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Sobre este blog

eldiario.es presenta 'Operación Chanquete', novela veraniega por entregas escrita por Isaac Rosa e ilustrada por Manel Fontdevila. Una mirada crítica a la nostalgia y la mitificación de los años ochenta, protagonizada por un misterioso grupo de jóvenes activistas, que con sus espectaculares acciones denuncian la falta de futuro. Una historia de intriga y humor llena de precarios, submileuristas, becarios y gente que no se ha enterado de que la crisis ya pasó.

El orgullo de la EGB

El orgullo de la EGB

Isaac Rosa / Manel Fontdevila

El presentador agarró el micrófono y canturreó:

-Leche, cacao, avellanas y azucaaaaar…

Y más de quince mil personas gritaron a la vez:

-¡Nooooociiiillaaaaa!

He dicho “gritaron”, pero más bien “gritamos”, yo también. Y mi padre, por supuesto. Y hasta la inspectora Velasco. Allí estábamos los tres, en la pista del WiZink Center rodeados de miles de mujeres y hombres que exhibían su orgullo generacional: todos habían ido a EGB. Bueno, casi todos, que entre el público también había hijos que venían con sus padres. Yo misma, con el mío. Y otros jóvenes que estaban tan enfermos de nostalgia como los cuarentones. Raúl, por ejemplo, mi compañero de prácticas en el periódico, que me envió una foto para decirme que también él estaba allí. Esta vez con una camiseta del Coche Fantástico.

La mayoría del público se había vestido para la ocasión, con sus mejores galas retro, no sé si rescatadas de algún altillo en casa de sus padres, o más probablemente compradas en cualquiera de las tiendas que ahora vendían merchandising de aquellos años. En la misma puerta del pabellón había varios puestos con camisetas, chapas, gorras, viejos libros de texto, aparatos obsoletos.

Mi padre vestía una viejísima camiseta de AC/DC que siempre se ha resistido a tirar. Pero los AC/DC no estaban en el cartel, sino lo que mi padre llamó “una reunión de muertos vivientes”: grupos de treinta o cuarenta años atrás, en algunos casos con solo un miembro original, fallecidos sus cantantes, bandas separadas décadas atrás y ahora reunidas para hacer caja por última vez, cantantes que disfrutaron de su “one-hit wonder” en los ochenta y que ahora los productores del concierto habían rescatado y devuelto al escenario y vestido con la ropa de entonces.

También Elvira, la inspectora Velasco, se había arreglado para el concierto, aunque yo no tenía claro si era camuflaje policial o es que también le tiraba aquel rollo, ya que nada más entrar la oí canturrear las canciones que en la megafonía amenizaban la espera, pese a que ella era bastante más joven que mi padre. Llevaba una camiseta de Star Wars. Bueno, de la Guerra de las Galaxias, que así la conocían entonces.

La verdad, no hacía falta estudiar años en la academia de policía, ni tener confidentes infiltrados, para adivinar que Chanquete y los suyos intentarían montar una de las suyas aprovechando aquel macroconcierto nostálgico. Pero la inspectora me lo contó como si fuese un secreto de Estado, y allí nos plantamos las dos, junto a mi padre, que no quiso perdérselo aunque no le gustase ninguno de los grupos del cartel. Los muertos vivientes.

El presentador, un humorista que me sonaba de haberlo visto en televisión años atrás, dividió al público en tigres y leones, y nos puso a gritar y cantar. La gente tenía ganas de revivir su infancia, eso estaba claro.

Yo me pasé medio concierto esperando que en cualquier momento ocurriese algo, que volviese a tomar el escenario el Espinete yonqui o algo así. Pero durante más de hora y media no pasó nada, y no quedó más remedio que escuchar, bailar y corear temas que todo el mundo se sabía, todos menos yo. Sabor de amor por aquí, cartas en el cajón por allá, hoy no me puedo levantar y, entre medias, vídeos de anuncios de la tele de entonces, y el presentador desgañitándose para preguntar quién tuvo un reloj-calculadora o un cinexín.

Fue cuando tomó el escenario una señora muy escotada (“a esta se le salió la teta una nochevieja”, me explicó mi padre), cuando empezaron a pasar cosas.

Para empezar, dejó de sonar la canción que todo el mundo esperaba corear, y a cambio escuchamos por megafonía una guitarra, una trompetilla de feria y una voz carrasposa:

“Tú decir que si te votan

tú sacarnos de la OTAN,

tú convencer mucha gente,

tú ganar gran elección…“

Algunos del público la corearon, mi padre entre ellos, aunque la mayoría parecía decepcionada, y la decepción aumentó cuando en la pantalla salió un tipo al que casi no reconocí de lo joven que estaba (“Felipe González”, me sopló mi padre), y que prometía 800.000 puestos de trabajo, y decía que gato blanco o gato negro da igual mientras cace ratones, o que el Estado de Derecho se defiende también en las alcantarillas, lo que arrancó los primeros silbidos del público.

