Sobre charlas, trincheras y equidistancias
Hay polémicas que nacen de grandes ideas y hay otras que nacen de algo mucho más sencillo: no preguntar a tiempo dónde te metes. Lo ocurrido con las famosas jornadas organizadas por Pérez Reverte con el controvertido título “La Guerra que todos perdimos”, a las que, en el último momento, David Uclés decidió no asistir pertenece, con toda probabilidad, a la segunda categoría. Lo curioso no es la decisión —cada cual gestiona su agenda y sus principios como mejor entiende—, sino el ruido que se generó después, ese murmullo creciente que termina convertido en combate de trincheras digitales, con vencedores imaginarios y derrotas muy reales para el debate público.
A modo de consejo, casi de urbanidad básica: cuando te invitan a un sitio, conviene saber quién organiza, con qué enfoque, con qué participantes y con qué propósito. No es solo una cuestión de coherencia personal; es también una forma de respeto hacia quienes sí han decidido acudir. Todos conocemos la opinión de los organizadores del evento, su equidistancia y como han querido, sin conseguirlo, emular a Manuel Chaves Nogales y colocarse en el “bando” (lenguaje que emplean a menudo) en esa “Tercera España”, que nunca ha existido, que condena por igual, sin matices ni estudios en profundidad, la violencia perpetrada durante Guerra Civil española como si fuera un todo homogéneo. Finalmente, la organización ha decidido aplazar las jornadas, en teoría por presiones y peligro de boicots violentos, no lo voy a negar, pero sí, a falta de información, a ponerlo en duda.
Lo llamativo es que no eran las primeras jornadas de este tipo, ni la primera vez que su principal impulsor dejaba claro su marco interpretativo sobre la Guerra Civil. Nadie acudía a ciegas. Quien aceptó, sabía que habría equidistancias, que se intentaría encajar el pasado en el cómodo molde de “las dos Españas” y que se apelaría a esa supuesta “tercera vía” que, en el fondo, funciona mejor como marca personal que como categoría historiográfica. Por eso sorprende convertir en escándalo lo que era previsible.
Ahora bien, que algo sea previsible no lo hace necesariamente deseable. Las jornadas, por su propia estructura, reproducen un modelo agotado: mismos nombres, mismos temas, mismas conclusiones. Apenas presencia femenina, ausencia de historia de género, poco espacio para debates actuales como la hambruna, los perpetradores, la vida cotidiana de los combatientes, las fosas, la violencia sexual o el papel de las mujeres en guerra y posguerra. Tampoco se aborda cómo enseñar este pasado en las aulas, algo crucial en un momento en el que proliferan símbolos y discursos fascistas entre la juventud. No es que falten especialistas jóvenes trabajando estas líneas; es que rara vez se les da espacio. Así, el pasado termina siendo contado como si el tiempo también se hubiera detenido para la historiografía, que cada vez va a mayor velocidad.
A esto se suma un problema conceptual más profundo que conviene señalar con claridad: no perdieron todos la guerra, no hubo una lógica de “locura generalizada” y no todas las violencias fueron iguales, aunque todas sean moralmente censurables. Presentar el conflicto como una especie de tragedia colectiva sin responsables ni proyectos políticos enfrentados es, en esencia, reproducir el relato franquista que se consolidó durante los llamados “25 años de Paz”. Ese discurso, tan eficaz en su momento, no buscaba comprender el pasado, sino neutralizarlo, diluir responsabilidades y construir una memoria anestesiada que facilitara la estabilidad del régimen. De ahí deriva buena parte de ese franquismo sociológico que todavía hoy condiciona el debate público. Quien acude a este tipo de jornadas sabe a lo que se expone. Sabe qué se dirá, qué incomodará, qué generará debate. Pero, la inexactitud del título no debería ser motivo suficiente para retirarse. Precisamente porque el marco es problemático, es donde más necesario resulta introducir matices, romper simplificaciones y dar voz a lo que a menudo no quiere ser escuchados/as. Es más valiente explicar con rigor qué fue un golpe de Estado, cómo se desarrolló la guerra y qué significó la posguerra que, refugiarse en espacios donde todos piensan parecido.
