David Foster Wallace vuelve a la vida

Un instante de la obra 'En lo alto para siempre'

Todo comienza en una especie de reunión de alcohólicos, de adictos a cualquier cosa, a la que David Foster Wallace podría haber acudido; una de aquellas que Wallace recreó en La broma infinita, una de las tantas a las que Wallace asistió en su vida antes de suicidarse en 2008. Una reunión donde se conversa, donde se salta de tema, donde obsesiones e interacción humana se dan la mano como en ningún otro sitio. Así comienza la pieza que ha dirigido Juan Navarro y que, junto al bregado Gonzalo Cunill y la más joven Gemma Polo, desentraña el universo de ese escritor capaz de bucear en lo más hondo de las palabras para desvelar el mundo actual de pantallas, pseudorrealidades, deseos falsos y depresión. Debajo del brillo, la nada.

David Foster Wallace, genio atormentado o un fenomenal ejercicio de marketing

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La obra se estructura en tres partes bien diferenciadas. La primera trascurre bajo un bodegón gigante de frutas enigmáticas, una reunión en el que Navarro une a un Wallace ya maduro (Cunill) con un Wallace joven de mirada perpleja y ojos abiertos (Polo). Atención a esta actriz que lleva dando señales desde una de las compañías más interesantes del panorama catalán: José y sus hermanas. Una conversación en la que irán surgiendo los temas que obsesionaron al escritor norteamericano: el suicidio, los videojuegos, el desequilibrio mental, la acumulación de rabia. Para esta primera parte la compañía estuvo trabajando más de tres meses sin guion: “Todas esas improvisaciones se grabaron y se transcribieron, tengo más de cien páginas de transcripción que Cunill y yo fuimos cribando y reescribiendo”, explica Juan Navarro, que también cuenta a este periódico que el primer proyecto de montaje, que estaba planeado hacerlo con textos de Wallace que hablan sobre su adicción al alcohol y los depresivos, tuvo que ser anulado ya que la viuda de Wallace les negó los derechos. Textos como Respecto a lo malo y parte de su conferencia Esto es agua, se quedaron fuera: “Algo que nos pareció ridículo, los textos están publicados y se pueden leer, no tiene sentido. Pero la creación es así. Tuvimos que virar y centrarnos en el otro libro que teníamos pensado y para el que sí nos dieron los derechos, Entrevistas breves con hombres repulsivos”, explica Navarro. Del relato En lo alto para siempre, nacerá la pieza teatral.

La segunda parte comenzará bajo el título del primer texto del libro, Historia radicalmente concentrada de la era posindustrial, el más corto de ellos, diez líneas que son frontispicio hacia la locura. El título de esta segunda parte es, en cierto modo, un guiño, ya que después de tanta palabra conversada se pasa a un mundo mental donde reina el ruido, donde la palabra es abolida. Navarro, apoyado en el violín de armonías rotas que Rodolfo Castagnolo toca en escena, intentará adentrarse en el mundo interior de una mente atormentada.

Se materializa en esta parte de la pieza el saber hacer de Juan Navarro, uno de los grandes performers físicos de la escena contemporánea, uno de los corredores de fondo de la escena extrema del panorama español. Lo lleva siendo desde sus comienzos en La Fura dels Baus en los noventa, donde actuó en cinco de sus piezas entre las que se encuentran las dos que revolucionaron la escena de este país: Suz/O/Suz y Tier Mon. Pero Navarro, que luego daría vida a las escenas de otros dos de los grandes de comienzos de siglo, Rodrigo García y Roger Bernat, fue desde sus comienzos también director y creador; algo propio de los actores performativos, no están hechos para el ensayo del repetir y repetir una escena, y crean materia escénica desde la investigación.

Ya en 1994, con 25 años, Navarro dirigió una pieza que él mismo escribió, Radio Carburante, producida por Teatro para un instante de Granada y que posteriormente llevó a Berlín. “Siempre tuve la sensación, y mira que me he ganado la vida como actor, de que la cosa era más amplia, que era artista, antes que nada”, aclara. Luego llegarían las piezas de Bona gent dirigidas junto a Roger Bernat, puro tesoro del teatro underground del teatro condal de principios de siglo. Y ya en este siglo, Navarro dirigiría una maravilla en torno a ese crooner negro y melodramático que es Javier Corcobado, Agrio beso, pieza que montó en 2007. Pero la obra que ahora se estrena en los Teatros del Canal de Madrid entra dentro del olfato que tiene Navarro ante textos de gran calado literario pero que parecen estar hechos para la escena. Una vertiente en la que repite con Gonzalo Cunill, uno de los actores más capaces de atacar un texto, de mecerlo hasta sangrarlo. En 2012 montaron uno de los textos referencia de Thomas Bernhard, Tala, verdadero diapasón del autor austriaco maestro del verbo duro. “Algo une estos dos espectáculos, y es la invocación que sentí al leer ambos textos. Cuando los leía necesitaba hacerlo en alto, por su potencia, por su musicalidad”, reconoce.

