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Entrevista

Luis Landero, escritor: “La tertulia está de moda en televisión, pero no es un coloquio, es un debate de perros”

El escritor extremeño Luis Landero regresa con 'Coloquio de invierno'

Carmen López

2 de marzo de 2026 22:43 h

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Siete huéspedes y el matrimonio que regenta el hotel rural se quedan aislados durante la borrasca Filomena, que paralizó a media España en 2021. Sin conexión con el mundo exterior, se reúnen alrededor de la lumbre bien surtidos de bebidas y, de forma espontánea, deciden contarse sus vidas. No se conocían hasta entonces y no creen que vuelvan a verse cuando la meteorología les permita salir, así que no se relatan los hitos sino los secretos que guardan en su interior y que no han confesado a nadie hasta entonces. 

Esta es la sinopsis de Coloquio de invierno, la última novela de Luis Landero (Tusquets). El escritor está contento por tener un nuevo título en las librerías, pero no tanto con el deber de promocionarlo. Premio Nacional de las Letras Españolas en 2022, entre otros galardones, y autor de más de una quincena de libros más (de ficción y no ficción), su nombre es un valor seguro y no necesita demasiada publicidad. Pero, pese a que la exposición pública no sea la parte que más aprecia del circuito de la industria literaria, atiende a elDiario.es con la mejor de las disposiciones. 

El escritor Luis Landero presenta su nueva novela

¿Por qué decidió encerrar a estos personajes alrededor de una lumbre para que se cuenten sus secretos más íntimos?

Este asunto de un grupo de personas que se quedan encerradas en algún lugar es un tópico que aparece en películas, en novelas, en todo tipo de cosas. En Alien, el octavo pasajero se quedan encerrados en una nave espacial. A mi nieto, que tiene 13 años, le conté de qué iba la novela y se me quedó mirando y me dijo: “Entonces aparece el monstruo, ¿no?”.

Se podrían haber quedado encerrados en el hotel y que uno fuese un asesino, pero optó por la oralidad alrededor de la lumbre.

Sí, claro, yo no quería hacer una novela de terror ni de suspense ni nada de esto. Solamente se quedan encerrados y lo único que hacen es hablar porque no tienen otra manera de entretenerse y tienen que estar juntos. Esto es muy viejo, antes de que hubiera internet y televisión, la gente hacía esto que cuento en la novela: se juntaba y se contaban cosas. Yo lo viví de niño porque vengo de un pueblo de Extremadura, Alburquerque, y no teníamos luz eléctrica ni nada parecido y, además, éramos campesinos. La gente, al final de la jornada, se contaba sus cosas y seguro que, hace muchos siglos, nuestros primeros padres hacían lo mismo.

Los sucesos ahora se relatan a través del teléfono móvil o en las redes sociales porque, como dice en la novela, hasta que no se cuentan es como si no hubiesen sucedido.

Sí, pero eso no es un coloquio. Sí, será un modo de contar la vida, pero yo veo que es un modo muy deficiente de contarlo, porque para contarlo hace falta tranquilidad, hace falta lentitud, hace falta que el otro te escuche. Y que el otro intervenga también, y ese no es el caso. La gente habla, lo que pasa es que dedican tanto tiempo entre el móvil y la televisión, supongo que tres o cinco horas todos los días, no sé las estadísticas, pero por ahí andará. De manera que no queda tiempo para poder hablar, sobre todo con tranquilidad. 

Y luego, en la televisión, por ejemplo, también hablan, porque ahora la tertulia está de moda. Está todo lleno de tertulias, pero te das cuenta de que eso no es un coloquio, eso es un debate de perros, donde nadie escucha al otro y donde cada uno lleva su discurso ya aprendido de casa y lo suelta sin importar lo que diga el otro, de manera que no es un diálogo en el sentido pleno de la palabra. El diálogo transcurre un poco por los caminos por los que te va llevando el lenguaje, el momento, la inspiración, lo que el otro te cuenta, qué te inspira, lo que tú le cuentas. Es un modo de aprendizaje.

