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Sobre el ecologismo, el rigor y el futuro de la humanidad

El calentamiento global puede limitarse modificando hábitos diarios

Luis Rico / Gabriela Vázquez Macías / Koldo Hernández

Doctor en Ecología por la UAM / Licenciada en Biotecnología / Licenciado en Derecho, máster en Derecho Ambiental / Miembros de Ecologistas en Acción —

“Un ecologista es una persona que tiene más razón de la que le gustaría”. Con esta frase ironizaba nuestro compañero Ladislao Martínez sobre los problemas ambientales que el ecologismo ha ido señalando a lo largo de la historia.

La relación entre procesos (como la incineración de residuos, los vertidos a los ríos, la combustión del diesel, el cambio climático o la pérdida de calidad del aire), sustancias contaminantes (como el DDT, el lindano, los CFCs, el plomo, el mercurio o los plásticos) y sus efectos sobre la salud y el medio ambiente han sido objeto de parte de las campañas que desarrollamos desde el ecologismo social organizaciones como Ecologistas en Acción (y tantas otras a nivel nacional e internacional). Algunas de ellas han tenido incidencia sobre cambios regulatorios y sociales. La mayoría de las veces demasiado tarde (o cuando el problema tenía envergaduras muy grandes y el coste de actuación era mucho mayor). Son muy pocas (ninguna que recordemos) las veces que se ha alertado sobre problemas inexistentes, como recoge un estudio de la Agencia Europea del Medio Ambiente en el que intentaba recoger “falsos positivos” en cuanto a la aplicación del principio de precaución durante todo el siglo XX, concluyendo que esto no había ocurrido ni una sola vez (el mismo informe recogía numerosos ejemplos en los que se había actuado demasiado tarde). El tiempo nos ha ido dando la razón en todos y cada uno de estos problemas, entre otras cosas porque siempre se han tratado con rigor los análisis de las causas y los efectos de dichos problemas.

Todas estas campañas han encontrado críticas. Por lo general las han copado los lobbies de la derecha o de las empresas afectadas por las propuestas ecologistas. Pero también desde algunos sectores (generalmente minoritarios) del ámbito científico que critican al ecologismo por una supuesta falta de base científica. Ocurrió con el DDT, con el agujero de la capa de ozono y con el cambio climático (problemas que ahora muy poca gente pone en duda). La historia se repite y ahora le toca el turno al glifosato y a los alimentos genéticamente modificados. Este verano, este diario ha sido testigo de ese debate a raíz de un artículo de Esther Samper sobre una sentencia judicial en EE UU que condenaba a Monsanto. Desde Ecologistas en Acción respondimos al texto incidiendo en la necesidad de aplicar el principio de precaución y de no promover el uso del glifosato cuando hay discrepancia científica sobre su inocuidad. A nuestra réplica, respondió Esther Samper en un artículo en el que, omitiendo la mayoría de nuestros argumentos, nos acusaba de hacer un uso ideológico y no científico del principio de precaución y nos tildaba de ‘religión envuelta en verde’ que ‘adoctrina desde el púlpito’ sin rigor alguno y sin siquiera saber que ‘los tomates tienen genes’. Esto obligaba a descartarnos de los debates sobre el futuro de la humanidad para dejarlos en manos de 'autoridades científicas'. Ahí es nada.

Seguimos recalcando que el principio de precaución es necesario cuando tratamos con sistemas complejos como la salud o el medio ambiente, en el que no es fácil determinar causas y efectos. La aplicación práctica consiste en 1) analizar lo que se sabe sobre los efectos de una sustancia (o un proceso) sabiendo que es imposible probar algo al 100% y 2) tras evaluar los riesgos de cada opción, tomar una decisión, siempre teniendo en cuenta que es más fácil prevenir que curar. La primera parte depende de la ciencia (con su incertidumbre), pero la segunda, en todos los casos, es una decisión política y social que requiere debate público, pues ante una misma información no todas las personas tomaríamos los mismos riesgos ni emprenderíamos las mismas acciones. Ahí la ideología (nuestra manera de entender cómo es el mundo y cómo debería ser) tiene mucho que decir, puesto que ninguna decisión está libre de ella. Esto no es malo, de hecho es algo inherente a los seres humanos, que somos animales políticos y sociales. Lo que es incorrecto es ignorarlo. De hecho, en un mundo marcado por la desigualdad las pretensiones de actuar ‘sin ideología’ suelen significar estar actuando, muchas veces inadvertidamente, aceptando las guías de la ideología dominante.

