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Kafka en la línea de tren Madrid-Cáceres: historia de un destino truncado

El tío de Kafka, Alfredo Loewy, un ferroviario de la línea Madrid-Cáceres

Sandra Moreno Quintanilla

6 de enero de 2026 10:55 h

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Franz Kafka estudió español, pidió ayuda laboral para trabajar en España, consultó horarios de medios de transportes y llegó a plantearse mudarse a este país. En ese proyecto vital tan deseado, la ruta ferroviaria que podía traerle hasta Cáceres, la que su tío gestionaba desde Madrid, fue una posibilidad real pero nunca cumplida. Un viaje imaginado que hoy reemerge al contemplar el retrato del tío ferroviario en su museo de Praga. Y es que, para cualquier extremeña o extremeño, basta entrar en el Museo Kafka y ver en un cartel la palabra Cáceres para que salten todas las alarmas: una mezcla de sorpresa, orgullo y esa punzada íntima de reconocimiento que solo provoca escuchar el nombre de tu tierra lejos de casa.

Y es que en el Museo Kafka de Praga, entre manuscritos, diarios y fotografías de infancia, hay una imagen que no pertenece a la iconografía habitual del escritor. Es el retrato de Alfredo Loewy, su tío materno. Con una figura elegante y segura, contrasta con la fragilidad que solemos asociar a su sobrino, el escritor de La Metamorfosis. Y, sin embargo, Loewy es una de las claves para entender una de las rutas biográficas más sugerentes, y menos transitadas de Kafka: la que conduce, de forma oblicua y fascinante, a Extremadura.

Alfred Loewy, nacido en 1852 en Praga, dejó su ciudad natal muy joven. Tras pasar por París, recaló en Madrid, donde se convirtió en un nombre respetado del mundo ferroviario. Fue director de la Compañía de Madrid a Cáceres y Portugal y del Oeste de España, una red estratégica que conectaba la capital con el oeste peninsular y que marcó decisivamente su vida. Vivía en la calle Mayor, 28; frecuentaba el Lhardy y el Café de Fornos; se movía con soltura por los teatros. Era, en definitiva, un madrileño adoptado por la modernidad del ferrocarril.

Kafka lo llamaba “mi tío de Madrid”. Y en un entorno familiar atravesado por tensiones, autoritarismos y silencios, en especial de su padre, aquel tío exótico, cosmopolita y bien situado se convirtió en símbolo de algo así como una vida posible.

A partir de 1907, las cartas de Kafka empiezan a dibujar un horizonte español. En agosto de ese año, escribió a su amigo y editor Max Brod: “Aprenderé castellano… mi tío debería conseguirnos un empleo en España”.

Lo intentó: estudió español, pidió datos sobre el clima, preguntó por condiciones laborales y tanteó la posibilidad de viajar. Entre 1907 y 1913, y más tarde, entre 1916 y 1917, cuando la tuberculosis ya empezaba a erosionarle, su deseo de trasladarse al sur de Europa se intensificó. No solo buscaba oportunidades: buscaba respirar. Sin metáforas.

Texto que acompaña al cuadro del hermano de la madre del escritor checo

Alfred Löwy (1852–1923)

Tío de Kafka desde España. Löwy era el jefe de una compañía ferroviaria que operaba en España en la línea Madrid–Cáceres. El joven Kafka le preguntó a su tío si podía “guiarme a algún lugar donde —por fin— pudiera empezar de nuevo y hacer algo”. Y aunque no encontró para su sobrino un lugar así en el extranjero, al menos sus contactos fueron fundamentales para conseguirle un trabajo en Assicurazioni Generali en Praga.

Madrid–Cáceres–Portugal

En ese imaginario de vida futura de Kafka, Madrid era la puerta, pero la ruta que operaba Loewy pasaba, inevitablemente, por Cáceres. La línea Madrid–Cáceres–Portugal era el territorio profesional de su tío, la red que controlaba, el lugar donde el sobrino podía haber encontrado una ocasión tanto para el descanso como para el trabajo y con un clima más benigno del que sufrían en el entonces Imperio austrohúngaro. No existe constancia documental de que Kafka comprase un billete o fijara fecha. Pero las cartas muestran que el proyecto existió: preguntó, lo deseó y lo imaginó con tenacidad.

Un detalle añade un matiz íntimo a esta historia. En 1912, tras contar por carta a su tío su noviazgo con Felice Bauer, Kafka escribe que ve semejanzas evidentes entre su misiva y el relato La condena. Allí, el protagonista escribe a un amigo lejano —como él acababa de escribir a Loewy—. Kafka reconoce que, bajo el texto, laten rasgos del tío: soltero, viajado, director de ferrocarriles en Madrid.

Aquel tío real fue, sin quererlo, también un personaje literario. Pero Loewy no quiso traerlo a vivir a España. Quizá por prudencia, quizá por comodidad, quizá por esa mezcla de distancia y afecto que marcó su relación. En lugar de abrirle las puertas de Madrid, le consiguió un empleo en Assicurazioni Generali… en Praga. Un trabajo seguro, burocrático, estable. Y así el escritor volvió a la rutina que tanto deseaba dejar atrás.

La muerte de Alfredo Loewy en 1923, con el féretro llevado a hombros por ferroviarios hasta el cementerio de Santa María en Carabanchel, selló definitivamente cualquier posibilidad. Kafka moriría un año después por tuberculosis. Ninguno de los dos llegó a imaginar que, décadas más tarde, alguien vería en su retrato —en un museo junto al Moldava— una pista que conducía a Extremadura a uno de los mejores escritores de la historia de la literatura.

Y, sin embargo, ahí está: un tío ferroviario en Madrid; un sobrino que aprende español; una línea que pasa por Cáceres; un deseo que siempre se retrasa.

Quizá ese sea el sentido último de esta historia: Cáceres es, para Kafka, el nombre de un tren que pudo traerlo hasta estas tierras pero que nunca llegó. Un tren que, como tantos en la región, llegaba tarde incluso antes de ponerse en marcha.

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