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¿Dónde está Chanquete?

Octavo episodio de 'Operación Chanquete': lee aquí el capítulo siete de la novela por entregas escrita por Isaac Rosa e ilustrada por Manel Fontdevila que eldiario.es publica diariamente este verano

Resumen de lo publicado: A Carmela la citan en El Penta, bar mítico de la Movida. Cuando llega, unos desconocidos disfrazados de personajes de Verano Azul la meten en un coche y se la llevan, sin saber a dónde.

Capítulo 8

Allí estábamos todos, sentados alrededor de una mesa rectangular. Desde mi izquierda, en el sentido de las agujas del reloj: Bea, Desi, Tito, Quique, Julia, Pancho y Javi. Y yo, que era Piraña. Solo faltaba Chanquete.

Me habían sacado del Penta y metido en un coche, en el que habíamos cruzado Madrid silbando la sintonía de "Verano azul". Vi que pasábamos dos veces por una misma avenida, y mis acompañantes (¿mis secuestradores?) miraban todo el tiempo hacia atrás. Debían de estar comprobando si nos seguía alguien. Habían visto las mismas películas que yo.

Nos acabamos metiendo en un polígono industrial de la periferia, desierto a esa hora. Detuvieron el coche en la parte trasera de una nave con pinta de abandonada. Me invitaron a salir.

Eché un vistazo alrededor: no era muy tranquilizador estar en un polígono, en una nave abandonada, y acompañada por tres desconocidos enmascarados, pero ya no había vuelta atrás.

Me hicieron pasar por una puerta corredera, y en efecto, el interior de la nave estaba lleno de basura, aquello debía de llevar tiempo abandonado. Subimos una escalera metálica, y entramos en una sala donde había una mesa rectangular, con cinco personas ya sentadas alrededor: Bea, Desi, Tito, Quique y Julia. Cada uno con su careta. Parecíamos una banda de atracadores mitómanos, de esos que se disfrazan de personajes pop para dar el golpe.

Nos sentamos, ya estábamos todos. No, todos no. Faltaba uno. Pensé en voz alta:

-¿Dónde está Chanquete?

Por toda respuesta, Julia puso sobre la mesa un ordenador portátil, lo abrió con la pantalla orientada hacia nosotros, para que todos pudiésemos verla. Inició una llamada de Skype, y en seguida se estableció la comunicación: en la pantalla apareció la máscara que faltaba: Chanquete.

-Hola, grupo –dijo. Su voz joven contrastaba con el rostro anciano, barbudo y de sonrisa bonachona-. Veo que no falta nadie. Bienvenida, Piraña, me alegro mucho de que estés con nosotros.

Hice un saludo con la mano, con expresión estupefacta, aunque Chanquete solo veía mi sonrisa mofletuda de Piraña.

-Bien, la primera parte de nuestro plan ya ha concluido, y tengo que decir que ha sido un éxito. Las grabaciones y fotografías han cumplido su función, eran solo nuestra carta de presentación. Ahora ya saben que existimos, y que hay que tomarnos en serio. Ah, el numerito de Espinete fue magnífico, el vídeo acumula cientos de miles de visitas, y no paran de salir montajes y memes. Enhorabuena, Tito.
El aludido, Tito, que en realidad era una mujer bajo la careta de niño rubio, mostró el pulgar hacia arriba, y los demás le dedicaron un pequeño aplauso, al que me sumé.

-Ahora pasaremos a la segunda fase, acción directa –dijo Chanquete. Y ahí ya tuve que interrumpir:

-Mira, perdona… Chanquete… Yo acabo de llegar, no sé de qué va todo esto, ni por qué me habéis elegido. Ni idea de cuál es vuestro plan, ni qué acción directa es esa, pero…

-Paciencia, Piraña, todo llegará –dijo Julia.

-¿Os importaría no llamarme Piraña? Va, da igual, seguid con lo vuestro…

-Lo nuestro. Tú estás aquí también –me avisó Javi.

A partir de ahí, cada uno fue contando en qué punto de preparación se encontraba su "acción", porque cada uno debía de estar preparando una. Pero hablaban con medias palabras, sin dar toda la información, elusivos, con sobreentendidos. Me preguntaba si yo era la única que no me estaba enterando de nada, o es que cada uno mantenía su parte en secreto. En cuanto a mí, entendí que mi contribución a sus planes era dar difusión a sus acciones en el periódico, cosa que ya había hecho hasta ese momento sin necesidad de caretas ni reuniones clandestinas. Quizás esperaban algo más de mí.