En su novela, cada personaje cuenta su historia y los demás responden de alguna manera. ¿Cómo construyó a estos personajes tan diferentes entre sí?

Es el oficio del novelista, es cuestión de ponerse en la mesa todas las mañanas. Dije: “Voy a escribir una novela donde unos cuantos personajes se quedan aislados”. Y entonces fui cuadrando las cosas, creando los personajes con un modo de hablar, una edad, una profesión, un modo de vestir, un modo de gesticular. Eso forma parte del oficio, y, además, me gusta inventar y creo que se me da bien. Lo más difícil para mí y lo más emocionante es escribir, es darle vida por medio de las palabras a eso que tienes en la cabeza. Porque primero tienes la invención, tú tienes una historia en la cabeza, igual que el pintor tiene un cuadro, el músico tiene su música o el director de cine tiene la película; pero darle vida al soplo creador es lo más difícil.

Dentro de ese elenco, ¿hay alguno que tenga algo de usted, que le haya puesto una parte de su personalidad?

Sí, a alguno le presto pequeñas cosas. Como a Tomás, que es periodista con alma de escritor y que quiere escribir una novela maravillosa. Todos tenemos una idea de lo que vamos a escribir, una idea sublime, maravillosa, pero claro, no la conseguimos llevar a la práctica, nos quedamos un poco en el camino. Nos podemos acercar más o menos, pero al final nunca conseguimos realizar ese sueño.

Los personajes no se conocen entre sí, creen que no se van a volver a ver nunca, y se cuentan sus secretos. Quizá así es más fácil compartir esas cosas que no nos atrevemos a soltar a nuestros conocidos y por eso hay tanta gente en terapia.

Y de confesarse uno con un cura que no sea el de tu parroquia. Sí, es un modo de descargar la conciencia. Con un taxista, con uno que encuentras en el bar y tal. Pero todos tenemos cosas que no se deben contar, que son incontables, todos tenemos estos secretos y así tiene que ser. Esto de la sinceridad a mí me parece un cuento chino. Si todos fuéramos sinceros acerca de lo que pensamos de los demás, la convivencia sería imposible. Y nada hay más amenazante que cuando alguien te dice: “Oye, te voy a ser sincero”. Es para decir: “No, no, por favor, ahórratelo”.

Lo de contar la vida también es una forma de pensar que nos ha pasado algo interesante.

Sí, porque además nos gusta contar cosas y que nos cuenten. A uno le gusta más escuchar, a otro le gusta más contar, esto depende de cada cual. Pero si nos pasa algo interesante, alguna pequeña anécdota, algo curioso, estamos deseando encontrar a alguien para contárselo. Porque parece que hasta que no se cuenta no se ha vivido del todo, no está cerrado el episodio, incluso lo dejamos ahí en reserva para contárselo a los que vengan después. Incluso cuando alguien vive una experiencia importante se dice que ya tiene para contárselo a sus nietos. Además, cuando contamos somos los protagonistas, porque somos los dueños de la palabra y lo hacemos desde nuestro punto de vista y siempre añadimos algo imaginario, siempre modificamos algo la experiencia. Por eso es tan grato contar y que nos cuenten.

Lo que se enseña en la escuela o en la familia se desautoriza por lo que se ve en los móviles y en las redes

Luis Landero Escritor

Uno de los personajes, el profesor ilustrado Don Claudio, dice que se está quedando sin referentes. ¿Siente usted algo parecido?

Sí, claro. Yo mismamente [Landero fue profesor de secundaria y universitario]: los profesores éramos un referente en los años 80, 90 y principios del 2000, teníamos un prestigio, un estatus. Pero esto se ha perdido y ahora ser profesor es ser nadie. Y también había filósofos de referencia, articulistas de referencia. Incluso en nuestros 3.000 años de civilización, desde los griegos hasta ahora, nuestra tradición cultural era un referente, es toda la cultura occidental. Y esto también se está descatalogando. Le dedicamos tanto tiempo al móvil, a la actualidad y a la inmediatez que se está desdibujando toda esa tradición que era el gran referente, en Europa desde luego. 

