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Cadenas, abusos sexuales y descargas eléctricas para “tratar” a enfermos mentales en Indonesia

Carlos Hernández

“Me aplicaron descargas eléctricas en la frente y en las sienes; era muy doloroso. Tenía las manos atadas a la cama mientras el doctor me daba los electroshock. Nadie, ni siquiera mi familia, me había explicado lo que ocurría. Yo no podía decir nada porque si me hubiera resistido, mis parientes me habrían golpeado. Ya lo habían hecho antes; me consideraban loca”. Carika solo tiene 29 años pero su vida ya rebosa de terribles experiencias generadas por una sociedad incapaz de hacer frente a su enfermedad mental. Durante más de 4 años su familia la mantuvo encerrada, 24 horas al día, en un pequeño y sucio establo de cabras. Sin apenas espacio para moverse, tenía que vivir entre los excrementos de los animales y los suyos propios. Cuando por fin fue enviada a una institución, los malos tratos, las humillaciones y las descargas eléctricas hicieron que terminara añorando aquel asqueroso establo.

Carika es una de las 57.000 personas con discapacidad intelectual que han sufrido, al menos una vez en su vida, el pasung, un término indonesio que significa literalmente “atar” o “encadenar”. El pasung es solo uno de los crueles métodos que se emplean en ese país contra quienes son etiquetados como “locos”.

El destino de todos ellos es permanecer encerrados en condiciones infrahumanas, atados con cadenas a paredes o camas, sometidos a todo tipo de malos tratos, humillados, violados… Aunque el gobierno de Indonesia ilegalizó estas prácticas en 1977, la falta de recursos, la incultura y también las supersticiones imperantes en buena parte del país han hecho que los abusos continúen.

Según el informe que hará público este lunes la organización Human Rights Watch (HRW), al menos 18.800 hombres y mujeres son víctimas en este mismo momento del pasung. El documento de 74 páginas aporta elocuentes fotografías y lleva la firma de la experta en derechos humanos Kriti Sharma: “Estas personas permanecen encadenadas o encerradas en sus casas o en instituciones, simplemente, por sus problemas de salud mental. Estos lugares carecen de condiciones higiénicas. Se ata a los pacientes con cadenas metálicas y deben comer, dormir, defecar y orinar en el mismo lugar; y así durante años”.

Víctimas de sus familias y de los brujos

El informe detalla una larga lista de castigos y torturas a las que son sometidos las personas con enfermedades mentales en este país asiático y distingue tres lugares de tortura: el hogar familiar, los recintos dirigidos por curanderos y las instituciones de atención social.

El primero de ellos es el más extendido y el que más prolonga su agonía. Los investigadores de HRW se han encontrado con enfermos que permanecían recluidos por sus familias durante lustros. Engkos Kosasih, un agricultor de 75 años, explicaba así la situación en que mantenía a su hija: “Se volvió destructiva, dañaba los cultivos y se comía el maíz crudo de la planta; la encerré hace 15 años. Al principio le ataba las muñecas y los tobillos con cables pero siempre conseguía liberarse, así que decidí encerrarla porque los vecinos tenían miedo. Hace sus necesidades en la habitación. Nadie lo limpia, solo dejamos que se seque. No la bañamos. Hace años que nadie entra en su habitación. Le damos la comida dos veces al día por un agujero…”.

Kriti Sharma denuncia que “esto ocurre porque las familias no saben qué hacer ante un caso así y las autoridades no hacen su trabajo de ofrecer alternativas humanitarias”. En toda Indonesia, una nación de 250 millones de habitantes, tan solo ejercen entre 600 y 800 psiquiatras; tocan, por tanto, a un especialista por cada 350.000 personas. La ausencia de profesionales sanitarios provoca además que las familias pongan a los enfermos en manos de los curanderos.

“Decía que yo estaba poseído. Poseído por un extraño espíritu. El cobertizo en que estaba encerrado era muy pequeño y tenía que permanecer siempre sentado”. Agus fue una de las víctimas de esos “sanatorios” dirigidos por chamanes que recurrían a la magia para “curar” su enfermedad. Kasmirah, de 43 años, también recuerda la terapia que le aplicó el chamán de su pueblo: “Me dijeron que me darían un masaje. Me tiraron al suelo. Una persona me sujetó de los brazos y otra de las piernas. Sentía como si me azotaran. Frotaron hasta que todo mi cuerpo se puso rojo. No fue un masaje sino una tortura. No sé exactamente lo que me hicieron pero dolía tanto que no podía caminar.”.

Hacinamiento, insalubridad y abusos sexuales

La situación en numerosas instituciones privadas y/o gestionadas por ONG no es mucho mejor. Las habitaciones o, mejor dicho, las celdas, están abarrotadas y carecen de ventilación. La sarna y los piojos mortifican a unos enfermos que no disponen de aseos. Human Rights Watch ha podido constatar que muchos de estos internos fueron encerrados contra su voluntad y sin ningún informe psiquiátrico que avalara la medida.

Una vez dentro, los enfermos son sometidos a descargas eléctricas y obligados a tomar una medicación que les provoca convulsiones y todo tipo de efectos secundarios. El personal que les custodia recurre con frecuencia a la violencia. Las mujeres, como siempre, sufren aún más la dantesca situación que se vive en estas instituciones. “Los hombres del staff me miran mientras me ducho. Esta mañana uno de ellos me tocó la vagina solo por divertirse”, asegura una enferma de 26 años llamada Tasya.

La ausencia frecuente de personal femenino deja a las pacientes en situación de especial vulnerabilidad. Los investigadores de HRW también denuncian que personas con discapacidad psicosocial de diferente sexo son encadenados, unos junto a otros, por lo que las mujeres no pueden escapar en caso de ser atacadas por sus compañeros. Igualmente, señalan que en estas instituciones se suministra anticonceptivos a las enfermas sin su conocimiento.

Kriti Sharma espera que su informe provoque la reacción inmediata del gobierno de Indonesia: “Hay una necesidad urgente de que las autoridades controlen estos lugares y se aseguren de que se cumple la prohibición del uso de grilletes en los hogares y en las instituciones”. Mientras tanto, enfermos como la joven Asmirah no pueden seguir esperando: “Imagine lo que es vivir en el infierno; así es este lugar”.

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