Colau ante la misma encrucijada que Bosch

Imagen de archivo de la alcaldesa en funciones, Ada Colau

Mayo de 2015. Colau gana inesperadamente a Trías. El de CiU -aún era candidato de CiU pese a que hoy ya nadie de CiU fue nunca de CiU- asume la derrota la misma noche electoral. Colau le ha ganado por un escaso margen. Pero le ha ganado. El gesto de Trías fue honesto, sin duda, aunque tal vez demasiado para determinadas élites que se afanan a cuestionar su aceptación de la derrota y le exigen que luche por lograr la alcaldía, con un sólo propósito: impedir que Colau pueda ser alcaldesa.

A tal extremo llegó la cosa que empezaron los telefonazos, a toda pastilla. Y algunas promesas de esas poco confesables. Algunos del ‘upper Diagonal’ movieron hilos con esa suficiencia de quien se cree capacitado para decidir por todos, quitando a unos y dando a otros, y cobrándose luego los favores. O pagándolos. Las derechas jalearon la ocurrencia, también en CiU algunos festejaron el cortejo. Se dejaron querer pese a que estamos en ciernes de acelerar el proceso soberanista. Además el atropello tenía un handicap, ese acuerdo necesitaba la bendición de ERC. Y ahí se encontraron con un muro de hormigón. Alfred, ante la insistencia arrogante de los emisarios del ‘upper’, zanjó el asunto mandando a pastar, simbólicamente, al último pelmazo que le exigía votar a Trías, junto a PP y Ciudadanos. Como dato curioso, los posconvergentes, en esta campaña, acusaron a Maragall de tener cerrado un tripartito con Colau y Collboni. El cartesiano Artur Mas auguró ‘si suman, sumarán’ a vueltas con el espantajo del Tripartito. Mintió a sabiendas, tal y como hoy comprobamos. Al contrario, lo que sí es seguro es que en 2015, hace sólo cuatro añitos, sólo cuatro, si CiU, PP y Ciudadanos llegan a sumar, el pacto de investidura estaba hecho. El problema fue que necesitaban a ERC y ERC se negó en redondo a los deseos de algunos (pocos y cada vez menos) señoritos y señoritas del ‘upper’.

Colau fue alcaldesa y el primero que anunció su apoyo, gratis, a la investidura de Colau, fue Alfred Bosch, en nombre de ERC. Luego se añadieron los cuatro del PSC de Collboni y uno de la CUP. Mayoría absoluta. Bosch permitió el cambio y no quiso sacar tajada de la encrucijada. La alcaldía se gana en las urnas, dijo. Y se negó a participar en pactos vergonzosos. El bueno de Bosch, hoy excelso conseller de Exteriores, incluso dio un voto de confianza a Colau cuando se podría haber abstenido. Y evitó así una segunda vuelta. Por si fuera poco, Alfred Bosch le votó ese mismo año el presupuesto, luego de negociar algunos flecos, como una mejor financiación de las obras de la Linea 10 del metro o el cierre de la Modelo y su integración en la ciudad.

Pero por ahora no parece que Colau vaya a tener con ERC la caballerosidad de Bosch. Incluso algunos Comunes no dudan en apostar sin complejos, públicamente, por hacer a ERC lo que ERC se negó a hacer a los Comunes de Colau. Es decir, impedir su acceso a la alcaldía pactando la investidura con la derecha extrema. Y lo sueltan así, sin ruborizarse, cuando deberían andarse con pies de plomo. Puesto que ellos no son el PSC, lo suyo se define con mayor carga ideológica. Y ese tipo de pactos se suelen pagar muy caros. Es el ejemplo más claro de pan para hoy y hambre para mañana y de descrédito a largo plazo. Se antoja difícil de justificar que aquella alcaldía republicana que liquidó el ejército fascista que el 26 de enero de 1939 entró por la Diagonal, jaleado por determinada derecha local, luego de 80 años no pueda volver pese al veredicto de las urnas. Gracias a un pacto entre la pretendida izquierda transformadora y los herederos de esos que jaleaban al Ejército de Franco y que aún hoy huyen con aspavientos del Parlament cuando este propone condenar el franquismo criminal, la dictadura que mató tanto y que mató hasta el final.

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