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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Diez cuestiones sobre la caída de Maroto

Iban Zaldua

Escritor —

1. Estoy relativamente satisfecho con el resultado final de las elecciones municipales en Vitoria: el hecho de que EH Bildu, PNV, Sumando-Hemen Gaude e Irabazi hayan podido desalojar a un alcalde como Javier Maroto, una de cuyas armas de batalla –aunque no la única– ha sido un discurso del odio dirigido a estigmatizar a parte de la población inmigrante de la ciudad, es positivo. Sin embargo, hay cuestiones preocupantes: el número de votos que, esgrimiendo un programa con las características descritas, consiguió la lista del Partido Popular llegó casi al 30% de los emitidos; el gobierno municipal, votado por formaciones muy diversas y con un apoyo limitado, va a ser necesariamente débil; hay, además, mucho trabajo por hacer para rebajar la crispación sembrada durante estos años por el ya exalcalde, como demostraron los momentos de tensión que se vivieron en la calle durante la sesión de investidura.

2. No creo que el gran derrotado de este accidentado proceso haya sido Javier Maroto, ni siquiera el PP, sino el discurso del odio con el que, desde el antiguo consistorio, se ha intentado dividir a la sociedad. Y me gustaría que todos los partidos políticos, no sólo el PP, llegaran a esa conclusión: que, como muy bien exponía el periodista de la cadena SER Iker Armentia, es posible que azuzar los sentimientos xenófobos que anidan en todos nosotros proporcione algunos votos extra –esa puede ser una de las explicaciones de que Badalona y Vitoria hayan sido de las pocas ciudades grandes en las que el PP no sólo no ha caído en apoyos, sino que ha conseguido aumentarlos–, pero en el caso de no conseguir mayoría absoluta el aislamiento político consiguiente puede llevar a perder la Alcaldía al partido que haya escogido esa vía. El exalcalde José Angel Cuerda lo expresó muy bien cuando denunció las políticas de Maroto: “Siempre habrá gente con prejuicios, pero la tarea de un alcalde debe ser ayudar a superar el rechazo”, es decir, justo lo contrario a lo que ha hecho éste. Sé que no es el único factor que ha propiciado el resultado final en Vitoria, pero creo que es el principal.

3. Desde luego que hay otras razones que explican tanto el éxito –inicial– como el fracaso final de Maroto: es un político hábil y carismático, cercano, se expresa con facilidad –algo no muy común en nuestra clase dirigente–, es un maestro imponiendo su marco conceptual –no hay más que 'youtubear' cualquiera de sus entrevistas– y se ha trabajado mucho la calle –en parte gracias a la Iniciativa Legislativa Popular que impulsó para limitar la Renta de Garantía de Ingresos, algo que le permitió entrar en campaña antes que al resto de los políticos vitorianos–, aparte de ser muy activo en las redes sociales. Alfonso Alonso afirmó que a sus contrincantes les daba miedo que Maroto se convirtiera en el “nuevo Azkuna”; a escala vitoriana, eso podría haber sucedido y, por lo tanto, es legítimo que los otros partidos, que no andan sobrados de figuras con carisma político, hayan querido desplazarlo. Aunque, una vez más, creo que no es el factor más importante para entender por qué ha sucedido lo que ha sucedido.

4. (Lo que no entiendo, sin embargo, es la fama de “buen gestor” que se ha labrado Maroto, y de la que se han hecho eco incluso hasta medios no muy afines al PP. De acuerdo, la estación de autobuses, sufragada por el Gobierno vasco, ha sido finalizada durante su mandato, pero el proyecto ya estaba en marcha, si el alcalde hubiera sido otro se habría terminado igualmente en la pasada legislatura y, en todo caso, si la obra se llevó a cabo con Maroto fue gracias a un pacto con EH Bildu, algo que suele olvidarse. En todo lo demás –locales de San Antonio, tortillagate, deuda municipal, gestión del suelo, Iradier Arena, Krea, ansias privatizadoras…– no ha resultado especialmente brillante, más bien al contrario. Con lo que volvemos al punto anterior: si ha conseguido transmitir esa imagen de buena gestión es gracias al eficaz trabajo mediático que han llevado a cabo él y su equipo, y porque sus contrincantes políticos no han estado a la altura).

5. De hecho Gorka Urtaran no parece lo que se dice un político carismático: el silencio público que guardó desde que cosechó sus pobres resultados el 24 de mayo hasta su elección como alcalde el 13 de junio, sin ir más lejos, no dice mucho sobre su dinamismo político o su independencia respecto al aparato de su partido. Aunque, visto lo visto, quizá nos convenga un alcalde con menos personalidad, después del exceso de la misma que hemos sufrido durante estos últimos cuatro años…

6. De la actuación del grupo municipal del PSE-EE, con Peio López de Munain al frente, durante la sesión de investidura, a resultas del incidente de Andoain y el cambio del voto ordenado a última hora por Idoia Mendia, mejor ni hablamos.

