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El día que EEUU pudo hacer algo sobre las armas y falló

Un tribunal de EE.UU. abre la puerta a denunciar a un fabricante de armas por un tiroteo

Carlos Hernández-Echevarría

Quedaban solo diez días para Nochebuena cuando, a las nueve y media de la mañana, Adam Lanza disparó contra una ventana y se coló en la escuela de primaria de Sandy Hook, en Connecticut. Llevaba un rifle semiautomático y dos pistolas que su madre, a la que había asesinado esa misma mañana, había comprado legalmente. Para cuando Lanza, de 20 años, se quitó la vida, ya había matado a 20 niños de entre siete y ocho años y a varios profesores y terapeutas.

En la Casa Blanca la decoración navideña ya lo llenaba todo. Obama había sido reelegido apenas un mes antes y aún había un cierto aire de euforia en el ambiente. Hay una foto del momento justo en que el director de la CIA le comunica al presidente la tragedia. Obama decide hablar por televisión esa misma noche, pero está poco claro qué va a decir: el presidente había esquivado hábilmente el polvorín político del control de armas durante todo su mandato. Se habían sucedido las matanzas y hasta una congresista demócrata había recibido un disparo en la cabeza durante un acto público el año anterior, pero nada se había hecho desde la Casa Blanca. Aún seguía presente el recuerdo de la debacle electoral demócrata en 1994 cuando Bill Clinton se enfrentó al lobby de las armas.

Sin embargo, aquel día algo parecía diferente: la poderosísima imagen de 20 niños muertos a tiros en un idílico pueblecito a hora y media de Nueva York, justo antes de Navidad. Una tragedia que desmontaba cualquier sentimiento de seguridad que algún estadounidense pudiera tener: eran niños, eran blancos, en un “buen colegio” de un “buen barrio”... Obama pidió a los asesores que le escribían los discursos un borrador y se lo devolvió con una petición: “que la Asociación Nacional del Rifle sepa que vamos a por ellos”. Años después, definiría el 14 de diciembre de 2012 como el peor día de su presidencia.

La batalla política

Aquella noche, el presidente Obama derramó una lágrima frente a las cámaras y llamó a los estadounidenses a “unirnos y actuar de forma significativa para prevenir más tragedias como esta, independientemente de la política”. Sin embargo, la batalla iba a ser política. Los partidarios del control de armas quisieron ser realistas y propusieron solamente medidas que contaran con un abrumador apoyo popular: un examen de antecedentes obligatorio para cualquier comprador y la prohibición de ciertos fusiles de estilo militar. Parecía cosa hecha.

La Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización con gran influencia política en general y particularmente abrumadora en el Partido Republicano, entró en acción. Tras la matanza guardó silencio durante exactamente una semana e incluso bloqueó el acceso a sus redes sociales, pero regresó por todo lo alto. En una rueda de prensa, la organización culpó a la prensa y a los videojuegos por inspirar a los asesinos, pero también ofreció su propia solución: guardias armados en todos los colegios. “Lo único que detiene a un tipo malo con un arma es un tipo bueno con un arma”. Por supuesto, se opusieron a cualquier cambio legal que hiciera más difícil comprar un arma.

Solo cinco meses después de la tragedia, se produjo en palabras del presidente Obama “un día muy vergonzoso para Washington”. Con los padres de los niños muertos presentes en la tribuna de invitados, el Senado bloqueó las tímidas medidas de control de armas propuestas tras la matanza. La NRA, que había amenazado a muchos legisladores con retirarles su apoyo, triunfó una vez más. Cinco meses después el trauma nacional había disminuido y la realidad política volvía a su cauce.

El activismo que nació en Sandy Hook

Nada bueno puede surgir de una matanza como la de los niños de Sandy Hook. Sus familias siguen sufriendo cada día y además han tenido que padecer el acoso aberrante de la extrema derecha conspiranoica que los acusa de ser “actores” al servicio del gobierno, porque alguno todavía argumenta que la matanza fue un simulacro que no sucedió. Sin embargo, sería absurdo no señalar que si Sandy Hook no fue el punto de inflexión en el control de armas que se esperaba, sí que ha supuesto un antes y un después en el activismo político a favor de la regulación. 

El día después de la tragedia, una ama de casa con cinco hijos fundó Moms Demand Action (Mamás Exigen Acción), una organización para endurecer las leyes de control de armas que junto a Everytown for Gun Safety (Todas las ciudades por la seguridad frente a las armas) ya ha alcanzado los 6 millones de miembros. Han conseguido tener más socios que la Asociación Nacional del Rifle, pero todavía andan lejos de la influencia política que ha cultivado durante décadas el lobby de las armas. Con el apoyo financiero de millonarios como Michael Bloomberg, hoy candidato demócrata a la presidencia, están intentando replicar el éxito activista de la NRA, pero en sentido contrario. 

Everytown estuvo, por ejemplo, al lado de los estudiantes que sobrevivieron a la matanza del instituto de Parkland para ayudarles a organizar (y a pagar) la multitudinaria March For Our Lives (Marcha por nuestras vidas) que recorrió Washington en defensa de la regulación de las armas el año pasado. Como ha hecho siempre la NRA, ahora el lobby del control de armas busca extenderse y hacer avanzar su agenda en los parlamentos estatales a la espera de un momento propicio para impulsar una reforma legal a nivel nacional. Hay un dato muy revelador: en las elecciones legislativas del año pasado y por primera vez desde que se recuerda, las organizaciones favorables a la regulación de las armas gastaron más dinero que la NRA. La lucha sigue.

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