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EN PRIMERA PERSONA

Irán, entre la corona y el turbante: el momento en que fui revolucionaria y mis 47 años de lucha contra la teocracia

Imagen de las protestas en Irán de 1978
11 de febrero de 2026 22:57 h

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El 1 de abril de 1979 (12 de Farvardín de 1358, según el calendario iraní), exactamente un mes y 20 días después de la Revolución de Irán, fue el día en que me di cuenta de que mi parte de la revolución se había terminado, se había agotado. Tenía siete años y la sensación de la victoria de la revolución se entrelazaba con el cierre de las escuelas y el aroma de la primavera y los brotes; con mi falda plisada azul marino, sentía una sensación de liberación y bienestar. Insistía en que fuéramos a votar como los demás; me gustaba el “juego de la revolución”.

—¿Te gustaría usar el chador (hijab)? —preguntó mi padre.

— No... Bueno, entonces votaremos 'no' a la República Islámica —contesté.

—¿Por qué solo República Islámica, sí o no? ¿Qué pasa con el resto de las ideologías? ¿Qué hay de aquellos que quieren una república secular o de las demás personas y sus creencias? —Mi padre dijo que este mismo tipo de referéndum demostraba que el funeral de la revolución ya se había oficiado— Nos robaron la revolución.

Para mi mente de siete años era difícil entender cómo el ayatolá Jomeini, que hasta hacía solo dos meses era el líder de la revolución, se había convertido ahora en un “ladrón” y en objeto de odio para una parte de los revolucionarios. Desde aquel día, nuestra parte de la revolución terminó y se transformó en los insultos que mi padre y sus amigos lanzaban al televisor. Una vez, mi padre le arrojó una zapatilla y mi madre le dejó de hablar durante una semana.

Yo intentaba comprender la relación entre la rabia de mi padre y lo que ocurría en la televisión, pero era difícil de entender. Cuando las personas se sentaban frente a la cámara y confesaban sus errores y su condición de espías, ¿qué era exactamente lo que enfurecía a mi padre? Finalmente, la voluntad de mi madre prevaleció y el televisor se apagó por completo.

Estos días en que la gente mira al cielo esperando que los cazas estadounidenses o israelíes vengan en su ayuda, me pregunto: ¿cuál será el papel del pueblo en esta guerra y revolución sangrienta? ¿Otra vez Pahlavi, sí o no?

Cuando mi padre regresaba del trabajo por las tardes, extendía el periódico en el suelo, se cortaba las uñas de las manos y los pies y leía todo el diario. Incluso las esquelas. Luego lo arrugaba y lo tiraba al cubo de la basura. Después se tomaba su pastilla para dormir y se refugiaba en el dormitorio; algunos días no salía de la cama para nada. Sus alumnos venían a casa y resolvían sus problemas en el dormitorio. En la década negra de los 80 (los años 60 en el calendario iraní), la nube negra del sueño y la muerte se apoderó de la casa.

Comenzó la guerra entre Irán e Irak: la ansiedad de la muerte, hacer los deberes a la luz de las velas. Mi tío fue al frente y regresó sin las manos; mi tía fue encarcelada. Todo se volvió negro. Negro, negro, negro.

Estos días en que veo a la gente gritar el nombre de Reza Pahlavi; estos días en que veo que todos dicen que la República Islámica debe irse y que cualquiera que venga será mejor; estos días en que la gente mira al cielo esperando que los cazas estadounidenses o israelíes vengan en su ayuda, me pregunto: ¿cuál será el papel del pueblo en esta guerra y revolución sangrienta? ¿Otra vez Pahlavi, sí o no? ¿Un mes y 20 días de nuestra parte de libertad? ¿Se repite la historia? ¿Reza Shah II, sí o no?

Cuando la elección se reduce entre uno mismo y la nada, de la urna solo saldrá uno mismo. Cualquier cosa es más que cero. ¿Es el destino de mi pueblo fluctuar constantemente entre el Shah y el Mulá, oscilando como un péndulo del abrazo de uno al refugio en el otro?

Jomeini bajando del avión chárter de Air France a su llegada a Teherán.