Mientras varios técnicos se movían por el escenario buscando la causa de aquella interrupción, y el presentador gritaba sin que funcionase su micrófono, en la pantalla apareció el rótulo “Qué fue de…” y desfilaron fotos antiguas y actuales de personajes públicos, contando dónde estaban y qué hacían en los ochenta, y dónde habían acabado tantos años después: empezando por el ex presidente del Gobierno, y siguiendo por varios políticos de entonces y hoy sentados en consejos de administración de grandes empresas, pero también unos cuantos artistas entonces transgresores y hoy carne de reality televisivo, vinculados a partidos muy de derechas, o entregados a anunciar productos bancarios.

Los silbidos del público iban en aumento, y yo empecé a sospechar que no se dirigían contra los que salían en la pantalla, sino contra la propia acción sorpresa. Aquello era un tremendo corte de rollo que no parecía caer muy bien entre quienes solo unos minutos antes habían regresado a los doce años y daban saltos cantando.

-¡Fuera, fuera, fuera! –los gritos de la gente no dejaban ya oír lo que decía el vídeo, que ahora hacía un repaso visual de las últimas décadas, desde la fiesta de los ochenta a la crisis más reciente, pasando por los Juegos Olímpicos, sucesivos gobiernos y otros momentos históricos que se me despistaban y a los que nadie atendía ya.

-Creo que esta vez les ha salido mal la jugada –me dijo mi padre.

Busqué a la inspectora, pero se había ido, supongo que a reunirse con los otros policías que estaban repartidos por el recinto.

Entonces un sector del público comenzó a tararear una canción, a la que poco a poco se fue uniendo todo el pabellón:

“Eran uno, dos y tres,

los famosos mosqueperros,

y el pequeño Dartacán

siempre va con ellos“.

-¿Esa no es la canción que cantáis los cuarentones al final de una noche de juerga? –pregunté a mi padre. Todavía recordaba una boda familiar reciente donde el sector nostálgico acabó haciendo karaoke de canciones infantiles de su época.

-Están reivindicando su orgullo –dijo mi padre.

-¿Qué orgullo? –pregunté a gritos para hacerme oír entre los “Dartacán, Dartacán, corriendo gran peligroooo”.

-Esta vez el tal Chanquete se ha equivocado –sentenció mi padre-. Hasta ahora habían conseguido simpatía con sus acciones, pero esta noche no. Toda esta gente ha venido aquí a pasarlo bien y a sentirse parte de algo, una identidad compartida.

Aunque penséis otra cosa, no somos tan bobos como para creer que los ochenta fueron una edad dorada a la que querríamos volver. Claro que sabemos lo que se cocía entonces, y dónde ha acabado todo. Pero es nuestra memoria sentimental, joder, nos endulza un poco el presente de mierda que nos ha quedado, y el futuro chungo que vamos a dejaros. Es nuestra, y no queremos que vengan unos jovencillos a pisotearla, y de paso a culparnos de no haber hecho bastante para que las cosas fuesen mejor. Por eso sacan su orgullo generacional, porque se sienten agredidos.

Mientras mi padre me contaba todo aquello, y el público cantaba y bailaba por su cuenta “El twist de mi colegio” sin atender a la pantalla (que ahora mostraba unos nada excitantes gráficos para explicar la evolución económica del país), la inspectora Velasco y sus hombres detuvieron en el backstage a “Quique”, que resultó ser uno de los técnicos de luces del concierto. Lo llevaron a comisaría para tomarle declaración, pero lo soltaron en seguida, ya que los productores del concierto no presentaron denuncia para no dar más eco al incidente, que por supuesto se viralizó en las redes, grabado por miles de móviles.

Al día siguiente pude entrevistar a Luis, que era el nombre verdadero de “Quique”, y que resultó ser un estudiante de Cine, autor de unos cuantos cortometrajes. Decía que su intención era denunciar el estado de la industria cultural, que cerraba toda puerta laboral a los más jóvenes y condenaba la creatividad a ser marginal y sin recursos. Aunque en realidad tampoco él era un miembro natural del grupo, sino otro infiltrado, a su manera: se había colado con idea de rodar un documental desde dentro, para lo que había intentado llegar hasta Chanquete sin conseguirlo hasta entonces. Le habían encargado aquella acción en el concierto, y la había hecho, con el resultado ya conocido.

En mitad de la entrevista con Luis-Quique me llamaron del periódico para contarme que había llegado otro paquete a mi nombre. Y ahí fue cuando empezaron a ponerse las cosas serias.

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