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análisis

Netanyahu rechaza el plan de Trump para Gaza porque necesita seguir en el poder (y en libertad) tras las elecciones de Israel

El primer ministro Benjamín Netanyahu en un acto en Jerusalén, el 5 de agosto de 2026.
12 de agosto de 2026 23:21 h

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Que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no tenía intención alguna de cumplir el acuerdo alcanzado el pasado octubre con Hamás, que establecía un cese de hostilidades, era algo sobradamente conocido. Desde entonces, ha impedido la entrada de ayuda humanitaria en la Franja de Gaza cada vez que lo ha considerado conveniente, obligando a la población palestina a continuos desplazamientos forzosos, a malvivir en precarias tiendas de campaña y a no poder satisfacer sus necesidades más básicas.

Igualmente, ha matado a más de 1.200 palestinos como resultado de sus sistemáticos y prácticamente diarios bombardeos e incursiones terrestres. Y, por supuesto sus fuerzas militares no solo no se han retirado hasta la Línea Amarilla –que ya suponía controlar físicamente más del 50% del territorio total de Gaza–, sino que han ampliado su despliegue hasta llegar al actual 70%.

Un comportamiento que nos deja de paso con la duda sobre la verdadera voluntad del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) para cumplir su parte del acuerdo, aferrado al argumento de que las reiteradas violaciones israelíes han impedido su desarrollo.

Lo que resulta en todo caso llamativo es que el primer ministro israelí haya llegado al punto de mostrar públicamente su rechazo frontal al plan de 15 puntos que la aberrante Junta de Paz, creada y presidida por Donald Trump, dice haber alcanzado con Hamás el pasado julio para su desarme. El mismo que Trump había calificado como “un paso monumental” hacia la paz en la zona.

Como en tantas ocasiones anteriores, cabía esperar que se limitara a repetir su doble juego, alineándose formalmente con su principal aliado –el propio Trump dijo inicialmente que Netanyahu estaba muy feliz con el acuerdo–, al mismo tiempo que, en la práctica, se dedicaría a torpedearlo y a retrasar su implementación sobre el terreno.

Y si, rompiendo su habitual pauta de comportamiento con Washington, ha mostrado abiertamente su oposición a un plan que, en esencia, establece tanto el desarme completo de Hamás como la retirada militar israelí (no de toda la Franja, sino tan solo hasta la citada Línea Amarilla), es básicamente porque quien habló el pasado día 9 de agosto no era el primer ministro de Israel, sino el candidato a las elecciones del próximo 27 de octubre.

No por casualidad esas declaraciones se produjeron al día siguiente de la visita a Israel del almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central del Ejército de Estados Unidos (CENTCOM). Una visita conminatoria que venía acompañada de las filtraciones sobre la aprobación del propio Netanyahu a los planes que sus mandos militares le habían presentado para llevar a cabo (como en Líbano) un proyecto piloto en tres puntos del sur de la Franja en los que un contingente militar internacional (todavía por constituir) sustituiría a las unidades israelíes (redesplegadas a otras posiciones, pero no retiradas de Gaza).

El candidato Netanyahu no solo se juega en las próximas elecciones todo el poder y los privilegios asociados a su cargo sino, mucho más vital personalmente, su libertad. Sin la protección fáctica que le proporciona la jefatura de gobierno sabe que, muy probablemente, acabará en la cárcel como resultado de las tres causas judiciales que el Tribunal Supremo sigue contra él.

En consecuencia, cabe suponer que está dispuesto a emplear todos los medios a su alcance para lograr la victoria en las urnas, incluso aunque eso incluya llevarle la contraria públicamente a quien en tantas ocasiones ha calificado como un amigo personal y el mejor amigo de Israel.

Al hacerlo sabe que pone al propio Trump en una situación muy complicada porque, también en clave electoral, al inquilino de la Casa Blanca se le agota el tiempo para salir del barrizal en el que se ha ido metiendo en Oriente Medio con una fracasada estrategia bélica contra Irán y sin autoridad real para imponer su dictado ni en Líbano ni en Palestina. Trump necesita imperiosamente romper la dinámica que ya vaticina una pérdida de la mayoría republicana en el Congreso de EEUU y, para ello, le urge presentar algún resultado positivo a sus potenciales votantes.

Pero, aun así, Netanyahu calcula que no puede actuar de otro modo. Por un lado, trata de evitar una rebelión dentro del gabinete ministerial –con personajes tan execrables como Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich apostando por medidas aún más radicales contra los palestinos– y de garantizarse su apoyo en la conformación de un nuevo gobierno tras las elecciones. Por otro, busca evitar que sus rivales –todos ellos tanto o más duros que él mismo en relación con los palestinos– puedan explotar cualquier mínima cesión ante Washington y, sobre todo, ante Hamás.

Por todo ello, mientras impide que los miembros del Comité Nacional Palestino para la Administración de Gaza (instancia tecnócrata palestina creada por la Junta de Paz) pueda pisar la Franja, solo cabe esperar que, como ya lleva haciendo desde hace años, siga apostando por la violencia como su principal arma electoral.

Sabe, en definitiva, que seguirá contando con el respaldo de Trump, la impotencia de la ONU y la pasividad y complicidad de muchos gobiernos que, olvidando tanto el Derecho Internacional como los derechos humanos y las más elementales normas éticas y morales, no están dispuestos a significarse por defender una causa que, en el fondo, consideran totalmente perdida.

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