Conviene hacer una distinción. Las decisiones personales, especialmente en el caso de un escritor que vive de su obra, son legítimas y deben seguir siéndolo, aunque, en mi opinión, no generó el efecto deseado, además, no lo comparto -eso no quiere decir que me sume a la ola de insultos, algunos homófobos, contra David Uclés, los condeno férreamente-. Sin embargo, las negativas de última hora, sobre todo cuando se hacen públicas, dejan de ser una decisión privada para convertirse en gesto político, aunque no se pretenda. Además, lo presentó como un acto moral, señalando que quienes iban a asistir y explicar sin dicotomías, ni dogmas ideológicos, lo sucedido en los años treinta y cuarenta en España estaban equivocados.
La opinión pública se dividió entre si se debía o no participar, pero no si se tenía que asistir para dar razones de peso, con rigor teórico y metodológico, para dejar claro que la guerra no la perdimos todos. Pero para quienes nos dedicamos profesionalmente a la historia, a la docencia universitaria, existe una responsabilidad pública —no moral, pero sí laboral— de intentar explicar la complejidad del pasado, incluso en contextos incómodos. Porque ni la guerra la perdimos todos, ni España está condenada a dividirse eternamente en dos bloques irreconciliables, argumento esgrimido por el creador de Alatriste. Explicar el contexto sociopolítico de los años veinte y treinta, comprender por qué hubo un golpe de Estado, situar el caso español en un marco europeo donde Rusia, Finlandia, Irlanda, Francia, Italia o Grecia también vivieron conflictos internos, es parte de nuestra tarea como historiadores/as. Si no somos capaces de hacerlo en foros donde no nos sentimos del todo cómodos, corremos el riesgo de ceder el relato cultural a quienes prefieren la simplificación o la nostalgia.
Mientras tanto, quienes mejor han jugado esta partida han sido los equidistantes. Han conseguido presentarse como defensores del diálogo, han visto cómo sus críticos se enzarzaban entre sí y han reforzado la idea de que el pasado sigue siendo un campo minado del que mejor no hablar. Un gesto utilizado por la derecha política y mediática, dando una nueva para el PP y Vox en esa batalla cultural carente de matices. Curiosamente, son los mismos sectores que llevan años insistiendo en que la Guerra Civil ya estaba superada, que removerla solo genera división y que mirar atrás es un lujo innecesario. Lo hemos visto en repetidas ocasiones: desde declaraciones políticas que cuestionan la apertura de fosas comunes hasta la resistencia institucional a políticas de memoria que buscan identificar a las víctimas y reconocer a los verdugos. Cada vez que se plantea la necesidad de investigar desapariciones, reparar a familiares o contextualizar la represión, reaparece el argumento de que “hay que dejar el pasado atrás” o que “todos fueron culpables”.
Esa postura, aparentemente conciliadora, en realidad perpetúa la desigualdad en el reconocimiento del sufrimiento. Porque no todas las víctimas han tenido el mismo lugar en la memoria pública, ni todos los muertos han recibido el mismo trato institucional. Negarse a hablar de fosas, de desaparecidos o de responsabilidades políticas no es neutralidad; es una forma de posicionamiento que favorece el olvido selectivo. El resultado de todo este episodio es, en cierto modo, una victoria para quienes prefieren el pasado como terreno de ambigüedad permanente. Mientras discutimos sobre quién asiste o quién se retira, el debate sobre cómo explicar la guerra, cómo integrar la memoria en la educación o cómo renovar los enfoques historiográficos queda relegado a un segundo plano. Así, pasan los años, se repiten los mismos esquemas y volverán a organizarse jornadas con títulos desafortunados que, lejos de abrir el diálogo, lo encorsetan, por muchos “Davides Uclés” que acepten la invitación y se nieguen posteriormente.
Tal vez convendría recordar que el pasado no desaparece por decreto ni se neutraliza con simetrías retóricas. Se comprende, se discute y, en el mejor de los casos, se integra en una cultura democrática capaz de convivir con sus contradicciones. Para eso hacen falta espacios plurales, sí, pero también claridad, renovación generacional y menos dramatización de lo anecdótico. Al final, la literatura seguirá siendo literatura, la historia seguirá exigiendo método y el debate público seguirá oscilando entre el matiz y el eslogan. Quizá la lección más útil de todo esto sea que no todo gesto necesita convertirse en símbolo ni toda polémica merece elevarse a categoría histórica. A veces, la mejor forma de defender el pasado es hablar de él con menos ruido y más precisión. Sobre todo, recordar que no hay equidistancia posible entre el rigor y la comodidad intelectual.
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