Bolsas saturadas, riesgo de burbuja y tensiones cripto: lo que el viento inversor deja para 2026
¿Qué deparará el nuevo año en los mercados globales? ¿Habrá crisis financiera? ¿Convertirá la inteligencia artificial (IA) sus inversiones de ficción en valoraciones reales? ¿Dominará de nuevo la volatilidad bursátil? ¿O acontecerá solo una corrección más o menos brusca?
Recién estrenado el nuevo ejercicio, cinco bloques analíticos dejan una hoja de ruta inicial de por qué derroteros podrían circular las expectativas inversoras. En cualquier escenario, 2026 estará gobernado por la geopolítica y las recetas económicas de la Administración Trump y, en paralelo, por los activos tecnológicos.
1. Los iconos de la IA americana marcan la senda tecnológica occidental
Los dos primeros ejecutivos de Nvidia y Oracle, Jensen Huang y Larry Ellison, han rivalizado por ser, junto a Elon Musk, los empresarios de cabecera de Donald Trump. Sus emporios se han convertido en estandartes del auge de la IA, en sostenes del negocio de los chips y de la fiebre constructora de centros de datos, aunque también en sensores de alarma de rampantes deudas corporativas.
Las revalorizaciones bursátiles de Nvidia y Oracle revelan que la IA ha dejado de ser una historia de software brillante para convertirse en un fenómeno industrial, intensivo en capital y energía. En ese giro, Nvidia —aproximándose a los 4,5 billones de dólares de capitalización, tamaño similar al PIB de Japón, cuarto del planeta— se ha consolidado como proveedor hegemónico de la demanda que reclaman las firmas de computación. Mientras, Oracle (560.000 millones de dólares, los PIB de Tailandia o Noruega) se ha erigido en arquitecta y financiadora de sus infraestructuras. Juntas representan la promesa estructural de la IA y las tensiones que empiezan a emerger bajo su creciente músculo inversor.
Nvidia es el epicentro tecnológico. Sus GPUs [Unidades de procesamiento gráfico] Blackwell ejercen de estándares de entrenamiento de modelos de IA avanzados y catapultan una expansión sin precedentes de los centros de datos por todo el mundo. El resto de sus compañeras de las Siete Magníficas (Microsoft, Apple, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla) son sus clientes preferenciales.
Oracle, por su parte, ha llevado a cabo una reinvención excepcional: de vender software corporativo a convertirse en suministrador de cloud neutral para IA, firmando contratos colosales —sobre todo, con OpenAI— y financiando data centers con deuda a gran escala. El mensaje implícito es claro: la IA ya no es ligera ni barata; es una carrera contrarreloj de ladrillo y hormigón para sus armazones, de silicio para sus circuitos integrados.
Pero también es fuente de endeudamiento. La red de acuerdos circulares que se están confeccionando en torno a estos dos colosos corporativos, con capitales cruzados, compromisos anticipados de compra de chips y préstamos fuera de balance, recuerda episodios pasados de exuberancia tecnológica. “Si dentro de un año hablamos de una burbuja de la IA, estos pactos concéntricos serán los primeros en estallar”, advierte Brian Colello, analista de Morningstar, que describe un círculo vicioso: Nvidia invierte en OpenAI; esta se compromete a comprar enormes volúmenes de chips y esos compromisos, a su vez, justifican nuevas inversiones en centros de datos y más financiación. Y está la duda de cuándo caduca un chip y si los plazos de amortización de esas inversiones serán suficientes.
A juicio de Colello, el quid de esta cuestión no reside en el crecimiento de la demanda, sino en que todos estos flujos de capital e ingresos se empiecen a validar entre unos mismos actores, adelantando beneficios futuros aún inexistentes. “Si la monetización real de la IA se retrasa o decepciona, esa red de compromisos cruzados puede amplificar el ajuste”, alerta. No tanto porque falle esa tecnología, sino porque la ingeniería financiera haya inflado la percepción de la IA como tracción económica.