7. Sí me ha sorprendido, positivamente, la actitud de Sumando-Hemen Gaude, Irabazi y su concejal Óscar Fernández Martín y, sobre todo, del grupo municipal de EH Bildu, encabezado por Miren Larrión. Quienes me conocen saben que Sortu, el socio principal de la coalición, no es una agrupación política que despierte en mí mucha confianza: la historia pesa mucho, como tiene que ser. Pero creo que la generosidad y la amplitud de miras que ha mostrado, renunciando a lo que le correspondía por haber quedado en segunda posición y buscando el consenso entre las fuerzas políticas que ya durante la última parte de la legislatura habían mostrado su rechazo a la deriva de las políticas discriminatorias de Maroto, es digna de elogio, por lo menos desde el punto de vista de los movimientos que han trabajado a favor de una política social más inclusiva. Creo que –siempre desde la prevención que siento hacia el actual sistema de partidos, y aunque el alcalde haya resultado ser el candidato del PNV– lo ocurrido podría ser, de cara al futuro, y siendo muy optimista, una buena señal para las gentes que nos reclamamos de izquierdas en Vitoria. Por fortuna, las urnas y los despachos no son los únicos espacios en los que se puede hacer política.

8. Y aquí es donde yo creo que hay que introducir el elemento que marca la diferencia, y que explica, en parte, la excepcionalidad de la situación vitoriana: un movimiento como Gora Gasteiz, que hace una apuesta por otro tipo de ciudad, en clave positiva e inclusiva, pero que sin duda surge del rechazo a las declaraciones y las iniciativas promovidas de manera irresponsable desde el poder municipal. La campaña, que culminó en la fiesta del pasado 18 de abril, fue, en mi opinión, modélica, hizo hincapié en los aspectos más sociales y económicos de un modelo de solidaridad urbana al que Vitoria aspira idealmente al menos desde la época de la Transición, y aunó –creo que este fue uno de sus mayores éxitos– a fuerzas políticas y sectores muy diversos de la sociedad vitoriana. Sin esa presión previa no creo que el final de la historia hubiese sido el mismo: el PNV habría estado más cómodo, de eso no me cabe la menor duda, cediendo la alcaldía a la lista más votada a cambio de una legislatura más tranquila en la Diputación de Álava –y, de hecho, todas las señales provenientes del EBB y los medios de comunicación afines al 'Viejo Partido', como Deia, apuntaban a esa solución–. Lo mismo puede decirse, de una u otra manera, del resto de las formaciones –como han demostrado los vaivenes de última hora del PSE-EE, sin ir más lejos, o la decisión primera de Irabazi de votarse a sí misma, que, afortunadamente, cambió a última hora, ante la posibilidad de que Maroto volviese a repetir como alcalde gracias a la abstención del PSE–. Si el PNV ha optado por la solución más difícil –un gobierno en minoría, unos pactos de investidura inexplicables fuera del contexto vitoriano…– ha sido por no quedar en evidencia ante unas bases y unos votantes que, ante el aumento de la crispación provocado por las declaraciones y las acciones del exalcalde, les reclamaban medidas excepcionales. Luego estarán, claro está, las aspiraciones particulares de cada partido, los juegos de salón y de pasillo, los intercambios de cromos. Pero sin el factor de la movilización social que he mencionado no puede entenderse lo que ha sucedido estas últimas semanas en Vitoria.

9. Creo que Javier Maroto, tras su victoria pírrica en las elecciones, se dio cuenta de lo solo que estaba, de las dificultades que iba a tener para mantener la Alcaldía, y de ahí el gesto de presentar su “compromiso ético”, gesto que a mí –y no creo que fuera el único– me pareció una señal positiva, aunque en ningún modo suficiente. Un compromiso así, “sin rectificar” ni pedir perdón a los colectivos de inmigrantes contra los que lanzó repetidamente graves acusaciones, y sin querer retirar el apoyo a la ILP para endurecer la RGI no resultaba muy creíble; de hecho, significativamente, se ofreció por primera vez para tener una reunión, no bien fuera nombrado alcalde, con Gora Gasteiz, movimiento al que había ninguneado –cuando no menospreciado– hasta la fecha. Las cosas podrían haberle ido de otra manera si hubiera arriesgado más, es decir, si se hubiera comportado por una vez como reclamaba Cuerda, como un alcalde que ayudara a superar la exclusión y el rechazo, y no, al contrario, como un pirómano. ¿Habría sido posible? En un universo paralelo, quizá; en el nuestro, seguramente, no: Maroto había quemado sus naves, no una, sino varias veces.

10. Ahora queda ver si el cambio de gobierno ayuda a provocar una mutación cultural en nuestra ciudadcultural –por decirlo de alguna manera– y nos va alejando del peligro de hacer un uso demagógico, de consecuencias imprevisibles, del tema de la inmigración y los derechos sociales, tal y como reclama Imanol Zubero. Quizá sea demasiado tarde ya. Yo quiero creer que ayudará, que todos –no sólo el PP y Javier Maroto– habremos aprendido algo de esto y que Vitoria empezará a perder el estigma que, desgraciadamente, se le ha impuesto tantas veces en estos últimos meses. Y que la crispación –que no es cosa de esta última semana ni mucho menos– irá dando paso a un clima político más sano y más calmado. Lo necesitamos.

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