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El arte del periodista

En ocasiones las preguntas que llegan a este Defensor delatan cierta falta de conocimiento de lo que es el trabajo real del periodista en su día a día; las actividades que conforman la jornada laboral, y también el objetivo y la esencia del trabajo periodístico. Entre las películas de la era clásica de Hollywood y las series de televisión, casi todas pésimas, hay una idea muy equivocada de en qué consiste el arte del periodista, la práctica del oficio más allá de mitologías y de tertulias. En esta última columna del año intentaré describir el oficio periodístico.

El objetivo del periodista es enterarse de las cosas, y contarlas; nada más, y nada menos. Para enterarse de lo que ocurre utiliza una serie de técnicas depuradas y contrastadas por la práctica. La más sencilla es estar en los lugares donde pasan las cosas y contar aquello de lo que ha sido testigo; es la esencia por ejemplo del periodismo de guerra, ir allí para verlo y contarlo. También se utiliza esta técnica en los sucedidos que tienen fecha fija y cita previa, desde juicios a eventos deportivos. Es el periodista como testigo y fuente primaria, cuando su papel es observar y narrar lo mejor posible lo ocurrido.

Pero la mayor parte de las veces la noticia no viene con fecha, lugar y hora, y por tanto el periodista no está allí cuando sucede. Entonces el trabajo es diferente; ya no hay testimonio de primera mano, sino que el profesional debe localizar fuentes de información, obtener de ellas los datos, valorarlos y construir a partir de ellos un relato razonable y comprensible. Aquí el talento para la observación vale de poco: lo que se precisa es capacidad de evaluación, validación y ordenación de información.

Por ejemplo es habitual emplear teletipos procedentes de agencias de noticias narrando historias que el profesional debe reelaborar, ampliando, adaptando o añadiendo información relevante para su mercado local. Los comunicados de empresas o instituciones también se usan como fuentes, aunque tanto éstos como los teletipos se complementan (si hay tiempo) con datos obtenidos por el periodista mediante contacto con fuentes propias.

En el mejor de los casos el periodista buscará información que nadie más posee desarrollando y usando una red lo más completa posible de fuentes propias. Aquí la técnica de captación de información es simple en esencia y muy complicada en la práctica: consiste en preguntar a la gente, a quienes pueden saber. La dificultad es doble: hay que saber a quién preguntar y hay que conseguir las respuestas. Simplemente saber a quién dirigirse exige cierto conocimiento: de nada sirve cuestionar a quien no tiene el acceso, el permiso o la voluntad de hablar. Para esto es fundamental el contacto humano, en realidad es para lo que el reportero acude a las ruedas de prensa o los ‘saraos’: por la presencia física personal, para desarrollar relaciones con quien está en su campo e idealmente establezca contactos con alguien que tenga el conocimiento y las ganas de contarlo.

Es importante comprender que a diferencia de un policía o un juez el periodista no tiene derecho a pedir información: sólo cuenta con sus ojos y con su capacidad de convencer a las fuentes de que respondan a sus preguntas. No hay requisitorias, citaciones u órdenes judiciales en periodismo; sólo la capacidad de persuasión del periodista sobre las fuentes. Para ello el contacto personal es vital, como lo es cultivar relaciones de respeto y confianza con las fuentes. Es algo que lleva tiempo y esfuerzo, y que es necesario mantener; típicamente un periodista necesita dedicar horas cada día al cultivo y mantenimiento de sus fuentes, llamando o viéndose con unos o con otros de modo regular.

Este estrecho contacto no sólo es necesario para mantener las puertas abiertas, sino para conocer lo mejor posible a las fuentes. Porque toda fuente, desde el portavoz oficial de un ministerio hasta el anónimo denunciante de irregularidades administrativas que se juega el empleo o hasta la cárcel al dar información son, por definición, fuentes interesadas. Todas tienen una razón para hablar, desde engañar al periodista a modificar la opinión pública, desde perjudicar a un competidor hasta manipular la bolsa o vengarse de un superior o castigar a un rival interno. Para poder usar la información que recibe el periodista debe conocer y tener en cuenta las motivaciones de sus fuentes. Incluso cuando la información denuncia delitos o revela abusos rara vez se hace por amor a la verdad o por deber público. A la hora de evaluarla, comprobarla y jerarquizar su importancia es vital conocer lo más posible a la fuente y sus motivos.

