Dies irae, dies illa
Manolo Saco
Ayer conmemoramos el décimo aniversario del día aquel en que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP de Ermua, uno de los asesinatos que mayor daño psicológico ha provocado entre los demócratas españoles, por el sadismo demostrado por los terroristas, por el significado trascendente de su muerte. Ya os lo dije una vez. Aquel día de ira en que asistíamos atónitos ante el televisor a la noticia de que al fin se había cumplido la macabra amenaza de muerte, lloré por un desconocido como si fuese un hermano, porque en realidad habían matado a un demócrata, un símbolo político por el que me había jugado el pellejo más de una vez en tiempos de dictaduras. Aún hoy os escribo esto con un nudo en la garganta por la intensidad del recuerdo.
Pero la derecha tardó poco más que un telediario en apropiarse del símbolo, y lo que en un primer momento pareció un fuerte adhesivo para unir a todos los demócratas, unidos en una de las mayores manifestaciones de repulsa del terrorismo de nuestra reciente historia, sin distinción de credo político o religioso, sin bocadillos de mortadela por medio ni acarreamiento de manifestantes en autocar, pronto fue utilizado como instrumento contra el adversario político, por esa inclinación perversa de apropiarse de los muertos, instrumentalizando hasta la náusea a esa asociación títere dirigida por el ultraderechista Alcaraz, que autentifica qué víctimas de qué terrorismo debemos llorar, y cuáles no.
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