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El señor de la guerra no llora

Errol Morris durante su entrevista a Donald Rumsfeld/ eOne Films

Mónica Zas Marcos

“Los distribuidores de Farenheit 9/11 aseguraron que el documental de Michael Moore derrocaría a Bush en 2004, y calcularon mal, pues hay escaso paralelismo entre los que planean votar a Bush y los que piensan ver esta película”, escribió Roger Ebert en su página web. Una afirmación que se puede extrapolar por completo al género de la no ficción política. Cuando parece que la cinta en cuestión va a poner un foco de luz en materia diplomática, es más probable que se trate de un mockumentary que de un dechado de exclusivas.

Errol Morris, el imprescindible documentalista de la historia bélica norteamericana, acaba de estrenar en la cartelera española su entrevista monográfica a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de EEUU durante los años de Bush. Morris no es un interrogador. Él prefiere dejar a los políticos a su libre albedrío y observarlos a través de un microscopio, pero sin impedir que se escabullan entre las redes. Hay quienes creen que esta fórmula psicológica es más eficaz que el acorralamiento y la crítica velada tras las imágenes. Pero esto ocurre cuando las imágenes hablan por sí solas, como en el documental Enron: los tipos que estafaron a América, que olvida el carácter político para directamente dar constancia de un crimen inédito.

El caso de Enron es excepcional, y si en algo no se puede comparar con compañeras del género, como The Fog of War y The Unknown Known, es en su objetivo principal. Morris no pretende alimentar titulares, sino descubrir a aquellos ideólogos que orquestan masacres de gran magnitud. Descubrir, que no desenmascarar. Quien se enfrente a este estreno pensando que Rumsfeld se desmoronará y renegará de su responsabilidad como hizo el también exsecretario de Defensa, Robert McNamara, sobre su papel en la guerra de Vietnam en The Fog of War, se va a llevar una decepción.

Dando vida a lo abstracto

“¿Cómo es posible que ahora sepa menos que antes?”, admitía Morris en una entrevista a The New York Times después de terminar The Unkown Known. Esa interrogación frustrada definía las 33 horas de interrogatorio que vivió con Rumsfeld y que no le dieron el fruto –un merecido Oscar– de la anterior con McNamara. En cualquier caso, lo que consigue el director con sus bustos parlantes es toda una acrobacia cinematográfica: da contexto, sin interponer su punto de vista, a la mentalidad estratégica de los políticos. Así observa con callado asombro su capacidad para dar vida a la verborrea abstracta utilizando gráficos, tablas, títulos en movimiento y efectos visuales en contrapunto a las declaraciones.

Morris escudriña a sus entrevistados mediante el “interrotron”. Con este invento tuneado, el político habla siempre a la cámara, como si se dirigiese al espectador, solo que lo que está viendo es a su vez un monitor que proyecta la imagen del entrevistador. Así presenciamos la inquietante sonrisa del que hombre que dirigió la invasión de Irak y la mirada nostálgica de quien permitió las barbaridades en Vietnam. Las dos grandes guerras de los EEUU vistas desde el caletre de sus ejecutores.

Hasta aquí las similitudes, porque lo más notable son las diferencias entre la actitud del protagonista de La niebla de la guerra y el de Las certezas desconocidas. Mientras el primero da importantes indicios de arrepentimiento, el segundo tiene un aura de oscura seguridad que no convenció ni al propio Morris. “No quiero decir que no me gusta, me sentiría culpable, porque él me dio muchas horas de su tiempo”, dijo en una entrevista para el Daily Telegraph, pero la realidad es que dio carpetazo a Rumsfeld en cuanto terminó el documental.

Rumsfeld, el galimatías impasible

El problema de no apretar las tuercas a un político algo galimatías como Rumsfeld es que corres el peligro de convertir la cinta en un panfleto de retórica embrollada. El repaso que hace al diccionario del Pentágono y el análisis de términos grandilocuentes podría ser el colmo de la objetividad y la sinceridad. Pero no es el caso.

“Yo soy frío y controlado”. El burócrata republicano consumado, el buen soldado cuya principal virtud radica en no cuestionar las órdenes, a pesar de que constantemente se queja sobre las palabras que contienen. El pesimista sobre la paz mundial: “Nunca oirá de mí la frase 'EEUU busca una paz justa y duradera en Oriente Medio'. Aquí hay pocas cosas justas y las únicas cosas duraderas son el conflicto, el chantaje y el asesinato”, dijo en un informe a la Casa Blanca de Reagan cuando fue durante un tiempo enviado especial a Oriente Medio.

De hecho, el único momento en el que quiebra su armadura es cuando admite que Bush debería haber aceptado su dimisión tras destaparse el escándalo de Abú Ghraib. Pero el resto son recuerdos vagos y están cubiertos por una capa de impermeabilidad donde resbala la ironía de sus errores. El fallo de Pearl Harbor, no anticipar el ataque de Al Qaeda del 11-S y estar convencido de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. “What you didn't know you didn't know”, responde distante, regalando a su vez un subtítulo a la película y ofreciendo el resumen perfecto de su entrevista. Morris da un testimonio interesante pero que no logra explicar, “why is this man smiling?”.

El Sun Tzu de McNamara

Sun Tzu de Un caso totalmente opuesto es el del secretario de Defensa de Kennedy y Johnson, Robert McNamara. Parece que las “11 lecciones de vida de Robert McNamara”, que enarboló en conflictos bélicos, fuesen una a una la evidencia de su arrepentimiento. A Rumsfeld no le gustó nada The Fog of War precisamente porque él cree que nunca hay que pedir perdón o reconocer errores de estrategia. También es verdad que, cuando McNamara se confesó ante la cámara de Morris, le distanciaban más años de Vietnam que a Rumsfeld de Irak.

El testimonio de McNamara en la primera película ofrece las satisfacciones de un autoanálisis realmente profundo y penetrante, y eso es porque venía de un mundo en el que había una clara distinción entre lo correcto y lo incorrecto, el éxito y el fracaso. Rumsfeld, en contraste, pertenece a un mundo en el que no hay rendición de cuentas real, ni pública ni privada. En gran parte porque las palabras pueden ser desvirtuadas para significar cualquier cosa, o nada en absoluto.

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