Miro a mis países vecinos: Afganistán con sus talibanes, Pakistán con su bomba atómica, India con su corrupción, Irak con sus golpes de Estado y dictadores, la Siria del ISIS y las matanzas de kurdos y armenios en Turquía. ¿Realmente tiene Irán el potencial y la capacidad de escapar de su destino geopolítico? En los equilibrios de poder, ¿qué tipo de Irán toleran los países vecinos?

A veces vestimos al Shah con la Farrah-e Izadi (gloria divina). Luego nos revolucionamos y bajamos esa gloria divina sobre el turbante del clérigo.

Y ahora, vuelvo a empezar... Tengo 54 años; viví siete años bajo el sistema monárquico y 47 largos años bajo el sistema de los clérigos. Sin duda, odio el sistema teocrático de la República Islámica. Como adolescente, fui detenida muchas veces por no llevar el hiyab, lloré y firmé compromisos. Mis amigos fueron detenidos y azotados por beber alcohol. Fui detenida por caminar por la calle con un novio.

Nuestra generación ha luchado por los mínimos de una vida normal. 47 años de lucha del pueblo contra la teocracia, contra un gobierno que ha sentado la mano de Dios en el trono del poder y que avanza sin frenos. Quiere la bomba atómica. Alimenta a fuerzas afines en la región. Incluso parte de la izquierda europea ya está confundida... Si Israel es malo, Irán es bueno. Entonces, ¿los iraníes que quieren a Israel son malos? ¿El amigo de mi enemigo es mi amigo? ¿O el enemigo de mi amigo es mi enemigo?

Tenía nueve años cuando la directora de la escuela vino a la clase y ordenó que todas usaran hiyab porque un fotógrafo quería tomarnos una foto. Yo no tenía pañuelo; me senté e intenté hacerme pequeña, pequeña e invisible, para que nadie se diera cuenta de que yo era la única sin hiyab entre esas 40 personas. De milagro, me volví invisible. Mi padre enmarcó aquella foto como señal de que su hija era una “luchadora” y la puso sobre su escritorio.

Ojalá esta generación, que hace cualquier cosa por sobrevivir, recuerde que debe ser exigente. Debe reclamar su parte del poder. Ojalá estos 47 años sean una luz en su camino y no la hayan vuelto tan estúpida y abyecta como para poner el pájaro de la fortuna sobre los hombros del Shah y del Mulá. El poder está sobre los hombros de los hombres y mujeres que reclaman el derecho a una vida normal

Un mes después, fui reprendida por llevar el libro La pequeña estrella roja en mi mochila. Mi padre se rio a carcajadas y dijo: “Es culpa tuya, te dije que era peligroso”. Tenía razón. Era mi culpa. Había visto a mi padre y a mis tíos llevar sacos y sacos de libros a las afueras de Teherán para quemarlos. Las bibliotecas de todos adelgazaban y adelgazaban. Papá dijo que no vendría a la escuela a interceder por mí. Lloré. Mi padre dijo que si ese libro era tan bueno que quería compartirlo con mis amigos, debería ser capaz de defenderlo.

La historia del libro —que más tarde supe que era el relato de Mazdak [histórico sacerdote reformista del siglo VI]— trataba de un niño que nacía con una pequeña estrella roja en la frente. Para su mala suerte, en ese mismo momento, el intérprete de sueños del Rey decía que el niño que naciese con una estrella roja en la frente llevaría al Rey a la destrucción.

Los soldados buscan, encuentran al niño y lo matan, pero cada vez que matan a un niño, nacen otros 10 con una pequeña estrella roja en la frente. Intenté explicar a la maestra, al prefecto y a la directora por qué ese era un buen libro. No recuerdo qué dije; en cualquier caso, dijera lo que dijese o por mucho que llorara, no sirvió de nada. No quería ser expulsada. Yo no era una luchadora; los luchadores no lloran.

