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El cese de Arcelor y la doble vara de medir

Mientras hablamos de China no formulamos preguntas incómodas y esenciales para entender por qué verdaderamente Arcelor ha cerrado. Es la consecuencia de ciertas decisiones. Decisiones como las de apoyar Tratados de Libre Comercio como el TTIP o el TISA, a puerta cerrada, en Bruselas.

El pasado mes de febrero conocimos la decisión del multimillonario Lakshmi Mittal, dueño de una de las mayores multinacionales de acero y primer productor del sector a nivel mundial, que anunciaba un cierre temporal e indefinido de una de sus plantas, la de Arcelor en Sestao.

La noticia caía como un jarro de agua fría mientras se iniciaba la lucha de los trabajadores en las calles para dar a conocer la situación. Y es que no es baladí; alrededor de 500 familias dependen de los ingresos económicos de esta planta situada en Sestao, en una de las zonas más castigadas por la crisis económica y cuya tasa de paro es la mayor de todo Bizkaia. Desgraciadamente, la situación no es nueva, La Margen Izquierda y la Zona Minera ya sufrieron anteriormente el cierre de muchas de sus fábricas y tuvieron que bregar con la industrialización y la reconversión y adaptarse una y otra vez a las necesidades del mercado. Y ahora, Arcelor, heredera de la histórica Altos Hornos de Vizcaya, todo un emblema, columna vertebral de la industrialización de antaño y símbolo del poderío de décadas anteriores, ha caído.

A nivel europeo las cifras tampoco son buenas: el año pasado la Comisión europea estimó en 40.000 los puestos de trabajo perdidos en este sector durante la crisis. La crisis del acero en Europa es una realidad, y Arcelor Mittal ha venido a confirmarlo.

Pero, ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Las respuestas han sido variadas en estas últimas semanas: desde la falta de políticas concretas y eficaces, la falta de aranceles con los que proteger el acero europeo o el coste de la energía eléctrica. Ideas diferentes pero señalando al mismo culpable: China. Ciertamente el “gigante asiático” ha aumentado la exportación de acero en los últimos años. Acero que por otra parte, es mucho más barato por sus costes de producción y por su mano de obra. Y sí, China representa la globalización, la competencia desmesurada y encarnizada. Pero no nos engañemos, el país asiático se ha convertido en el instrumento y la excusa, en el burdo enemigo al que juzgar y contra el que luchar.

Porque mientras hablamos de China, no formulamos preguntas incómodas y esenciales para entender por qué verdaderamente Arcelor ha cerrado. Y este no es un problema nuevo y tampoco ha caído del cielo, viene de unas políticas económicas al servicio del gran capital. Es la consecuencia de ciertas decisiones. Decisiones como las de apoyar Tratados de Libre Comercio como el TTIP o el TISA, a puerta cerrada, en Bruselas. Toda una paradoja: nuestros gobernantes exigen protección y aranceles para el acero después del cierre de Arcelor, mientras al mismo tiempo apoyan la libre circulación de mercancías y servicios sin intermediación de los Estados. ¿No suena un poco contradictorio? ¿Es posible pedir aranceles que protejan el acero y al mismo tiempo querer liberalizar el mercado?

Toda una paradoja: nuestros gobernantes exigen protección y aranceles para el acero después del cierre de Arcelor, mientras al mismo tiempo apoyan la libre circulación de mercancías y servicios sin intermediación de los Estados. ¿No suena un poco contradictorio? ¿Es posible pedir aranceles que protejan el acero y al mismo tiempo querer liberalizar el mercado?

Es necesario entender que Tratados como el TTIP, Asociación Transatlántica para el Comercio y de Inversión por sus siglas en inglés, se fundamentan en políticas económicas de crecimiento basadas en la oferta, en el predominio de los intereses financieros y las privatizaciones del sector público. De aprobarse, se les otorgará a las corporaciones europeas y estadounidenses el poder de cuestionar decisiones democráticas tomadas por Estados soberanos y de pedir indemnizaciones cuando estas decisiones afecten de forma adversa a sus beneficios. A través de tribunales internacionales de arbitraje, caracterizados por ser privados, secretos y discrecionales, se pasarán a dirimir las querellas entre las empresas transnacionales y los Estados. Y todo con una única intención: mercantilizar el planeta y a sus habitantes para convertirnos en juguetes de las grandes multinacionales. Las decisiones de hoy son las consecuencias del futuro.

Arcelor es una pieza rota más de las políticas económicas y comerciales que priman los beneficios por encima de las personas. Pero no sólo eso, los pasos que se están siguiendo en materia de política económica nos están abocando a un escenario asimétrico donde quien tiene el poder es la esfera económica, y no las personas a través de sus representantes políticos. Si esto es así y hacia ahí vamos caminando, hacia mayores cuotas de desprotección social, ecológica y laboral, hacia precariedad absoluta y la desigualdad más desoladora, no vale pasado mañana pedir aranceles o decir “que estamos haciendo todo lo que esté en nuestras manos”. No más hipocresía.

Empresas como Arcelor tienen futuro: ofrece un producto realizado con rapidez, específico y producido con bajas emisiones de CO2. Además, la utilización de hornos con arcos eléctricos permite una fabricación de desecho reciclado, lo cual reduce a un 75% el consumo de energía y ahorra aproximadamente un 90% de materias primas. Poca energía y poca materia prima, pero más calidad y sostenibilidad; fabricar menos y mejor. Hace falta voluntad política e institucional para defender, aquí y en el conjunto de Europa, estándares medioambientales, sociales y laborales dignos. Es urgente otro modelo productivo, y el reto en este contexto es resolver el conflicto de Arcelor y aportar soluciones a las personas trabajadoras. Pero además, es necesario ir a la raíz del asunto.

Quizás habría que empezar a prestar mayor atención a las prácticas habituales e incontroladas de las grandes multinacionales, pues impactan en la vida de las personas. Quizás habría que revisar las reglas del comercio internacional por las que apostamos, tomar medidas y garantizar que las empresas vascas que buscan la “internacionalización” (sinónimo sutil de deslocalización) cumplan con el Derecho Humanitario, no vaya a ser que se las estén dando de “Mittal” allá por Latinoamérica, o peor aún, que estén buscando precios más baratos y una mano de obra más “competitiva” como la de nuestro gran enemigo, China.

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