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Homenaje al desencanto

El poeta y marido de Almudena Grandes, Luis García Montero, deposita un ejemplar de su libro 'Completamente viernes: 1994-1997' en el nicho de la escritora. EFE/ Fernando Villar

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Confieso que nunca he sido un fan reconocido de Almudena Grandes y de su obra. Sin embargo, siempre me atrajo la personalidad de esta mujer rotunda, madrileña del Atleti, y más desde que supe que comenzó escribiendo textos para las enciclopedias, esos tomos del saber en los que casi todo se contenía -y se encontraba- cuando de Google aún no teníamos la menor noticia. 

Hay una imagen dolorosa, enternecedora y dura de su entierro, que simboliza mucho más de lo que en ella se puede percibir. Es aquella en la que su marido, el poeta Luis García Montero, se agacha en la tumba y deposita un libro sobre el ataúd de su compañera. Reconozco que me estremeció verla mientras al viento sonaban los acordes y la voz de una canción de Sabina. 

Almudena nunca ocultó su ideología. Era una mujer sin ambages y su izquierdismo lo llevaba a gala porque había explicado que lo adquirió leyendo. Apoyó a IU para luego desencantarse de casi todo, políticamente hablando. Dijo que este país llevaba camino de convertirse en un paraíso de horteras y borricos y quizá no le faltaba razón. Prueba de ello es que cuando Pablo Casado, líder de la oposición, puso un tuit lamentando su fallecimiento, toda una cohorte de unos y otros se lanzó contra el líder del PP por haber mancillado la memoria de la escritora, en unos casos, o por manifestar su pésame por la muerte de una escritora roja, en otros. 

Por contraste, ni la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, a la que parte de la derecha se empeña en entronizar como si se tratara de una reencarnación de la Thatcher, ni el alcalde, José Luis Martínez-Almeida, siguieron los pasos de Casado. No es de extrañar, por tanto, que el pleno municipal de la capital del reino denegase, merced a los votos del PP, Ciudadanos y Vox, declararla hija predilecta de la ciudad así como que una biblioteca municipal llevara su nombre. 

Días atrás, la muerte del profesor universitario Antonio Escohotado también fue recibida con indiferencia desde un sector de la izquierda de este país. Eminente filósofo, fue otro desencantado de tantas cosas y un librepensador que entendía que no se trataba de pensar para averiguar qué es lo que nos falta, sino que había que pensar, sostenía, para averiguar qué es lo que nos sobra. Renegó del comunismo cuando fue consciente de los entresijos de lo que se cocía en la antigua URSS y en Cuba. “Aquello no funcionó nunca”, sentenció decepcionado.

Resultan desconsoladores estos ejemplos de sectarismo y mezquindad. En el caso de Almudena Grandes, hacia una escritora que, guste o no, fue Premio Nacional de Narrativa en 2018 y que, por encima de eso, era una mujer querida y respetada por sus muchos lectores. Por lo menos, tendrá un homenaje y quizá una calle, aunque llegar a compararla, como alguien hizo, por ejemplo, con Saramago, me pareció excesivo a todas luces. El también madrileño Antonio Escohotado, premio Anagrama (1991) y Espasa de Ensayo (1999), por su incuestionable cualificación intelectual y su ingente obra, contará con una estatua en la Ciudad Universitaria. Ahí queda eso.

Negar reconocimientos públicos dice bastante de un país que nunca será capaz de engrandecerse homenajeando la memoria de sus celebridades; como la vecina Francia hizo esta misma semana con la cantante y actriz Joséphine Baker, a la que llevaron a hombros desde el music hall donde brilló hasta el Panteón. Ese mismo día, el ultraderechista Éric Zemmour aprovechó para anunciar su candidatura a las presidenciales francesas y salvar así lo que, dice con cierto tufillo homófobo, está a punto de desaparecer en su país. El presidente de la República, Emmanuel Macron, fue diáfano y telegráfico al contestarle: “Mi Francia es Joséphine”, exclamó concluyente. En eso, como en tantas otras cosas, y por desgracia, también nos diferenciamos de nuestros vecinos del norte.

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