Planes a contracorriente: Tabarca en otoño

Punta Falcó e islote de la Nao

A sólo 80 kilómetros de Murcia, la isla de Tabarca es en otoño una escapada perfecta para quienes huyen de las masificaciones y disfrutan haciendo planes a contracorriente.

“En verano aquí está todo siempre a tope, pero a partir del 15 de septiembre la gente deja de venir y es mucho más calmado”, explica una camarera.

El turismo se va, pero el buen tiempo continúa. Hace ya años que, debido al aumento de las temperaturas, la playa sigue siendo un lugar apetecible todavía en octubre, y mucho más tranquilo que en el periodo estival.

Apenas 1.800 metros separan los dos puntos más alejados de la isla así que, si se explora, es muy posible hallar y disfrutar de una pequeña cala paradisíaca en solitario, algo que en temporada alta sería impensable.

Las aguas, mansas y transparentes, invitan al baño pese a la fecha. Y si no, siempre se puede gozar de un rato de paz simplemente contemplando el mar.

Si se prefiere la comodidad, siempre queda la playa principal, de arena y piedras, a la entrada del pueblo. En verano, cuando la isla recibe 3.000 visitas diarias, está saturada. En octubre, en cambio, el espacio entre hamacas se multiplica, aunque el ambiente no decae.

Conforme nos adentremos en el otoño, la isla se irá vaciando. Quedarán sólo las pocas decenas de personas que la habitan todo el año. Cerrarán los restaurantes, las tiendas de souvenirs. Se reducirá el número de catamaranes que cubren la línea Tabarca-Santa Pola, recorrido de ocho kilómetros y treinta minutos de duración.

Hoy, sin embargo, el sol resplandece y la temperatura es perfecta. Se celebra un festival de música mediterránea y hay animación en las calles. Los turistas –la mayoría extranjeros- llenan las terrazas en hora punta. Pero quedan mesas libres.

Naufragios y piratas berberiscos

El pueblo amurallado, con sus puertas perfectamente preservadas, es uno de los grandes atractivos de la isla. Conserva vívidamente el aspecto que debió de tener a finales del siglo XVIII, cuando la isla fue repoblada con sesenta y nueve familias genovesas, refugiados de la isla tunecina de Tabarka.

Estas familias, que llegaron a la península por Cartagena, encontraron aquí una nueva vida, en la que se consagraron a la pesca como medio de supervivencia.

En ese tiempo, Carlos III hizo fortificar el lugar, entonces de valor estratégico, y estableció una guarnición militar.

El fortín, bautizado como Torre de San José, es una sólida construcción que se alza todavía hoy en el centro de la isla. Ahora es cuartel de la Guardia Civil.

El historiador romano Estrabón describió Tabarca como una isla peligrosa. En sus aguas -en realidad es un archipiélago-, abundan los escollos. Son numerosas las naves romanas que no los vieron y fueron a parar al fondo del mar.

Más tarde, los corsarios berberiscos la usaron como base de operaciones para asolar las costas alicantinas y murcianas.

Campos de gramíneas y posidonia

Recorrer el campo de Tabarca es una experiencia remarcable. Además de la Torre de San José, las únicas construcciones a la vista son el faro y el minúsculo cementerio, azotado a perpetuidad por el viento.

La senda atraviesa un paisaje de prados amarillentos, sin árboles, pero por completo tapizado de gramíneas. Es una naturaleza dura en la que apenas los espinos y algunas chumberas logran sobrevivir. En el pasado, se intentaron cultivar cereales y legumbres, pero la escasez de agua lo hizo inviable. Todavía pueden verse las ruinas de la casa de labranza.

El horizonte marino está siempre presente durante el recorrido, a veces a ambos lados: Tabarca mide apenas 450 metros de norte a sur.

El camino ofrece impresionantes panorámicas, en especial desde Punta Falcó, en el extremo este. Desde allí se ven las olas rompiendo contra el islote de la Nao, reserva marina en cuyo fondo se extienden amplios campos de posidonia, y se abren cuevas submarinas.

Pese a su tamaño, Tabarca está llena de recovecos y pequeños paraísos escondidos. Si uno busca un plan poco convencional, octubre nos ofrece todavía la oportunidad de asomarnos a ellos.

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