Y todavía no hemos empezado siquiera a escribir más que notas garrapateadas en un bloc. El paso siguiente es verificar la información, para lo cual el periodista recurrirá a otras fuentes diferentes a la original y tratará de convencerlas de que validen los datos recibidos. Típicamente en este proceso el profesional curtido jugará con los datos que ya tiene para intentar extraer aun más información, enfrentando tal vez los testimonios de fuentes distintas y amenazando a partes interesadas con publicar sin contar con sus puntos de vista. Es en este punto en el que a veces, de modo solapado, se hacen trapicheos y cambalaches: por ejemplo una fuente puede ofrecer una noticia nueva a cambio de demorar la publicación de otra que no está del todo armada. Este tipo de negociaciones son vitales para desarrollar relaciones a largo plazo con fuentes importantes, y son mucho más habituales de lo que la mitología de la profesión cuenta (excepto en la serie The Newsroom).

En la teoría del periodismo estadounidense, espejo de la profesión, para que una noticia se publique es necesario que al menos tres fuentes independientes la confirmen, con sus detalles. En la prensa española los requisitos no son tan drásticos; no es tanto una cuestión de números como de tener una razonable certidumbre, lo cual puede conllevar en algunos casos la confirmación de detalles por parte de periodistas más veteranos y con fuentes mejor situadas. Sólo cuando los hechos están claros se pasa a la fase de escritura.

Una vez más, hay diferencias entre la práctica de la prensa estadounidense y la española. Allí es común que haya una división de funciones entre el reporter (periodista que hace el trabajo de calle) y el ‘editor’ (veterano, mejor conectado, encargado de guiar la investigación). La redacción puede hacerse a dos o a cuatro manos, pero es típicamente el editor quien da la orientación del artículo y sugiere un titular. Luego, en la mesa de redacción, un editor especializado retocará el titular como parte del proceso de edición y corrección, especialmente en los medios de corte más popular. La misión del titular será atraer el mayor número de lectores posible a la noticia sin traicionar su esencia. El nivel es diferente dependiendo del tipo de medio. Varios pares de ojos revisarán tanto el contenido como la forma antes de que la noticia se publique.

En la prensa europea el sistema tiene menos estructura y menos niveles de corrección. Lo normal es que sea el propio escritor quien coloca el titular, aunque pueda ser revisado en edición. En las sucesivas crisis los diarios han recortado en correctores, de modo que ahora el trabajo de la mesa de edición se complica. Porque éste es el siguiente paso: la mesa de edición, donde el periódico se ensambla y edita. Aquí llegan las noticias escritas, con su titular puesto y revisadas; de aquí saldrá ya el diario montado rumbo a las plantas de impresión. La mesa de edición es el centro neurálgico de la redacción y el punto clave de flujo informativo. En radio o televisión existen equivalentes, aunque la ejecución es obviamente diferente. La práctica en medios electrónicos no es tan diferente, excepto en lo que se refiere a la colaboración de técnicos (cámaras, técnicos de sonido). Muchas veces será el mismo periodista el que grabe entrevistas o participe directamente en la elaboración de vídeos.

En los medios digitales se aplica el mismo procedimiento general, con algunas variantes. El trabajo es mucho más estático, con menor contacto personal. En la prensa digital además de las fuentes convencionales hay fuentes en la propia red que son accesibles a través del ordenador. Sin embargo el tratamiento de esas fuentes no es muy diferente al de las humanas: al igual que las de carne y hueso las digitales tienen intereses propios y grados diversos de fiabilidad, y deben ser localizadas y verificadas a tiempo. Las habilidades pueden ser algo diferentes; hay que conocer y manejar bien los buscadores y disponer de una amplia red de sitios web cuyos sesgos y nivel de confianza sean conocidos, pero el trabajo es similar: localizar, evaluar y jerarquizar información, tal vez dando mayor énfasis a la contextualización que hacen posibles los enlaces. Y sin olvidar las posibilidades de la interacción con el lector y del uso de elementos gráficos, ni las manías de Google a la hora de clasificar titulares.

El arte del periodista consiste en construir con estos elementos historias verdaderas y legibles, a ser posible hermosas. Se trata de un oficio como cualquier otro, con sus rutinas y sus peculiaridades, con sus atajos y sus ventajas, no muy diferente del que llevan a cabo otras profesiones. Aunque algo sí que puede decirse sobre sus dificultades: muy pocos de sus practicantes son capaces de ejercerlo produciendo algo que vaya más allá de la mera comunicación de los hechos. Contados son los periodistas que elevan su trabajo a arte, siquiera menor, porque no es un oficio fácil, ni se ejerce en una industria tolerante o feliz. Ojalá que el próximo año traiga un poco de respiro a los trabajadores de la prensa, y a todos los demás. Porque ya nos va haciendo falta a todos un poco de alivio. Feliz sea, pues, 2014.

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Publicado el
28 de diciembre de 2013 - 22:53 h

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