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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Agirre ante la guerra: valor y valores

El lehendakari, Imanol Pradales, en la tumba de José Antonio de Aguirre

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22 de marzo de 1941. El mundo está inmerso en la Segunda Guerra Mundial, y el Lehendakari Agirre en la boca del lobo. Desde Berlín, corazón del Reich nazi, ayudado por distintos países latinoamericanos, lucha por reorganizar las fuerzas de Euskadi, y también por su vida y la de su familia. Había perdido a su hermana Encarnación en los bombardeos de La Panne en Bélgica. Era consciente de la suerte que correría en caso de ser capturado. La misma que había sufrido el presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Los conflictos armados marcaron su vida y su trayectoria política: “Nacimos a la vida libre en una época turbada envolviéndonos primero la guerra fratricida desencadenada en España por el militarismo y la antilibertad e, inmediatamente, arrojados ya de la Patria, la contienda mundial provocada por el totalitarismo hitleriano. En ambos conflictos nos situamos en el campo de la libertad”, dijo en 1958.

Con solo 32 años, tuvo que liderar desde el Gobierno Vasco la defensa de Euskadi ante el golpe franquista. Asumió la responsabilidad de organizar, con medios precarios, un ejército y de enviar a compatriotas al frente. Perdió a miles de ellos y sufrió cada muerte como propia. Pese a ello, su gran empeño fue humanizar la guerra: contener el ensañamiento, el odio y la venganza.

Lo hizo anteponiendo la protección de la población civil y de las personas presas. Denunció internacionalmente masacres como la de Gernika. Practicó la legítima defensa hasta los límites del territorio. Antepuso siempre el futuro del País, evitando la política de tierra quemada: “Ni una iglesia tocada, ni una riqueza destruida, ni un hombre sin trabajo”. Fue un hombre de Paz, con mayúsculas. Pero no desde la ingenuidad, sino desde la plena consciencia de los sacrificios y el trabajo diario que ésta exige.

Padecer las penalidades y el sufrimiento de la guerra acabó fortaleciendo su convicción en torno a un orden internacional basado en reglas. Por eso participó activamente en la gestación del proyecto europeo a través de los Nuevos Equipos Internacionales, o en la Conferencia de San Francisco que dio lugar a la ONU. Una Euskadi libre, una Europa democrática y un mundo en paz; tres vértices del compromiso vital de Agirre y de una misma causa: la libertad de las personas y de los pueblos.

Esta semana he tenido la oportunidad de rendirle tributo en Donibane Lohizune, donde reposa desde que falleciera hoy hace 66 años, junto a la placa que recoge las palabras del Juramento de Gernika. Agirre trascendió su época y nos dejó un legado enorme. Hoy, en un momento marcado por guerras y crisis que generan violencia y muerte, además de enorme incertidumbre y preocupación sobre el futuro, no hay mejor homenaje que aprender de sus enseñanzas.

Fotografía del lehendakari José Antonio de Aguirre

Una es la apuesta por Europa, no como una mera asociación de países que cooperan en ámbitos de interés material mutuo, sino como una comunidad de valores. Como una forma de entender la Humanidad. Porque la defensa del multilateralismo como vía de cooperación y de un orden internacional basado en normas no es algo que pueda desterrarse en función de las circunstancias.

Una cosa es reconocer las carencias y limitaciones del sistema y del derecho internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y otra, muy distinta, dar por enterrado el orden internacional basado en reglas. Europa no puede ceder esa bandera. Debe ser un actor global y actuar con una sola voz, como hizo ante la invasión de Ucrania. La división que ha mostrado ante el genocidio en Gaza o ante la guerra contra Irán no hace sino dar alas a quienes pretenden debilitar Europa y establecer un mundo bipolar basado en bloques y esferas de influencia.

Firmeza ética y pragmatismo son también dos principios básicos de su legado. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, los reproducía en su magnífico discurso en Davos, al reclamar un “realismo basado en valores”. La paz no se salvaguarda con eslóganes huecos ni buenismos. Exige renuncias y decisiones difíciles por parte de quienes gobernamos. Y exige, sobre todo, asumir la responsabilidad, sin culpar a terceros.

La dependencia nos hace vulnerables. Nos deja indefensos ante quienes pretenden camuflar la subordinación como cooperación. Líderes autoritarios que pretenden aprovechar la globalización como herramienta de ataque. Por eso, la soberanía estratégica europea es vital. Tanto en materia de suministros, energía, alimentación, industria y tecnología, como en seguridad y defensa, desarrollando una capacidad disuasoria compartida.

Agirre era un gran admirador del presidente Roosevelt y de América, el continente que lo acogió. Seguramente, habría sentido aversión y un fuerte rechazo viendo a Trump frivolizar con la muerte. Y habría rechazado, sin duda, la tiranía del régimen de los ayatolás. Lo habría hecho respetando los principios y el orden internacional en el que creía, por mucho que le decepcionara, como cuando demandó que la ONU interviniera contra Franco en 1946.

En estos días en los que se multiplican los ataques a la Democracia, los Derechos Humanos, las Libertades y la Justicia social, es más necesario que nunca fortalecer esos valores que compartimos como comunidad. Porque la responsabilidad exige que, en estos tiempos de incertidumbre, volatilidad y guerras, no hagamos política con el piloto automático puesto.

Necesitamos un pensamiento crítico y ético que cuestione permanentemente los nuevos retos y problemas. Porque el progreso humano necesita de humanismo, altura ética y justicia social, ante un momento geopolítico en el que hay quienes apuestan por imponer la ley del más fuerte frente a la fuerza de la razón.

Al recordarle, me gusta pensar que nos habría pedido que no cediéramos a la resignación. Que diéramos un paso al frente y planteáramos, permanentemente, en qué medida nuestras acciones y palabras responden a esos ideales que compartimos como nación dentro del proyecto común europeo.

Insistiría en que algunos hacen mucho ruido, pero que somos muchos más quienes defendemos la paz y la cooperación. Propondría que sigamos construyendo alianzas para construir un mundo mejor y más justo, fortaleciendo nuestra Nación, “con entusiasmo, con fe, creyéndonos capaces de continuar siendo dignos representantes de los valores que nuestro País representa”, tal y como dijo en 1945, al terminar la guerra mundial.

Hoy, en el aniversario de su muerte, recordamos y homenajeamos al Lehendakari Jose Antonio Agirre Lekube. Desde el honor y la responsabilidad de seguir su legado, trato de actuar fiel a sus valores y pensamiento, porque son la brújula moral que nos alumbrará el camino de nuestro Pueblo en estos tiempos tan convulsos.

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