Jim Morrow, consejero delegado de Callodine Capital, lo plantea en términos automovilísticos: “Estamos en la fase del ciclo en la que el neumático toca el asfalto”. Pero queda por ver si estas inversiones masivas se traducen en retornos reales. De no ser así, el coche se saldrá de la pista.
A diferencia de la crisis punto.com de 2000, las bigtechs generan beneficios y las valoraciones de Nvidia y Oracle no rozan niveles delirantes, dice el consenso del mercado. Pero todo cambio de régimen provoca alteraciones y la IA ha pasado de promesa intangible a una apuesta económica que traslada actividad en productividad y esta en competitividad, lo que genera una serie de riesgos sistémicos asociados a la energía, financiación y concentración de empresas.
En consecuencia —resalta Morrow— el éxito de Nvidia y Oracle no dependerá solo de su liderazgo tecnológico, sino de si la economía puede absorber y rentabilizar los cimientos físicos sobre los que hoy se levanta la revolución artificial.
2. Oro y petróleo: la pareja de danza en las crisis se separa
El oro metálico se dispara y engorda su leyenda de valor refugio (¡en una fase de bonanza bursátil!) y el petróleo se ancla a un barril barato, en torno a 60 dólares, por un exceso de oferta en el mercado de la que participa activamente la OPEP+. Son tiempos complejos de explicar.
El contraste entre oro y crudo en 2025 dice más sobre la economía global que cualquier indicador aislado. El metal precioso encadena topes históricos, impulsado por recortes de tipos y riesgos geopolíticos, y el crudo lidia en un mundo de sobreabundancia inaudito, donde la oferta crece más rápido de lo que la demanda geopolítica o macroeconómica puede absorber.
El oro se ha beneficiado de una convergencia poco frecuente. A la expectativa de un dinero más barato en EEUU (viento de cola clásico para su rendimiento) se une una geopolítica cada vez más indigesta. Ahmad Assiri, analista de Pepperstone, lo expresa elocuentemente: “Las fricciones geopolíticas han vuelto al centro del relato” y el metal dorado “refuerza su demanda como valor refugio”, aunque en un clima de euforia bursátil. Además, las compras de lingotes de bancos centrales y las fuertes entradas en ETF —fondos cotizados— han engordado su cotización con una intensidad desconocida desde los setenta.
El petróleo, en cambio, enfrenta el problema opuesto: demasiado suministro. Sudamérica se ha convertido en su nuevo maná, con Brasil, Guyana y Argentina aumentando producción a ritmos que recuerdan a la revolución del esquisto estadounidense de la década pasada. Pero el contexto es distinto. El negocio del fracking de EEUU no remonta y las firmas texanas se sitúan en riesgo de quiebra, escenario que persigue la estrategia de inundar el mercado de barriles de la OPEP+.
Eso explica la sobreproducción. Pero Arabia Saudí y Rusia han empezado a relajar sus aumentos para defender cuota de mercado. La táctica del cártel en 2025 fue elevar el precio del barril y evitar una pérdida de relevancia en un mercado fragmentado y multipolar. El resultado es un crudo atrapado entre tensiones geopolíticas, con expectativas catastróficas que empujan al alza, pero que se diluyen milagrosamente durante los conflictos, y un exceso latente de cuotas que limita cualquier rally sostenido.
Vistos en comandita, ambos mercados reflejan una misma ansiedad. El oro prospera porque el mundo duda de la estabilidad monetaria y política y el petróleo sufre porque la oferta responde mejor que la coordinación internacional. En esa asimetría se dibuja el mapa económico de 2026, donde la abundancia física, la escasez de certezas y las preferencias por activos que prometen protección antes que crecimiento, volverán a ser las tónicas imperantes.
