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Un debate sin ‘becarios’

El debate a 4, con el 4 haciendo de A, será el único en el que veremos a los cabezas de lista. Escribo horas antes de que empiece. Me fijo en las imágenes de los preparativos. En nombre de cada una de las listas en liza, una pequeña camarilla revisa hasta el último detalle, supervisa atriles, iluminación, escenario, imagina posiciones corporales. Señala aspectos por concretar o pone pegas de última hora. Al otro lado de la negociación, la Academia de la Televisión, encabezada por señores –pocas señoras- calvos y canosos. Son capaces de hacerse cargo de lo que les piden unos u otros, de aceptar esto o de plantarse en aquello otro. Sé quiénes son casi todos, conozco unos pocos personalmente. Unos me caen mejor que otros. Todos profesionales de primera fila. Lo harán entre muy bien y perfecto.

Casi todos están fuera del ejercicio regular de su profesión: periodistas, realizadores, directores de fotografía, productores, sonidistas, por poner unos cuantos. Muchos jubilados precipitadamente. ¿Dónde están los becarios, sí en cursiva? Son becarios en cursiva porque en realidad no han recibido ninguna beca: son profesionales jóvenes, más o menos cualificados. Lo que tienen en común es su condición de falsos becarios: trabajan como profesionales en los más variados medios, en los más modestos y en los de más caché, pero cobran como becarios. Sus expectativas de estabilidad están limitadas por la duración de sus contratos temporales.

Estos falsos becarios hacen la mayoría de los informadores que están a pie de obra, los que van a esas ruedas de prensa de los alcaldes y de los ministros, de los diputados y de los consejeros autonómicos. Es probable que su destino pase por ser sustituidos en un futuro más o menos lejano por compañeras o compañeros tan jóvenes y tan desmemoriados como ellos cuando llegaron a hacerse cargo de puestos de trabajo ocupados por gente con salarios entonces que doblaban o triplicaban el que ahora tienen. Con el de ahora no les alcanzará para cambiarse de coche cada siete u ocho años, no digamos ya para una hipoteca. Es esperable que terminen teniendo que buscarse la vida en otra cosa. Son los nuevos tiempos del periodismo.

Casi todos están fuera del ejercicio regular de su profesión: periodistas, realizadores, directores de fotografía, productores, sonidistas, por poner unos cuantos. Muchos jubilados precipitadamente.

Paradójicamente, cuando llega la hora de la verdad y los que mandan y los que aspiran a mandar necesitan fiarse de un resultado robusto, preciso, con el máximo nivel de exigencia y la máxima neutralidad, el comodín ETT desaparece y vuelven del jurásico aquellos tipos a los que uno veía por primera vez y le salía tratarlos de usted aunque solo fuera por el respeto y por la percepción de solvencia que de ellos emanaba. Unos con su pensión, otros esperándola, algunos metidos en negocios fuera de los medios, quién sabe.

Cuidado: esto no es una versión 2.0. de cualquier tiempo pasado fue mejor. No todos eran tan buenos y tan profesionales como los que estaban en el Palacio de Congresos madrileño. Pero muchos sí. De lo que se trata es de poner de manifiesto el talenticidio de las empresas mediáticas, casi todas, públicas y privadas. Algunas con empresarios jugando a ser grandes prescriptores de la humano y lo divino, esos que en los foros internacionales gustan de decir que el principal activo de una empresa reside en las cualidades de quienes trabajan en ellas. Alguno de estos profetas del futuro de la información, en ocasiones tienen que abandonar por un momento sus conferencias a tanto la pieza para poner su firma al pie de EREs que se llevan por delante a una generación entera de periodistas por una compensación miserable. Así , nadie se preguntará cómo es posible que el gran gurú del grupo tenga como socio al hombre que fue asesor áulico de delincuentes como Mario Conde o José María Ruiz-Mateos. O qué se hizo de aquella mirada única de lo que sucedía en el Congreso de los Diputados, aquellas fotografías inolvidables que no hemos vuelto a ver desde hace tanto tiempo.

Existe alguna ley social aún por descubrir que prescribe que, del mismo modo que un neurocirujano, un penalista, un pintor o un ingeniero de caminos están en la cima de su prestigio y de su creatividad al acercarse a los 50 años, un periodista, salvo excepciones, no puede ejercer su profesión con esa edad. ¿Porque gana demasiado? ¿Porque sabe demasiado? ¿O simplemente porque ya no vale? No colará lo de la revolución tecnológica. Será que los traumatólogos o los arquitectos no han tenido que adaptarse. Tal vez podrían resolvernos la incógnita esos consejeros delegados de empresas que luego se lamentan en sus foros profesionales de la falta de lectores, de oyentes o de espectadores.

Hará creo que más de veinte años, un redactor de TVE llamado Arturo Pérez Reverte, amargado y harto del trato recibido en su empresa, se permitió despedirse de su director con una carta de la que recuerdo fragmentos como “TVE tiene oro en su plantilla y lo utiliza para herrar caballos”. Tranquilo Arturo, el oro en su mayor parte se ha liquidado como basura pagándole por ello a una empresa de residuos, y los caballos andan herrados en su mayoría con aglomerado maderero. Eso sí, la mayoría de los portadores de preguntas incómodas ya están desactivados. Y ha parecido un accidente.

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