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REGIÓN DE MURCIA

Ser hombre: entre el victimismo y la responsabilidad

¿Nos uniremos a las filas de los que dicen que es injusto que nos acusen y que estamos en una campaña desatada contra los hombres bajo el pretexto de lo que hacen unos pocos?

Una mujer en la manifestación del Día Internacional de la Mujer / Olmo Calvo

Una mujer en la manifestación del Día Internacional de la Mujer / Olmo Calvo

"El violador eres tú…" Me apuntaba con el dedo, pero no era ella sola, eran muchas más, eran todas y en todas partes. Y la mujer que había delante de mí lloraba, y con ella muchas, y se abrazaban de la emoción, del poder desatado, quizá. Y sentí una corriente fría que me helaba la espalda, como cuando le di la mano una vez a un hombre del que sospechaban ser el autor de una violación. "El violador eres tú…" ¿Y ahora…? Ahora que esto es ineludible, pensé:

¿Cómo responderemos con las cartas vueltas hacia arriba sobre la mesa, ahora que las voces de las mujeres ya no callan, ahora que no podemos escaparnos porque las canciones y los gritos de las mujeres ya no son inaudibles, ni se esconden bajo las almohadas ni en la soledad de las casas? ¿Cómo responderemos? ¿Lo haremos desde la excusa de que no teníamos elección y de que éramos víctimas de la situación ("La falda muy corta y la lengua muy larga")?

¿Nos uniremos a las filas de los que dicen que es injusto que nos acusen y que estamos en una campaña desatada contra los hombres bajo el pretexto de que lo hacen unos pocos?

¿Responderemos que son tan solo unas cuantas, cuatro feminazis ruidosas, comparadas con las miles de mujeres que no dicen nada y no acusan a nadie? ¿Nos adscribiremos al victimismo de la ultraderecha que dice que son ellas las culpables? ¿O al victimismo de la izquierda diciendo que el sistema patriarcal tiene la culpa y que los hombres también son víctimas?

Porque ya no vale pedir perdón ni mirar para otro lado. Ahora que todos somos responsables, y así dicta la acusación, nos toca asumir la sentencia. Es curioso cómo nos escuece la lengua cuando se trata de reconocer las propias responsabilidades, pero la facilidad con la que reclamamos la condena cuando pensamos que no va con nosotros.

Y en esto quizá sea mejor pactar con la fiscalidad del feminismo, y adquirir un compromiso de cambio pero a sabiendas de que nos vigilan y que nuestras libertades están en paréntesis. Y de los paréntesis solo se sale cuando los malentendidos se aclaran. Y el malentendido aquí es pensar que la masculinidad no tiene nada que ver con una violación, cuando probablemente lo que funda toda dicotomía, necesaria para sabernos hombres, sea una violencia; y en el caso de la sexualidad, lo que abre ese espacio entre sexualidad masculina y sexualidad femenina, quizá sea el hecho de la violación, asociada a la idea de conquista, de toma de poder sobre el cuerpo de la otra, venciendo su voluntad y apoderándose de su deseo.

"Follársela, hacerla mía, tirársela, joderla, tomarla, hacérsela, echarle un polvo, pasársela por la piedra…" son sinónimos del vocabulario posesivo de lo que tiene que suponer una triunfal relación sexual bajo el modelo del poder que la masculinidad ha asumido, vocabulario que por lo demás nos genera una sensación de supremacía donde ella tiene poco o nada que decir. Y aclaremos el tema del victimismo: que la violencia, a los que la ejercen, no nos victimiza, más bien nos endiosa.

¿Entonces? ¿Cabe pensar -y reeducarnos- en una sexualidad no dual, líquida, multiforme, de confusión de géneros, donde mujer/hombre sean más roles cambiantes que identidades; donde orgasmo se diga de muchas maneras, donde placer no sea sinónimo de poder sino de conexión, donde no se empiece en el cuerpo y se termine exclusivamente en los genitales, donde el biologismo no acabe siendo el punto de referencia, donde no haya un certero punto G, sino un alfabeto entero de posibilidades que vayan más allá de los cuerpos, donde tener una relación se parezca más a una obra de arte, siempre inédita, que a un previsible guión pornográfico, y sobre todo… donde violar no sea sinónimo de sexualidad? Me parece que ese es el desafío y la responsabilidad, ahora que la acusación feminista es inequívoca, y que la sentencia, queramos o no, está dictada.

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