Finalmente, mi madre vino a mi rescate. Mi madre tenía un aspecto taghouti [estilo de vida, moda y cultura asociados con la clase alta y la élite occidentalizada durante el reinado del Shah] y alegó que la niña no tenía juicio y que había cometido un error, y el asunto se zanjó. El aspecto taghouti de mi madre me salvó; no encajaba con la Pequeña estrella roja. Si una madre con zapatillas chinas y un abrigo azul marino hubiera venido a interceder por mí, o un padre con bigotes estalinistas, habría estado perdida. Ya ven, aquí también el clérigo y el Shah eran más inofensivos juntos. Sinceramente, una se pregunta: ¿cómo es posible?

Si mi parte de esta revolución fue también solo aquel mes y 20 días, más adelante podré afirmar que en mis 54 años de vida he probado el sabor de la libertad dos veces. Tres meses y 10 días de libertad en 54 años de vida; he sido libre menos de una centésima parte de mi vida. Pero se puede tener esperanza. Tres meses y 10 días es el tiempo en que el embrión se convierte en feto. Quizás este feto de tres meses pueda crecer y algún día ser un niño pequeño. Quizás esta vez la gente sea más inteligente que la anterior. La gente que ahora hace la revolución está instruida. Todos en Irán tienen una licenciatura. Créanme.

Manifestación por las víctimas de las protestas en Irán, el 20 de enero de 2026 en Florencia, Italia.

Una vez, hace 10 años, pedí a una empresa que enviara a una señora para ayudarme con las tareas del hogar. Vino una chica llamada Mahtab; miró los libros y preguntó: “¿Eres escritora o traductora?”. Me quedé atónita. ¿Por qué no podría ser otra cosa?. Dijo: “Solo los escritores y traductores tienen tantos libros”. Cuando quise ayudarla a limpiar la casa, me lanzó una mirada condescendiente y dijo: “Mira, tengo una licenciatura en Comercio, pero como mi madre está postrada y tengo que pagarle a mi hermano para que la cuide, he venido a trabajar de obrera. Llevo 10 años en esto y conozco mi oficio. Tú ve a sentarte en tu habitación y trabaja; nosotros no pagamos impuestos para que vosotros andéis de vagos”.

Desde aquel día, Mahtab tomó el control de la casa. La limpieza era su especialidad y nosotros, con una visión tecnocrática, le entregamos la casa. Mahtab leía mis relatos y a veces me reñía: “Escribe sobre la vida real”. A veces la obligaba a contarme sus historias. Con una risa decía: “A mi hermano lo despidieron de la empresa; no se lleva bien con mi otro hermano que cuida a mi madre. La semana pasada se pelearon. Mi hermano amenazó con que cuando yo salga de casa, entregará a mi madre a un asilo estatal, a la casa de beneficencia. Lo hace para fastidiarme, para que yo no pueda trabajar”.

¿Pero qué dijo su madre? “No temas, Mahtab. Si quiere entregarme a la beneficencia, tendrá que cargar conmigo; mis manos agarrarán su cuello cuando me saque. Allí mismo, en lo alto de las escaleras, soltaré las manos para caer y morir. Descuida, no puede entregarme a la beneficencia; me lanzaré desde sus hombros y moriré”. Y ella se había reído, y Mahtab se había reído, y yo también me había reído. Me imagino a mí misma como una anciana postrada y, cuando mi hijo quiera llevarme a la beneficencia, reírme a carcajadas y decir: “Lleven mi cadáver a la beneficencia; no pueden enterrarme viva. No lo permitiré”. Y vuelvo a reír a carcajadas.

Tenía nueve años cuando la directora de la escuela vino a la clase y ordenó que todas usaran hiyab porque un fotógrafo quería tomarnos una foto. Yo no tenía pañuelo; me senté e intenté hacerme invisible para que nadie se diera cuenta de que era la única sin hiyab entre esas 40 personas. Mi padre enmarcó aquella foto como señal de que su hija era una "luchadora" y la puso sobre su escritorio

Crecí en los años del terror y el espanto, los años de la inquisición. No deseo en absoluto que mi país caiga de nuevo en manos de personas así. Supongamos que han cambiado el turbante por la corona.

Tenía 10 años cuando aprobé el examen académico para la escuela de niños superdotados. También debíamos hacer un examen ideológico y luego una entrevista oral. La noche antes de la entrevista, intenté memorizar el nombre de dos o tres mulás y algunos libros islámicos; mi padre me pilló y dijo: “Sé tú misma”.

