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Julio César Galán: el escritor que escribe desde el envés del mundo

El escritor, en una imagen de su archivo personal
2 de enero de 2026 19:21 h

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En la literatura española contemporánea hay autores que ensanchan los géneros, otros que profundizan en ellos, y unos pocos que los desbordan hasta convertirlos en un territorio nuevo. Julio César Galán (Cáceres, 1978) pertenece a este último grupo. Poeta, ensayista, dramaturgo y teórico, su obra no se limita a producir textos: los interroga, los fractura y los expone como procesos vivos. La escritura, en su caso, no es un resultado cerrado, sino un laboratorio permanente desde el que se cuestionan el lenguaje, la memoria, el cuerpo, las formas de representación y la propia noción de autoría. Y así será también la novela que está a punto de ser publicada.

Profesor contratado doctor en la Universidad de Extremadura, formado entre Cáceres, Argel y las Islas Baleares, Galán ha levantado una obra vasta, fragmentaria y luminosa que se despliega tanto bajo su propio nombre como a través de una constelación de heterónimos —Óscar de la Torre, Luis Yarza, Pablo Gaudet, Jimena Alba y su hermano Horacio Alba, que publicará próximamente la novela La ciudad de la Nada—. No funcionan como simples máscaras, sino como auténticas operaciones poéticas diferenciadas: otras respiraciones del lenguaje, otros ritmos y modos de mirar que cuestionan la idea de un yo único y estable. Desde ese lugar, su escritura nace siempre de una pregunta insistente por la identidad y sus fronteras, por las grietas de la percepción y por esos gestos mínimos en los que lo real se revela como un misterio cotidiano.

Uno de los libros que mejor condensa esta idea poética escrito en prosa es Nomadeo argelino, una obra fronteriza nacida de los dos años que Galán vivió en Argel entre 2010 y 2012, donde trabajó como lector de español en la universidad y colaborador del Instituto Cervantes. El libro no se limita a reconstruir un territorio físico —la ciudad blanca, la costa magrebí, las montañas de Aurés, los desiertos del sur—, sino que levanta un mapa emocional atravesado por la extranjería, la nostalgia, la enfermedad, los recuerdos de infancia, las ruinas bizantinas y las voces de amigos argelinos y españoles que lo acompañaron durante ese tránsito vital.

Nomadeo argelino se articula como un mosaico de fragmentos que rehúyen la linealidad para reproducir el modo en que la memoria regresa: de forma discontinua, contradictoria, vibrante. Argel no aparece como un decorado exótico, sino como un personaje que respira, observa y dialoga con el autor. La prosa, a ratos hipnótica, cercana al surrealismo en otros momentos, a ratos confesional y quebrada, convierte el viaje en una forma de autoconocimiento. En sus páginas conviven descripciones de fuerte potencia visual, pasajes oníricos, reflexiones sobre la vulnerabilidad y la madurez, y un subtexto político que atraviesa el libro con firmeza contenida: la España del 15-M, la crisis económica y el desgaste de un país que se fracturaba mientras el autor aprendía a vivir entre dos mundos.

Más allá de este libro, la obra de Galán puede leerse como un proyecto orgánico en constante diálogo consigo mismo. Poemarios como El ocaso de la aurora, Tres veces luz, Márgenes (Premio Villa de Cox), Inclinación al envés, Testigos de la utopía o Un adiós abierto trazan un itinerario en el que lo esencial no es la llegada, sino la búsqueda. El poema, en este universo, nunca concluye del todo: se desplaza, se repliega, se abre hacia los márgenes. El lector entra así en un espacio lleno de pasadizos donde algo siempre está a punto de decirse sin agotarse nunca.

En esta estética del sobresalto se perciben ecos de las vanguardias, del neobarroco latinoamericano, de los lenguajes fragmentarios y de la tradición mística, pero también una intuición radicalmente contemporánea: la conciencia de que el mundo no es unívoco y de que la poesía tampoco puede aspirar a serlo. Los heterónimos refuerzan esta idea al poner en crisis la centralidad del yo y demostrar que la identidad poética es, también, una construcción ficcional. Escribir se convierte entonces en un gesto de deshacerse para volver a empezar.

