Los seres humanos hacemos la historia en condiciones independientes de nuestra voluntad.
El precedente de la invasión de Irak
En el siglo XXI Estados Unidos ha invadido en dos ocasiones a un país con enormes reservas petrolíferas. En 2003 invadió Irak. En 2026 acaba de invadir Venezuela.
Se trata de dos casos entre los que hay más diferencias que similitudes, pero ello no impide considerar el precedente iraquí como un referente muy a tener en cuenta para reflexionar sobre lo que pueda pasar en Venezuela a partir de ahora. Y no solamente en Venezuela. De ahí que resulte más que oportuno echar la vista a atrás y analizar lo que fue esa primera experiencia invasora.
El dato, en mi opinión, más importante que se puede extraer de la comparación entre la invasión iraquí y la venezolana, es el relativo a la degradación de las Naciones Unidas como institución y del Derecho Internacional como ordenamiento jurídico.
Tanto la invasión iraquí como la venezolana han sido invasiones sin cobertura jurídica. Pero en la primera hubo, por lo menos, un debate jurídico en Naciones Unidas. Estados Unidos no consiguió que el Consejo de Seguridad aprobara la intervención militar en Irak, pero los Estados Unidos y sus aliados, entre ellos Reino Unido y España, argumentaron por qué entendían que estaba jurídicamente justificada la intervención. Estados Unidos y sus aliados vulneraron la legalidad internacional, pero no la ignoraron.
En el caso de Venezuela, Estados Unidos, sin contar con ningún aliado, ha decidido intervenir sin sentirse en la necesidad de justificar ante nadie la intervención. No ha habido una simple vulneración de la Carta de las Naciones Unidas, sino que se ha actuado como si dicha Carta simplemente no existiera. El “respeto decente a la opinión pública internacional” con la que arrancó el texto de la Declaración de Independencia para justificar el proceso que convertiría a la trece Colonias inglesas en Estados independientes primero, y en los Estados Unidos de América a continuación, Donald Trump lo ha hecho desaparecer de un golpe. Los Estados Unidos con Donald Trump como presidente no se sienten en la obligación de dar explicación de nada ante nadie, por muy grave que sea la decisión que adopten. El respeto decente no existe en su vocabulario.
Una segunda diferencia entre la invasión iraquí y la intervención militar en Venezuela, es que todavía no se ha traducido en una invasión en sentido estricto, aunque Donald Trump no la excluyó en su conferencia de prensa el propio día de la invasión: “We're not afraid of boots on the ground”. “No tenemos miedo a una ocupación terrestre”. Pero no se ha producido y ya veremos si se produce.
Diferencia que resulta llamativa, porque en el caso de Irak, la Administración Bush puso especial énfasis en desconectar la operación de cambio de régimen de la explotación de las reservas petrolíferas, mientras que la intervención militar en Venezuela ha sido presentada por Donald Trump desde el primer día como una operación “petro-imperialista”. Gobernaremos Venezuela y nos apropiaremos de su riqueza petrolífera “como forma de recuperar los daños que nos ha causado dicho país”. Donald Rumsfeld, por el contrario, dijo expresamente que la invasión de Irak “no tiene literalmente nada que ver con el petróleo”.
Aunque la intervención militar en Venezuela ha ocurrido hace unos días, lo que sí se apunta por parte de los analistas, entre los que voy a mencionar exclusivamente a John Cassidy, “La locura del imperialismo petrolífero de Trump” (The Folly of Trump`s Oil Imperialism. The New Yorker 4 de enero), es que la historia pone de manifiesto la distancia que existe entre la manifestación de voluntad de explotar las reservas petrolíferas y explotarlas de manera efectiva.
Y en este terreno la experiencia iraquí sí es muy ilustrativa. A pesar de que no se había expresado una voluntad por parte de Estados Unidos de apropiarse el petróleo de Irak, no fue posible crear las condiciones que permitieran la explotación de dicho petróleo para la reconstrucción de la propia Irak. Las inversiones necesarias son de tal magnitud, tras una muy prolongada experiencia de gestión catastrófica, como había ocurrido en Irak y como ha ocurrido en Venezuela, que las empresas privadas no están dispuestas a arriesgarse sin un panorama político completamente despejado de manera temporalmente indefinida.
El Financial Times considera que sería necesaria una inversión de cien mil millones de dólares para poder doblar la producción petrolífera en Venezuela y no parece haber, por el momento, disposición entre las empresas petrolíferas no ya para invertir dicha cantidad, sino incluso para ponerse a estudiarla.
Menos todavía cuando la intervención en Venezuela no se presenta como la última, sino como la primera de otras que pueden sucederse escalonadamente a continuación.
Mi impresión es que Donald Trump ha jugado a aprendiz de brujo, juego que siempre acaba de manera distinta, por no decir opuesta, al objetivo que se persigue.
La parte sencilla de la operación se ha producido. Se puede volver a producir en Cuba, en Colombia, en Groenlandia, en México y prácticamente en cualquier país. Los países que podrían oponer una resistencia eficaz a una operación como la que han llevado a cabo las fuerzas armadas de los Estados Unidos en Venezuela se cuentan con los dedos de las manos. La gestión posterior es lo que resulta imposible.
Resulta difícil de entender que un país como los Estados Unidos, que tiene una experiencia tan extensa y tan intensa en este terreno, no lo haya entendido.
El problema es que, con la operación de Venezuela, Estados Unidos ha aniquilado el sistema de normas que regulaba la convivencia internacional y del que éramos beneficiarios todos, aunque ningún país tanto como los Estados Unidos. No parece que en este momento nos encontremos en condiciones de sustituirlo por otro.
Sobre este blog
Los seres humanos hacemos la historia en condiciones independientes de nuestra voluntad.
22