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Mi madre murió indignada


Maria Josep Serra con su madre, Isabel.

Maria Josep Serra con su madre, Isabel.

No sé que habrá sido de Suárez cuando se publiquen estas líneas. Mi madre, que lo votó como presidente de gobierno, murió hace unos días, el 15 de marzo, en plenas Fallas.

Se fue como quería; sin hacer ruido. En silencio. Sin molestar a nadie. Dejando en su camino mucho amor, bondad, serenidad y sabiduría. Pero también muy indignada y preocupada por el futuro de sus hijos, nietos y amigos. No daba crédito a la actual situación que atraviesa España. Pero lo que más miedo le daba era sus actuales dirigentes. En general, le parecían idiotas, ineficaces y sin corazón. Además de mentirosos y corruptos.

Era una mujer muy inteligente a la que la posguerra obligó a dejar los estudios siendo una niña para ponerse a trabajar. Un hecho que siempre lamentó pero que  subsanó con el tiempo. Estudió, creció y evolucionó hasta convertirse en la gran mujer y madre que ha sido. Llegó sola a Valencia; llorando en un tren desde Albacete, según me contaba. En el anden la esperaba su hermana mayor. Trabajó de doncella en la casa de un famoso abogado valenciano, y después en una fabrica. Entonces apenas sabía leer y escribir. A sus tíos los habían fusilado, y a su primo hermano, Tomás, alcalde de Fuentealbilla, se lo llevaron una noche y nunca supieron nada de él. De Los Molina, -apodo familiar porque tenían el molino del pueblo-, ya no queda nadie.

En los últimos tiempos recordaba cómo había vivido tras la guerra, a pesar de que había disfrutado, y mucho, de la democracia y de la vida. Mi madre, al contrario que Suárez, se fue, para bien y para mal, con su memoria intacta, y consciente de los drásticos cambios que se producían en su adorado país, para el que había trabajado sin descanso desde que era una cría, y con el temor de que le recortaran todavía más su exigua pensión. Se fue indignada. “Escribe cariño”, me decía. “Nunca dejes que nadie te pisotee. Y no tengas miedo. Sobre todo no tengas miedo”, insistía.

Progresista y laica, hasta hace pocos días todavía se manifestaba por las calles indignada por los  recortes a sus derechos como mujer y trabajadora. Se quedó viuda muy joven, -mi padre Miguel murió de cáncer con 50 años- y tuvo que trabajar mucho para sacar adelante cuatro hijos. Y lo hizo. A pesar de las Matos, Sorayas, Gallardones, Fabras, Cotinos, Camps, y la larga lista de la farándula política.

La hemos despedido con coplas, que cantaba como nadie, y la música de Paco de Lucía. Le prometimos que no lloraríamos y que lucharíamos por un mundo mejor. Que intentaríamos ser felices. Hoy es siempre todavía.

La foto es de la semana anterior. Se llamaba Isabel.

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