3. Los mercados de capitales buscan espacios de racionalidad
Frente a la volatilidad de 2025, los analistas recomiendan a los inversores aguzar el ingenio, escudriñar sus diagnósticos, apostar por la prudencia y elegir bien sus valores en unas necesarias rotaciones de carteras. Teorema que roza la utopía bursátil. “Salgan ahí fuera y demuestren lo que valen”. Grosso modo, es la frase que diría un maestro de ceremonias en un acto de graduación académica al despedir de la universidad a sus recién licenciados.
Dos de las grandes casas de inversión coinciden en que 2026 no será un ejercicio para apuestas temerarias. Tras el largo ciclo post-Covid de expansión crediticia, alimentado por estímulos monetarios y fiscales, disrupciones tecnológicas y concentración bursátil, el entorno se perfila más incierto y con menor margen de error para los inversores.
Goldman Sachs describe un escenario de crecimiento global moderado, inflación más contenida pero persistente, y bancos centrales reacios a volver a políticas laxas. En ese contexto, aconseja rebajar expectativas de rentabilidad, priorizar calidad de balances y asumir que la volatilidad va a ser estructural, no pasajera.
JP Morgan refuerza esta lectura y apuesta por escenarios benignos de difícil visibilidad; sobre todo, si el crecimiento decepciona o los tipos permanecen elevados. Recomienda diversificar las carteras y atender a activos defensivos por estar en una fase más tardía del ciclo. Sus expertos no ven crisis inminente, pero atisban un cambio de régimen inversor con menos exuberancia y elecciones de activos más selectivos por los riesgos geopolíticos y financieros entrelazados.
4. ¿Vuelven los bailes de divisas?
El yen marcó el último Allegro ma non troppo de tensión de 2025 en los mercados cambiarios. La debilidad del dólar americano fue la nota dominante de un año que reavivó el debate sobre su hegemonía como reserva global. Aunque su posición dominante sigue intacta, hay tensiones crecientes. La depreciación del billete verde —cercana al 10% frente a la cesta de divisas de naciones de rentas altas— ha acabado afectando a mercados emergentes y al G7. Su caída ha empujado al yen a un retroceso prolongado, pese a la reciente subida de tipos del Banco de Japón hasta máximos de casi 30 años.
Las divisas del G-7 pierden competitividad con sus revalorizaciones indeseadas. El euro y la libra se suman al yen y a otras divisas asiáticas. Todo ello, para regocijo de Washington, que subrepticiamente ampara un dólar débil como soporte del empleo y la actividad. Esta presión ha comenzado a trasladarse a los BRICS, que no disimulan ya su intención de construir sistemas alternativos al dólar, con su propia red de transacciones y sus reservas de divisas compartidas.
5. Las stablecoins, en ayuda de los criptoactivos
La tabla rasa del dólar ha llegado a cuestionar las versiones digitales del billete verde, el euro o la libra, bajo los controles de sus respectivos bancos centrales. La Administración Trump y su Ley Genius lanzan la idea de que las multinacionales utilicen sus propias monedas, conocidas como stablecoins. Los principales bancos de inversión americanos y alguna bigtech, con Meta a la cabeza, que ya creó su prototipo en 2019, el diem (originariamente, libra), barajan su implantación. También Amazon, Visa o Walmart.
El asunto es de tal envergadura que Financial Times habla de 2026 como año de su lanzamiento y como la herramienta que concederá credibilidad a un sector financiero al alza en los mercados. El dominio de las transferencias de pagos transfronterizos también está en juego. Otro negocio emergente en una banca que cada vez más se reinventa con alternativas híbridas y ecosistemas digitales.
Todo ello, en un entorno en el que el bitcoin consolidó su reinado cripto, más por estatus que por precio. En 2025 se volvió a subir a una montaña rusa de emociones bursátiles, con un refugio narrativo favorable y una imagen de ancla de balances corporativos. Su cotización cerró débil el año, pero la institucionalización de sus inversiones en 2026 a través de ETFs, tesorerías y bajo regulaciones más claras y benévolas apuntan a un reforzamiento de su valor de mercado si no surgen burbujas especulativas de envergadura. El bitcoin, junto a las stablecoins, gana peso en el universo token.
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