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Cultura

'Solo nos queda bailar', la película contra la que se revuelve la ultraderecha homófoba en Georgia

La cinta de Levan Akin sobre la relación de dos jóvenes bailarines, cuyo estreno intentaron boicotear grupos violentos en Georgia, llega a España

Levan Gelbakhiani (derecha) y Bachi Valishvili en un fotograma de la película 'Solo nos queda bailar'

Levan Gelbakhiani (derecha) y Bachi Valishvili en un fotograma de la película 'Solo nos queda bailar'

Cuando el director Levan Akin llamó a las puertas de la Compañía Nacional de Danza de Georgia en busca de colaboración para contar la historia de amor y descubrimiento de dos jóvenes bailarines en Solo nos queda bailar (And then we danced), la respuesta fue poco alentadora: "En la danza georgiana no existe la homosexualidad". Después, llamadas al resto de compañías para bloquear cualquier tipo de ayuda a esta producción sueco-georgiana que se ha estrenado este viernes 7 de febrero en España.

La danza georgiana es todo un símbolo cultural en el país y un pilar fundamental en la identidad nacional de una nación que ha sido conquistada una y otra vez a lo largo de los siglos. Una identidad que los grupos ultraortodoxos y radicales tratan de mantener impoluta a toda costa en un país en el que, pese al proceso de integración europeo que ha tenido lugar en los últimos años, con transformaciones legislativas para proteger a la comunidad LGTBI, la sociedad no avanza al mismo ritmo.

En los últimos años Georgia ha despenalizado la homosexualidad y la transexualidad y ha promovido leyes para proteger a estos colectivos social y laboralmente. Pero esta protección no está recogida en la Constitución ni blinda a estas personas contra la incitación al odio, según recoge el informe de legislación sobre orientación sexual 2019 de la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas (ILGA-Europe). Tampoco está permitido el matrimonio igualitario, un avance social del que la sociedad georgiana reniega. Según el Pew Reasearch Center, el 94% de la población lo rechaza categóricamente.

La idea de Solo nos queda bailar comenzó a fraguarse en 2013, cuando la Iglesia ortodoxa y grupos radicales convocaron a miles de personas para impedir de forma violenta que unas decenas de activistas pudieran celebrar la manifestación del Orgullo LGTBI en Tbilisi, en uno de los capítulos más negros contra la diversidad sexual y la identidad de género en Europa en la última década. "Vi esto y sentí que tenía que abordar el tema [de la homofobia en el país] de algún modo", ha dicho Akin, sueco de ascendencia georgiana, en una entrevista.

Un rodaje con guardaespaldas

La historia nada tiene que ver con disturbios y es el mejor escaparate para una danza que embauca al espectador. Pero con los antecedentes de grupos organizados contra cualquier atisbo de libertad sexual, el rodaje de la cinta en localizaciones reales ha sido todo un desafío: planes de rodaje alternativos para evitar los boicots y servicios de guardaespaldas. Medidas excepcionales para un reparto novel.

El protagonista Levan Gelbakhiani -Merab en la historia- y su partenaire Bachi Valishvili -Irakli- son bailarines, pero no se habían puesto antes delante de las cámaras. Gelbakhiani se estrena de forma excepcional, con una nominación al premio a Mejor Actor en los European Film Awards -que se llevó Antonio Banderas- y, más cerca, el premio a la mejor interpretación masculina la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI 2019).

La película, un canto a la diversidad sexual frente al tabú en una versión notablemente menos naif que Call me by your name, a la que evoca irremediablemente pero con la que no guarda mucho más parecido que ese descubrimiento de la propia sexualidad, porque aborda también otros problemas de la sociedad georgiana, tuvo su estreno internacional en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes y fue la candidata sueca al Oscar a la Mejor Película Internacional. No consiguió superar el último filtro de un año con nominaciones muy disputadas.

"Vamos a frustrar el estreno"

Pese al éxito de crítica en los festivales por los que ha pasado la cinta, el principal escollo ha estado en la propia Georgia, donde grupos radicales se organizaron para impedir su estreno en noviembre. "Se manifestaron frente al cine para evitar que la gente accediese. Decían que la película insulta y ofende la tradición georgiana, que va contra nuestros valores", explica el director de Tbilisi Pride Giorgi Tabagari, que representa a la organización proderechos LGBTI más visible del país y que participó en la organización del evento en el que "uno de los activistas resultó herido porque le lanzaron un objeto", lamenta.

"No permitiremos la propaganda de la perversión, vamos a frustrar el estreno", llegó a amenazar el líder del movimiento nacionalista Marcha Georgiana Alexandr Bregadze. "La protesta violenta de grupos de ultraderecha antes de la premiere de la película muestra el nivel de homofobia e intolerancia en el país. Estas protestas se producen en un ambiente generalizado en el que intentan instrumentalizar los temas LGTBI dentro de la agenda conservadora", indica el director de programas de ILGA-Europe, Bjorn van Roozendaal.

Con todo, la respuesta por parte del público fue "esperanzadora", explica Tabagari. La película se proyectó durante tres días en el céntrico cine Aminari, rodeado por un cordón policial y, pese a las amenazas, las entradas se agotaron. "Pese a las protestas, la gente no titubeó y fue una buena señal de que el movimiento había resistido. La gente luchó por su libertad para ver la película", desarrolla.

"Georgia garantiza el derecho a la libertad de expresión en el arte", indicó entonces el presidente del Parlamento georgiano, Archil Talakvadze. Un respuesta que las asociaciones LGTBI del país consideran tibia. "Hay mucho que hacer, empezando porque los poderes públicos no reconocen la homofobia como un problema y no cuentan con estrategias para luchar contra ella y afrontar los problemas a los que nos enfrentamos", lamenta Tabagari. "Esperamos que el Gobierno comience a tomarse estas señales alarmantes más en serio y dé los pasos necesarios para contener y prevenir que estas situaciones hostiles vuelvan a ocurrir y, como tal, cumpla con su deber de proteger a todos los ciudadanos de la violencia y el odio", reclama el portavoz de ILGA-Europe.

Mientras tanto, Solo nos queda bailar marca un pequeño camino en la transformación social en un país en el que la mayor visibilidad de las personas LGTBI en los últimos años ha provocado también que se visibilice la homofobia y la violencia contra estos colectivos. Porque, igual que Merab debe 'masculinizar' sus movimientos para bailar -"la danza georgiana está basada en la masculinidad" y "no hay sitio para la debilidad", verbalizan en la cinta- muchos gais, lesbianas, bisexuales y transexuales deben guardar aún la mano en el bolsillo cuando pasean por la calle, enfrentarse a terapias de reconversión o sufrir el aislamiento social.

Cartel oficial de 'Solo nos queda bailar'

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