¿No habría alguna manera de que surjan nuevos referentes? Desde las aulas, por ejemplo.

Sí, hay. La situación no es tan desesperada y los jóvenes no son tan, tan malos como algunos los pintan ni mucho menos. Hay jóvenes que son estupendos. Cuando voy a algún instituto encuentro interés, no en todos, porque eso es imposible, pero sí en bastantes que leen y que tienen inquietudes, y que incluso son conscientes de la trampa que les están tendiendo con las redes sociales porque, de algún modo, los están anulando y les están robando y suplantando su inteligencia. 

Lo que pasa es que la educación no es un problema solo de las aulas, es una cosa de la sociedad. De las aulas, de la familia, de la televisión también, porque la televisión también es pedagógica... Los alumnos ven la televisión. Y luego están las redes y, a menudo, lo que se enseña en la escuela o en la familia luego se desautoriza por lo que se ve en los móviles y en las redes. De manera que, por un lado, se enseña y, por otro, se desenseña. Todo esto tiene que ir unido, pero para eso hace falta políticos de altura, y no solamente en España, sino en toda Europa. Y políticos de altura que cuiden naturalmente nuestra tradición, nuestra identidad, aunque a mí esta palabreja no me gusta demasiado.

Luis Landero publica 'Coloquio de invierno'

¿Es usted una persona nostálgica?

Tiendo a serlo, aunque también intento no caer en las trampas de la nostalgia, porque como uno caiga en ellas, termina poniendo un bolero y llorando. Tengo nostalgia de mi infancia, de mi adolescencia, de cosas buenas que ocurrieron en mi vida. Pero si me dijeran ahora de volver al principio y volver a vivir todo, no lo aceptaría. O sea, diría: “No, no, no quiero volver a vivir otra vez, salvo que sepa lo que sé ahora”.

¿De dónde le viene la inspiración? ¿Es una persona que escucha una conversación por la calle y dice: “Uy, de aquí puede salir una novela”?

Un escritor tiene que estar atento a todo, es alguien que observa. Archivas lo que has visto, lo que has oído, lo que has vivido, lo que has leído, lo que te cuentan... todo es bueno. Como la urraca que todo lo lleva a su nido. Y luego la inspiración viene de las horas del trabajo y de la disciplina, por supuesto. Sí existe la inspiración. Yo he experimentado la llegada de las musas, porque hay veces que estás en que no te sale nada, que eres incapaz de escribir una puñetera línea y, de pronto, la cosa empieza a fluir y parece que te están dictando y que todo va muy bien. Pero sí, esto viene de trabajar mucho y el motor de arranque está en la realidad, en todo lo que has vivido, lo que has soñado. Esto es como el cerdo, que todo se aprovecha, vamos. De hecho, casi toda esta novela tiene algún fundamento real, el germen es real. A partir de ahí, claro, ya lo demás es fantasía.

Después de una trayectoria larga como la suya, ¿se sigue poniendo nervioso cuando publica un trabajo nuevo?

Sí, es inevitable. No tanto como antes, pero uno no sabe muy bien lo que ha escrito hasta que no te lo dicen. Yo, además, no le dejo lo que estoy escribiendo a nadie, absolutamente a nadie. Cuando termino, mi editor es el primero que lo lee. Y luego [cuando se ha publicado] estás deseando que la gente que lee la novela te diga qué has escrito. Porque del mismo modo que el cuchillo no puede cortarse a sí mismo, uno tampoco sabe muy bien lo que ha escrito porque no lo puede leer. El escritor no puede leer lo que ha escrito porque ya lo sabe, el impacto de la primera lectura ya se ha perdido. De manera que sí, hay ciertos nervios. Y luego la puñeta esta de la promoción. 

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