que aún no pueden serlo; Es un recordatorio poderoso de lo que implica existir con orgullo en un mundo que, demasiadas veces, nos quiere en silencio.

Ser lesbiana no es solo una orientación sexual: es una identidad que desafía los moldes tradicionales del patriarcado. Es una forma de habitar el mundo que aún hoy incomoda, se oculta, se castiga. Y eso duele, porque esa invisibilidad impuesta no es neutra: es una forma más de violencia.

Como mujer, como lesbiana y como sindicalista, sé que la visibilidad no es un lujo ni una vanidad: es una herramienta política. Y como toda herramienta política, implica un coste. Porque ser visible es exponerse al juicio, al rechazo, a las consecuencias laborales, familiares, sociales. Pero también es abrir camino, ser referente, tender la mano a quien aún no puede hablar.

En el espacio laboral, esa triple intersección (ser mujer, ser lesbiana y ser trabajadora) nos sitúa en una frontera constante. Las lesbianas somos a menudo borradas de las políticas de igualdad en las empresas, olvidadas en los convenios, ignoradas en las formaciones sobre diversidad. Incluso dentro del propio movimiento sindical, nuestra presencia es aún escasa y muchas veces relegada a un segundo plano, si no completamente ausente.

Y sin embargo, ahí estamos. En las fábricas, en los hospitales, en los colegios, en los servicios públicos, en los comités de empresa. A menudo sin poder decirlo. A menudo haciendo doble esfuerzo: el de nuestro trabajo y el de mantenernos ocultas.

Se habla mucho de referentes, y con razón. Pero ¿cómo va a haber referentes si seguimos siendo empujadas a la sombra? Si los medios no nos visibilizan, si nuestras historias no se cuentan, si en los espacios de poder no hay mujeres lesbianas diciendo “yo también estoy aquí”.

Muchas compañeras han sido víctimas de “terapias” de conversión, de presiones familiares, de entornos laborales hostiles. Otras tantas, además, sufren el peso del racismo, del capacitismo, de la pobreza. Porque sí, la lesbofobia también se cruza con otras formas de discriminación que multiplican las barreras. Y por eso la lucha por nuestra visibilidad es también una lucha interseccional.

Como sindicalista, tengo claro que los derechos laborales también deben pasar por una perspectiva feminista y LGTBI. La inclusión de cláusulas específicas para proteger a las trabajadoras LGTBI, la formación con enfoque interseccional en los centros de trabajo, y la promoción de espacios seguros donde cada mujer pueda ser quien es sin miedo a represalias, no son demandas marginales: son derechos humanos.

El 26 de abril no es solo una fecha. Es una trinchera desde la que seguimos resistiendo, construyendo, soñando. Porque no basta con existir: queremos hacerlo con dignidad. Y para eso, necesitamos ser visibles. Porque lo que no se nombra, no existe. Y nosotras existimos. Y no vamos a volver al armario.

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