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Los dragones de Daenerys arrasando turistas en Gaztelugatxe

El turismo es la nueva religión de la política. Si el fútbol es el opio del pueblo, el turismo es la cocaína de los políticos. Las instituciones parecen cada vez más empresas de organización de eventos

Cerrado el acceso a Gaztelugatxe por Eneperi por las obras de mejora del pavimento, con un coste de 226.847 euros

San Juan de Gaztelugatxe ha pasado de ser ese precioso lugar en el que se casó Anne Igartiburu a ese precioso lugar en el que han rodado Juego de Tronos. En este cambio hemos dejado de cotillear sobre los vascos famosos que triunfan en Madrid a buscar chascarrillos sobre los actores famosos que pisan suelo vasco. Hemos pasado a ser aldeanos buscando reconocimiento en la Puerta de Sol a especializarnos en sedosas alfombras rojas para todo el que tenga un apellido tuiteable en inglés. 

El precio es evidente y no hay más que pasarse por allí para comprobarlo. Muchos días San Juan de Gaztelugatxe es un Corte Inglés en día de rebajas, abarrotado de turistas que ocupan las escaleras y obligan a hacer cola como en las ascensiones patrocinadas al Everest. En la temporada vacacional, el sonido de la campana de la ermita deja de ser un tañido esporádico y poético, y suena con la fruición de quien alerta de una invasión vikinga a las costas vascas. 

Las instituciones del Oasis Vasco le han visto el negocio a este asunto y la Diputación de Bizkaia ya ha lanzado el globo sonda de la necesidad de cobrar entrada a los turistas para poner coto a la avalancha. No, no es que estén preocupados por la avalancha. Al contrario, quieren que Gaztelugatxe sea la punta de lanza para que esa avalancha se extienda por toda la costa vizcaína. Y de paso, privatizar el marco incomparable y hacer caja. 

Cuenta la prensa que los turistas, por su parte, están preocupados por la falta de baños. Las instituciones ya lo están solucionando para que no tengan que recurrir al engorroso helecho de campo al que se está acostumbrado en la naturaleza. Leo que, al parecer, han puesto algunos de esos baños químicos que se estilan en los festivales de música y en los que todo el mundo sabe que hay que ir bien vacunado para sobrevivir a la experiencia. Se quejan también los turistas de lo resbaladizo y embarrado del acceso a pie a Gaztelugatxe, por lo que no deberíamos descartar unas escaleras mecánicas para que los turistas puedan sacarse sin problemas el selfie de rigor en la Rocadragón de Daenerys Targaryen.

El turismo es la nueva religión de la política vasca. Si el fútbol es el opio del pueblo, el turismo es la cocaína de los políticos. Las instituciones -que más que instituciones públicas parecen empresas de organización de eventos- no descansarán hasta plantar otro Guggenheim en el lugar en el que pueda dar más dinero (lo del arte contemporáneo es un daño colateral que hay que soportar).

Por supuesto, los periodistas no paramos de hablar de récords de turistas sin atender a sus consecuencias. Inflamados de este fervor turístico que lo invade todo, contamos con entusiasmo como un señor australiano ha llegado a Gaztelugatxe porque vio no sé qué en la tele. Y mientras tanto, el lugar ha perdido la magia que tenía (aunque todavía hay momentos en los que se puede saborear eligiendo bien el día y la época del año) y corre el peligro de deteriorarse por la masificación. Gaztelugatxe se ha convertido en el Eurodisney de las series de televisión, en la postal del Parque Temático Pintxos Caros y Vascos Majos.

Hasta tal punto está nuestra clase política enganchada a la turismofilia que les preocupa más que los turistas estén a gustito en Euskadi que los derechos de los propios trabajadores que se dedican a atender a esos turistas. No es broma. Hace apenas unas semanas, el consejero de Turismo del Gobierno vasco, Alfredo Retortillo, advirtió de que una huelga convocada en los hoteles de Gipuzkoa iba ser un “desprestigio” para la imagen de Euskadi al coincidir con una cumbre de la Organización Mundial del Turismo. A mí no se me ocurre mayor prestigio que visitar un lugar en el que sus gentes están dispuestos a ir a la huelga para que sus jefes dejen de explotarlos. Aunque, mejor no digo nada, no sea que a algún manager político se le ocurra la idea de organizar visitas turísticas a los lugares donde los trabajadores de Euskalduna tiraban piedras a la policía.

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