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Se buscan buenas personas

La bondad es un modo de ser sin bando fijo, que se practica a la intemperie, en lo simplemente humano.

Las muertes por el cólera en el Yemen aumentan hasta los 859 casos

Las muertes por el cólera en el Yemen aumentan hasta los 859 casos. | EFE

Parece sencillo, pero no lo es. No es fácil ser buena persona. Tampoco es algo demasiado valorado y ni tan siquiera contamos con criterios para establecer en qué consiste. O se considera algo inherente a los pobres de espíritu, por creer que no son capaces de maldad —craso error—, o se duda de que puedan serlo aquellos que son más capaces, acostumbrados como estamos al lado oscuro de la rentabilidad. Y necesitamos poder reconocer y nombrar a las personas que obran de tal modo —no santos ni santas— y distinguirlas de otras que, en diferentes grados, no lo hacen.

Por eso, a menudo le doy vueltas a la idea loca de lograr un criterio práctico para discernir las buenas personas, las buenas acciones. Y no será porque no lo intuya. Aunque sea realmente complejo hallarlo sin caer en las trampas del moralismo y el simplismo, encuentro que quizá el bien se pueda encontrar vinculado a la solidaridad practicante, esa valiente y dispuesta a pagar peaje, la que requiere actuar con solidez —de ahí viene "solidaridad"— y honestidad al reconocer a los congéneres, y lo hace con lealtad hacia la llamada del otro, a menudo de su necesidad, de su vulnerabilidad. Y es algo, por cierto, que está más allá de la ideología, la clase, la profesión u otras adscripciones: es un modo de ser sin bando fijo, que se practica a la intemperie, en lo simplemente humano.

Simone Weil, una pensadora —mística cristiana, activista libertaria y luchadora sindical— rescatada incluso por quienes, postnietzscheanos, recelamos del concepto tradicional de bien y mal, escribía con rotundidad, sin complejos, sobre estos extremos de la moral. Weil critica el retorcimiento de nuestra noción de persona, más jurídico-contractual que otra cosa —que hoy tendemos a sustituir por "ciudadanía" para referirnos más bien a "clientes"—, poniendo de manifiesto que hemos creído que, ante todo, nos definen los derechos y mostrando que, en realidad, ser persona, más allá de esa visión moderna contractual, es ser sujeto de obligaciones, asumir el imperativo de la mirada del otro que sufre, responder a su llamada, a su necesidad.

Esto me recuerda que en Santander no estamos, precisamente, respondiendo a esa llamada. No lo suficiente, me temo. En Yemen han sido asesinadas decenas de miles de personas y 85.000 niños y niñas mueren de hambre o enfermedad según datos de Save the Children. Una epidemia de cólera y la desnutrición provocada por el bloqueo de la dictadura saudí mantienen a más de 14 millones de personas al borde del abismo. Y no cabe decir que este país bombardeado con material bélico español cargado en el Puerto de Santander es una realidad lejana, ya que nos interpela directamente y, nos guste o no, apenas hay distancias en un mundo hiperconectado.

La Autoridad Portuaria, compuesta de personas, no ha movido ficha porque "no es su competencia". El Gobierno no ha movido ficha porque "hay que respetar los acuerdos comerciales". Los trabajadores de Navantia han movido ficha para proteger sus trabajos, no para promover una reconversión que evite poner su sudor al servicio de la creación de material bélico que asesine a yemeníes, y han defendido "el convenio, los ingresos, las ilusiones y la economía de la zona" por encima de la vida de otras personas. Las y los santanderinos, por último, hemos movido ficha de un modo mucho menos masivo de lo que cabría esperar, convirtiéndonos, por omisión, en cooperadores necesarios cuando en Arabia Saudí nos hubiera supuesto jugarnos la vida pero aquí, en cambio, es sólo cuestión de un pequeño esfuerzo de posicionamiento y movilización.

Mal saldo para el bien, sea lo que sea: cuántas fichas mal movidas, sostenidas en derechos y no en obligaciones con el otro, mientras ese otro, la práctica totalidad del pueblo yemení, agoniza. No hay que ser un moralista para afirmar que habitamos un mundo cómodamente anclado en el mal.

Y pienso, con Simone Weil, cuánto mejor nos iría atendiendo a nuestras obligaciones con el otro —y su consiguiente reciprocidad— anteponiéndolas a nuestros derechos individualistas, garantizados a golpe de dinero o estatus. Puede sonar inocente o utópico, pero hay días en que siento desprecio por la resabida complejidad estéril en que andamos sumidas. Me quedo con Weil y el sentimiento de obligación con el otro —no solo con el prójimo— aspirando a encontrar algo más de sencilla bondad que nos saque, siquiera un poco, del barrizal de este mundo despiadado.

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