Por lo que explicaron, contaban con muchos colaboradores para sus acciones. Si hasta entonces se habían apoyado en unos pocos camareros, conductores o vigilantes de seguridad, ahora decían tener colaboradores en muchas empresas y sectores, dispuestos a sumarse a la causa. Eran tantos los precarios hartos, que no resultaba difícil incorporar nuevos miembros a la causa.

Esa expresión era la que más repetían mientras hablaban: "la causa". Eran así de intensitos hablando. "Acción", "colaboradores", "la causa". Ahí salió la periodista que llevo dentro:

-Perdonad, ya que aquí la información la dais con cuentagotas, ¿podéis al menos contarme cuál es "la causa"? Si me consideráis una del grupo y esperáis que colabore, qué menos que saber qué es lo que pretendemos con las "acciones", ¿no? ¿Qué se supone que defendemos?

-El futuro –dijo Chanquete-. Defendemos el futuro.

-¿Perdona? –pregunté en tono burlón. Costaba tomarse nada en serio con caretas de cartón y grandes palabras. Siguió Chanquete:

-Esa es nuestra causa: el futuro. Todo lo que nos ofrecen es pasado: nostalgia, remakes, oldies, EGB, mitos, batallitas, seguridades perdidas y que no volverán. Han conseguido que deseemos su pasado en lugar de nuestro futuro, volver atrás, revivir aquel tiempo. Acabaremos añorando hasta el bipartidismo y las mayorías absolutas. Pero nosotros queremos nuestro futuro.

A partir de ahí se fueron pasando la palabra unos a otros, como si lo hubiesen ensayado, repartiendo los argumentos:

-Somos la primera generación –dijo Pancho, la primera desde la Guerra Civil, que vivirá mucho peor que sus padres. Se acabó el progreso. Los jóvenes de hoy ya ganamos menos que los jóvenes de la misma edad hace solo una década.

-Más de un tercio de menores de treinta años está en riesgo de pobreza –siguió Tito-, y ni siquiera te libra tener un trabajo: una cuarta parte de los que trabajan también están amenazados de exclusión social.

-Solo uno de cada cinco puede emanciparse antes de los treinta –era el turno de Quique, y la mayoría lo hace compartiendo piso. En algunas ciudades el precio medio de un alquiler es casi igual al salario medio de un joven.

Muy bien, muy interesante, pensé. Aquello de pronto parecía un inofensivo seminario sociológico en vez de una célula clandestina.

-¿Y qué es lo que nos ofrecen? –preguntó Desi. Nostalgia y mucha mierda. Eso sí, mierda cool, con nombre en inglés y a ser posible acabada en "ing": coliving, que suena mejor que "no podrás tener una casa en tu puta vida".

-Freeganismo –dijo Javi. No te llega el sueldo para comer, pero puedes buscar en la basura, como hacen los hipsters en Nueva York.

-Nesting –añadió Julia: si no tienes dinero, quédate en casa el fin de semana, que es la última tendencia. Encerrarte en casa rebaja la ansiedad e ilumina la mente, lo dicen los expertos.

-Wardrobing –sumó Pancho, te compras una camisa, la usas un día y la devuelves a la tienda, así siempre vas a la moda sin gastar el dinero que no tienes.

-Sinkies, que suena a grupo indie: no tenéis hijos porque no os llega ni trabajando los dos. Sois sinkies.

-Doer, el nuevo héroe de la clase obrera, capaz de hacer el trabajo de cuatro, sin dormir incluso, tragando muchas bebidas energéticas, que nada te detenga.

-Job Sharing, comparte trabajo con otro desesperado como tú, y comparte también el sueldo.

-Trabacaciones.

-Economía colaborativa.

-Salario emocional.

Y así siguieron un rato, como si estuviésemos en un concurso de la tele, de esos en que hay que decir todas las respuestas posibles en el menor tiempo. Como el jodido "Un, dos, tres" de los ochenta, sí.

Yo me preguntaba dónde me había metido, quiénes eran aquellos, si unos activistas, unos frikis, unos cachondos o unos iluminados. Y qué estarían dispuestos a hacer en los próximos días por su causa. Nuestra causa.

EPISODIO 9: TRAS LOS PASOS DE TITO

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