Más allá del eslogan
Que vivimos tiempos extraños no se nos escapa a nadie. La realidad que nos rodea nos atropella y a veces no tenemos tiempo para analizar qué ha pasado. Tampoco podemos tomarnos el tiempo necesario para desarrollar análisis detenidos sobre la situación local, regional, estatal o internacional. Esto para una historiadora es especialmente duro: en nuestra profesión estamos acostumbrados a las reflexiones complejas, a cotejar múltiples fuentes y a aplicar distintos puntos de vista antes de lanzarnos a afirmar algo con cierta seguridad. ¿Se imaginan lo difícil que resulta intentar hacer esto con la época en la que nos ha tocado vivir cuando lo que prima es el exabrupto, la consigna?
Nos gusta decir que estudiar Historia sirve, entre otras cosas, para desarrollar la capacidad del pensamiento crítico. Y es cierto: la necesidad del análisis complejo que requiere la investigación histórica solo pude cubrirse si hemos desarrollado esta capacidad. Sin embargo, es tan difícil hacerlo que a veces tendemos a encerrarnos en nuestro tema de investigación y a salir de ahí lo mínimo posible. Es nuestra zona de confort.
Sin embargo, cuando los hechos recientes nos atropellan como un tren a toda velocidad, seguimos intentando que el pensamiento complejo prevalezca. A eso es a lo que he venido hoy: a intentar añadir información que, aunque está ahí, estamos pasando por alto como sociedad en favor del slogan rápido y, en ocasiones, sin fundamento. Es cierto que este espacio en el que escribo nació con la intención de hablar sobre historia de La Rioja e Historia de las Mujeres como temas centrales. Pero para poder hacer esto a veces hay que mirar más allá de nuestras fronteras. Ya lo hice cuando intenté contar la Historia de Technion, y hoy intentaré hacerlo con la situación actual de Venezuela.
Más allá del argumento que está en boca de políticas, periodistas y cientos de perfiles de redes sociales sobre lo bueno que es que caiga un dictador, la situación en conjunto no es nada halagüeña. Esté de acuerdo o no, te guste o no el régimen que hasta hace nada encabezaba Maduro, la intervención de Estados Unidos en el país, bombardeo y secuestro del jefe del Estado mediante, responde a un regreso a ideas propias del siglo XIX y de las etapas más convulsas del XX. Me refiero, como estoy segura de que saben, a la Doctrina Monroe, política exterior de EE. UU. que advertía a las potencias europeas no colonizar ni intervenir en América, a cambio de que EE. UU. no se involucrara en asuntos europeos.
Lo que empezó siendo una política defensiva ante una Europa que perdió su dominio colonial sobre el continente acabó convirtiéndose con el tiempo en el argumentario que permitió a Estados Unidos justificar sus distintas intervenciones en América Latina. Theodore Roosevelt amplió la doctrina para permitir la intromisión del país de la libertad si las naciones no se comportaban, previniendo la intervención europea, lo que la convirtió en una herramienta de hegemonía. De ahí las injerencias que durante el resto del siglo, especialmente en su segunda mitad, en el marco de la lucha contra el Comunismo o cualquier cosa que se le pareciera, desarrolló en Cuba, República Dominicana, Haití, Nicaragua, Panamá, Guatemala, Chile, Brasil o Bolivia.
Recientemente Donald Trump, el presidente del que se espera que reestablezca la Democracia pero que alentó el asalto al Capitolio cuando perdió las elecciones, que es capaz de recortar derechos a las estadounidenses sin pestañear y que capitanea una política atroz contra las personas migrantes, ha recuperado esta doctrina. No es que su intención sea volver a 1823, sino más bien busca actualizarla. Nace así la “Doctrina Donroe”, un graciosísimo juego de palabras entre “Donald” y “Monroe”. Este es el fundamento para la intervención en Venezuela.
Lo más divertido es que, en esta ocasión, ni siquiera ha intentado maquillar el asunto. Ha dicho claramente al mundo que el cimiento de este ataque a la soberanía nacional venezolana es el acceso al petróleo, que será Estados Unidos quien tutele la “transición” del país, y que no prevén convocar elecciones a corto plazo. Tampoco prevén dejar el gobierno en manos de la oposición venezolana. Simple y llanamente, se han hecho con el control del Estado. Puede incluso que con apoyo interno, o puede que no.
Estos hechos están sembrando un precedente muy peligroso: es posible intervenir en un tercer país por la fuerza, descabezar el Estado y convertirlo en un títere que quedará en tus manos el tiempo que tú consideres oportuno. Y ante esto, la Comunidad Internacional se mantiene en un limbo en el que parece no tener muy claro cómo actuar. El Derecho Internacional parece que ya no sirve (algo que ya estábamos teniendo claro con el caso del genocidio en Palestina), las organizaciones internacionales están atadas de pies y manos ante una agresión como esta. Todo ello sin saber muy bien qué pasará cuando el país agredido sea otro. Porque si no lo detenemos ahora, cualquiera está en peligro.
Y, mientras todo esto sucede, la ciudadanía se enzarza en discusiones basadas en “es bueno que caiga un dictador, sea como sea la caída”, “mejor eso que el comunismo”, “no tenéis ni idea” o “los comunistas/rojos recibís paguitas y por eso habláis así”. Por cierto, esta última me encanta, ya que también aplica cambiando comunista o rojo por feminista. Claro, cada vez que la escucho pienso que alguien se está quedando con mi “paguita” y me da mucha rabia…
Al margen del chascarrillo, me preocupa que esta sea la respuesta de buena parte de la sociedad ante lo que se perfila como una amenaza para el mundo entero. Como decía al principio, hechos como los que estamos presenciando y viviendo requieren de un análisis mucho más sosegado y complejo del que nos permiten los discursos políticos actuales y las redes sociales. Tal vez sea el momento de que historiadores e historiadoras intentemos tomar parte, incluso nos posicionemos y generemos un debate que vaya más allá del titular facilón. Será difícil, pero la humanidad nos va en ello.
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