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El nombre

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Si no me equivoco en la cultura del pueblo judío hay un día en el que el Sumo Sacerdote, vestido con el Efod, y en él cada una de las placas identificativas de las doce tribus de Israel, se encerraba a solas en el Sancta Sanctorum y allí susurraba el verdadero y Único Nombre de Dios, que sólo él conocía.

El pueblo judío a través de su cultura, y de la Cábala Mística especialmente, da un gran valor a las palabras y a los nombres, tanto que en el alefato, alfabeto hebreo, cada letra tiene un valor numérico de modo que la suma de las letras otorga un valor a la palabra que formen y la combinación, guematría en lenguaje cabalístico, de las letras de una palabra revelará con el mismo valor numérico una nueva palabra, de modo que las distintas palabras que puedan surgir de la combinación de las letras están ligadas entre sí teniendo la misma esencia.

En una ocasión, mientras conducía el Talbot Solara de mi padre, ya fallecido entonces, escuché en una emisora de radio que para el pueblo indio Navajo “lo que no tiene nombre no existe”.

Y no le falta razón a ese pueblo porque sólo nombrando damos vida a las realidades que nos acompañan en nuestra mente, hasta el punto de que tal y como dice Daniel Kahneman en su libro “Pensar rápido, pensar despacio”, WYSIATI, “what you see is all there is”, que traducido significa, “lo que ves es todo lo que hay”, y vemos sólo aquellas cosas que identificamos con su nombre, igual que no vemos lo que no identificamos.

Pues bien, toda esta divagación previa la he hecho para tratar de hacer entender al lector, dicho en sentido genérico y refiriéndome a lectores y lectoras siempre, la historia que les quiero contar.

 

En una ocasión escuché en una emisora de radio que para el pueblo indio Navajo “lo que no tiene nombre no existe”

Una mañana de la última semana de noviembre mi “hermanica” Marga, como la llamo en sentido cariñoso, y yo estábamos desayunando en un céntrico local de Murcia.

Ya nos habíamos fijado en una señora mayor que todos los días estaba leyendo una novela tan abstraída del resto de lo que pasaba a su alrededor que parecía atemporal.

Esa mañana concreta esta señora quiso cambiar de sitio y cuando iba caminando con su taza de café con leche en la mano derecha, su libro en la izquierda, su bolso en el brazo izquierdo colgado a la altura del codo que tenía doblado haciendo ángulo recto con la parte alta del brazo, hacia el sitio que deseaba ocupar, el pañuelo que llevaba colgado igual que el bolso pero en el brazo derecho se le soltó de tal manera que si lo pisaba se caía seguro, así que viendo la caída me levanté y se lo rodeé alrededor del brazo como ella me pidió pudiendo llegar al sitio que quería.

“Me recuerda en algo a ti”, le dije a Marga, “pero no sé en qué”.

Al día siguiente entablamos conversación con ella en el mismo local y con la excusa de su novela que se titulaba “Lo que el hielo atrapa” y trataba sobre las aventuras de la Antártida, entre ellas lógicamente la de mi admirado Amundsen, acabamos presentándonos.

Y fíjense ustedes apreciados lectores que la señora se llama igual que mi “hermanica”, Marga, de modo que como yo había visto cierto parecido entre ellas dos sin saber qué era, coincidían en el nombre, y eso me hizo preguntarme si todos los que nos llamamos igual tenemos más en común que el mero nombre, o si tal vez las personas que comparten nombre tienen una esencia parecida.

Sin embargo la verdadera cuestión es, ¿nos identificamos con el nombre que nos pusieron nuestros padres, o hay otro nombre con el que nos identificamos más?

A veces lo que nos define no es el nombre, sino un mote, una abreviatura de nuestro nombre, una variación popular del nombre, como por ejemplo el de José, transformado a Pepe, por la repetición de las dos pes, iniciales de las palabras latinas “Pater Putatibus”.

Querido lector piense en su nombre y cómo le define en esencia, cómo lo nombran los demás, el tono, el ritmo, la fuerza, y trate de encontrar, si hay parecidos con quienes pueda compartir su nombre, pues podría sorprenderse.

En mi caso son dos, Antonio o Antoñico, que es como me suelen llamar, si bien mi ser se identifica con otro que empieza por “E” y que curiosamente es de origen judío.

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