Esta concepción se hace explícita en la reflexión teórica que Galán desarrolla en torno a la llamada poesía especular. En sus conversaciones y ensayos, defiende una práctica poética que desestabiliza las genealogías tradicionales, erosiona la noción de autoría y desplaza el foco desde el poema acabado hacia la trama viva del proceso. Frente a la poesía de la experiencia y la poesía del lenguaje, la poesía especular se plantea como una cuarta vía que reivindica la datación, los restos, las versiones, los errores y el trabajo previo como zonas de sentido tan relevantes como el texto definitivo.

Las afinidades que el propio Galán reconoce, Chantal Maillard, Francisco Pino, Héctor Viel Temperley, no operan como influencias miméticas, sino como resonancias profundas. De Maillard recoge la desactivación del yo y una introspección impersonal de raíz ética; de Pino, la dinamita contra la estructura cerrada del poema y la conversión de la carencia y la interrupción en formas de conocimiento; de Viel Temperley, la disolución de la identidad autoral en una cadena de voces que se reescriben y se contagian. Desde ese marco se entiende su rechazo a un vanguardismo reducido a gesto vacío o maquillaje formal: la ruptura, sostiene, solo tiene sentido cuando dialoga con una tradición que se sigue interrogando a sí misma.

De fondo late una mirada crítica al ecosistema cultural contemporáneo, donde la mercantilización de la poesía ha generado dinámicas de favoritismo, reconocimientos estratégicos y mafias literarias que priorizan la visibilidad frente a la complejidad. Un sistema que relega las escrituras que exigen un lector activo y que no se consumen de un vistazo. Frente a ese panorama, el proyecto de Galán se articula en varias capas: el non finito como resistencia a la clausura del sentido; la poética especular como examen del yo a través del espejo del lenguaje; la intrapoesía como exploración radical de la materialidad verbal; y la poesía de la otredad como asunción de que toda voz es siempre coral, hecha de heterónimos, lecturas, vínculos y memorias.

Este entramado cristaliza también en la reciente antología Poesía especular, que reúne una selección de textos centrados en esa estética de lo procesual, de la rotura textual, de la anteescritura y la escritura entendidas como rizoma y palimpsesto. Un espejo roto y reconstruido en el que el lector se encuentra con una transgresión constante de los límites del poema y con una datación vitalista del proceso versal. Aquí, quien lee deja de ser un receptor pasivo para convertirse en una figura esencial, un auténtico cocreador del sentido.

Autoretratos sin cuerpo presente

En su libro Autoretratos sin cuerpo presente vuelve a hacer una impugnación del yo estable. Galán trabaja el autorretrato no como afirmación identitaria, sino como resto, huella o reflejo desplazado. El sujeto no comparece de forma plena: aparece descentrado, fragmentado, mediado por el lenguaje. El “cuerpo ausente” no es una carencia, sino una toma de posición estética y ética frente a la tradición confesional. Diríamos 'más de lo mismo', pero no, es 'más de lo suyo'.

Y en breve saldrá a la luz Agora é Aquí, poesía 2007-2018, en portugués, después de ver otros de sus libros traducidos al inglés, italiano, francés, checo, griego y árabe.

Espacio de revelación

En los últimos años, Galán ha ampliado su campo de trabajo hacia la crítica literaria, los estudios de estética contemporánea, la dramaturgia y la traducción de proverbios árabes, además de su participación en festivales literarios y congresos en el continente americano donde desarrolla y explica su teoría poética. Su aportación a la literatura iberoamericana no se mide solo por la suma de sus libros, sino por su capacidad para renovar la manera en que entendemos el acto poético. En un tiempo marcado por la prisa y la simplificación del lenguaje, su obra insiste en la poesía como espacio de resistencia y revelación: un lugar para detenerse, escuchar lo que no se dice y mirar, con atención radical, el envés de las cosas, sin robarle un ápice de belleza, al contrario, viendo en ella la prolongación de una verdad más honda, aquella que solo aparece cuando el lenguaje se despoja de artificios y vuelve a ser un gesto de lucidez. En esa fidelidad a lo esencial, a lo que permanece incluso cuando todo parece desvanecerse, reside la fuerza de su propuesta literaria, una invitación a recuperar la intensidad de la mirada y a reconciliarnos con la complejidad del mundo sin renunciar a su misterio.

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