Al día siguiente, en la entrevista, no dejaba de repetir las palabras de mi padre. En respuesta a la pregunta “¿Qué libros leen tus padres?”, atribuí la palabra Towzih al-Masa'el [título de una obra teológica de Jomeini], que acababa de aprender, a los nombres de todos los clérigos cuyos nombres oía a diario en la televisión e inventé un montón de libros de ficción. Pero cuando me preguntaron: “Si supieras que tus padres son opositores contra el gobierno, ¿los delatarías o no?”, realmente me bloqueé. Es una pregunta pavorosa para una niña de 10 años: tus padres frente a una escuela mejor. Creo que el impacto de esta pregunta fue tan grande que ni siquiera recuerdo qué respuesta di. Desde aquel día, la semilla de un traidor se plantó en mi ser. Incluso pensar en la posibilidad de acceder a una mejor educación a cambio de delatar a tu familia y pensar en la posibilidad de tu propia traición a tus padres... No.

Bueno, nunca fui admitida en aquella escuela. Quizás de mi rechazo pueda concluir que miré a los ojos de los interrogadores y dije: “No... nunca”. O incluso: “No tienen derecho a hacerle esta pregunta a una niña de 10 años; esto es una violación del alma infantil”. No sé qué dije. Ciertamente, a mi mente no se le habrían ocurrido tales cosas. En aquel momento, ¿recordaba las palabras de mi padre? ¿Era “yo misma”? ¿Quién era “yo misma”? Yo, que no puedo recordar qué respuesta di. Quizá por la intensa vergüenza mi memoria ha decidido borrar esa parte oscura de mi alma para que nunca recuerde si “yo misma” era delatora y ambiciosa o compasiva y perdedora.

Después de aquel momento, mi alma se dividió en dos: la niña que por amor a sus padres renunció a la escuela de superdotados y dijo “nunca”, y la otra niña que vendió su alma y dijo “por supuesto”. Sea cual sea de estas dos personas, al menos he considerado estas dos posibilidades. ¿Una educación extraordinaria con un alma diabólica, o una escuela común con un alma luchadora? ¿Qué más da? No sé qué tipo de enfermedades diagnosticaría en mí un psiquiatra infantil. Quizás hallaría en mí todas las enfermedades mentales posibles en un sistema fascista.

Bueno, mi parte de esta revolución —además de aquel feto de tres meses y diez días que espero que crezca— es quizás los años negros de la inquisición. Que no se nos olvide, que se grabe en nuestra frente. Ojalá esta generación, que hace cualquier cosa por sobrevivir, recuerde que debe ser exigente. Debe reclamar su parte del poder. Ojalá estos 47 años sean una luz en su camino, y no la hayan vuelto tan estúpida y abyecta como para poner el homay-e Sa'adat [pájaro de la fortuna, un símbolo mitológico de prosperidad] sobre los hombros del Shah y del Mulá. El pájaro de la fortuna está sobre los hombros de los hombres y mujeres que reclaman el derecho a una vida normal.

Escritora, crítica literaria y guionista iraní, considerada una de las voces más destacadas de la tercera generación de la ficción de su país. Sus obras se caracterizan por una mezcla entre ficción y crítica social, con un enfoque específico sobre las cuestiones de género, las crisis sociales, y los retos de la comunidad queer y de las nuevas generaciones en la sociedad iraní contemporánea. Entre sus obras destacan Don’t Worry (The Feminist Press at CUNY, 2021, también titulada In Case of Emergency). También es autora del relato Lovemaking in the Footness (Hanging Loose Press, 2020), galardonado con el premio literario Houshang Golshiri, y las novelas Tehran Girl (Bompiani, 2020) y Téhéran Trip (La Croisée, 2023). A causa del carácter crítico de sus obras, Mohebali ha estado sometida a presión y vigilancia por parte de las fuerzas de seguridad iranís, que han prohibido la publicación o reedición de sus textos. Desde 2025 reside en Cataluña con el apoyo de la red Artists at Risk.

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