El párpado se abre de nuevo

Al preguntar a Navarro que le llevó a trabajar sobre Foster Wallace, expone tres razones: “La primera es su forma de enfrentarse a la creación, en su caso la escritura. Busca algo más que agradar o conquistar al lector: busca transmitir su experiencia con la escritura. Por eso se convierte en algo demencial, horrible en muchos casos, que muchas veces te saca, te escupe, más que meterte en sus palabras. Por otro lado, su valentía a la hora de experimentar. Ese ánimo de experimentación lo comparto en mi trabajo como creador escénico. Como poder entrar en lenguajes diferentes. Un tipo tan culto, tan leído, con esa memoria que tenía, me sorprende que no se conformara y estuviese todo el rato revolcándose, inconforme, buscando. Solo hay que leer su última novela, El rey pálido”. Y la tercera razón tiene que ver con la “exposición mediática” a la que tuvo que enfrentarse David Foster Wallace. “Cómo fue capaz de abrirse al gran público de una forma extremadamente humana. Esa necesidad, después de tantos años de barbitúricos y realidades aumentadas y deformadas, de luchar contra la ficción, de ser muy real. Esa característica de Wallace me emociona. Si ves sus entrevistas asombra su capacidad de exposición y de sinceridad hasta niveles salvajes”, reflexiona el director sobre un escritor que tocó todos los géneros literarios: la novela, el relato, la crónica periodística, la conferencia, y en todos ellos desplegó capacidad quirúrgica.

La obra aborda en su tercera parte, mediante una adaptación teatral muy fiel, el relato En lo alto para siempre, del mencionado Entrevista breves con hombres repulsivos. Navarro titula esta última parte con una frase del primer relato del libro de Wallace publicado en 1987 La niña del pelo raro: “Morirse no está tan mal, pero se tarda una eternidad”. En lo alto para siempre comienza con ecos del tema To Forgive de Smashing Pumpkins, publicado en los mismos años que Wallace estaba escribiendo el relato. Pero Wallace deja aparte sentimentalismos a lo Corgan y construye una pieza magistral en la que un niño en su cumpleaños decide tirarse, por fin, desde lo alto del trampolín de la piscina pública. Una piscina que Wallace convierte en el mundo, nuestra realidad se transforma en un fluido que es “una sal dulce con lejía, una flor de pétalos químicos”, un mundo que el niño verá desde lo alto del trampolín a través de la neblina de cloro del atardecer, un mundo al que saltar, en el que zambullirse. El niño contempla el “ballet vespertino que tiene lugar allí abajo”, un mundo que se mueve “a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul”. El niño tendrá que decidir si salta o no.

Asombrosa tercera parte en la que Cunill otra vez la clava y sabe dar vida en escena a la palabra quirúrgica de Foster Wallace. Un boxeo entre teatro y palabra literaria que es acompañado por una poderosa puesta en escena en la que todo el público acaba inmerso en esa piscina, metáfora del mundo, de la realidad. Inteligentemente, Navarro contrasta esa piscina con una maqueta de una casa como contrametáfora de la piscina, como símbolo de la intimidad amueblada de nuestro cerebro. Destacan las luces, ambientales y tecnológicas, diseñadas por el propio Juan Navarro junto con Ferdy Esparza. Una luz en la que se combina una iluminación con proyector que mapea el espacio y para el que se ha pedido la colaboración de uno de los genios del software para VJ Resolume, Cristian Wise, y una ya más teatral, una luz pop que “intenta romper con los tejidos poéticos de la luz teatral convencional”, explica Navarro. Acaba la escena con unas palabras proyectadas, frases finales de uno de los relatos de Foster Wallace más enigmáticas y poderosas de toda su carrera: “El cielo es un ojo. El crepúsculo y el amanecer son la sangre que alimentan al ojo. La noche es el párpado cerrado del ojo. Todos los días el párpado se abre de nuevo, liberando sangre y el iris azul es un gigante tendido boca abajo”.

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