El debate científico del glifosato estaba desarrollado en el artículo anterior, por eso sorprende (o igual no tanto) que, más allá de la metáfora inicial sobre la seguridad de las setas para ejemplificar el principio de precaución, la autora haya decidido omitir el resto en su réplica. A riesgo de ser repetitivos: a día de hoy la ciencia dice que no se puede descartar que el glifosato pueda tener efectos sobre la salud (no solo cáncer) y el medio ambiente. Ponemos a su disposición un informe que recaba cientos de artículos científicos con los posibles efectos adversos del glifosato. Con controversia (palabra utilizada por la autora), la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), de la Organización Mundial de la Salud, incluyó al glifosato en el grupo 2A como probablemente cancerígeno para humanos. “Controversia” quiere decir que hay personas de la comunidad científica que no creen que el glifosato sea cancerígeno pero otras que sospechan que sí, que apoyan el trabajo de la IARC y que la han defendido ante los ataques “injustos” que ha sufrido (¿se considera que estas personas tampoco dan la talla científica?).

Además, en el artículo señalábamos como la gran industria agroalimentaria ha falseado datos y, pese a ello, sus estudios, algunos no públicos, se han tenido en cuenta en las evaluaciones de algunos organismos reguladores (todo esto sin respuesta de la autora, a quien no parece preocuparle este agravio a la ciencia). Por lo tanto, y apoyándonos en la cita de Carl Sagan con que se nos critica en el último artículo, en este caso quien ha ejercido la duda ante la controversia científica ha sido el movimiento ecologista y quien se ha posicionado en la fe ciega en la seguridad de una tecnología ha sido la autora.

Tras las dudas que alberga la inocuidad del glifosato, el movimiento ecologista realizó una campaña contra la renovación de su autorización, pero no era la única. De hecho, se enmarcaba dentro de una campaña de mucho más largo recorrido por la transformación del modelo agrario, porque no tiene sentido aislar la cuestión de un compuesto del resto del sistema político y social con el que interactúa, que es más complejo que un laboratorio. Por eso la crítica a esta campaña tiene varios errores.

Estar en contra del glifosato no implica estar a favor de otros pesticidas más contaminantes, de hecho los compuestos a los que aduce se encuentran en la Guía de alimentos disruptores de Ecologistas en Acción. Dado que el modelo agroalimentario actual es insostenible, injusto y poco saludable, que los productos y los precios de estos están muy determinados por las grandes corporaciones que dominan la producción y la distribución alimentaria; y que la seguridad alimentaria está más relacionada con la distribución de los recursos que con la producción, la propuesta alimentaria de Ecologistas en Acción pasa por la transición hacia modelos agroecológicos diversificados, combinando diferentes modalidades de agricultura ecológica con medidas que promuevan el desarrollo local y la justicia económica para el campesinado (y que por lo tanto limiten el poder de las agrocorporaciones), así como la seguridad alimentaria. Un modelo con base científica, que tiene mayores ventajas sociales y ambientales, con potencial para alimentar a todas las personas, que es sustentado por los movimientos campesinos de base (que son quienes alimentan al mundo) y que es apoyada por la FAO. Para conocer más detalle en qué consisten estas propuestas recomendamos los textos de Olivier de Schutter (ex relator de la ONU por el Derecho a la Alimentación), de la UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development), del comité IPES-Food o las propuestas políticas de La Vía Campesina. Transitando hacia ese modelo cobra sentido el debate del glifosato.

En el análisis de riesgos de Esther Samper, en cuya ideología no parece entrar el cambio de modelo agrario ni cuestionar el poder de las multinacionales, que considera que el principal problema alimentario es tecnológico, lo mejor es seguir usando glifosato, ante el riesgo de otros males mayores como el aumento de pesticidas peores o el incremento de precios y el hambre, aunque su deducción es reduccionista pues la relación entre producción y precio final no es lineal, no está justificada con datos y es calcada a la de la gran industria. Los grupos ecologistas pensamos que es mejor evitar una tecnología concreta, cuya inocuidad está en cuestión, porque en la actualidad nos encaminamos hacia alternativas mejores, más sostenibles, realistas y, por ello, muy necesarias.

Terminamos recordando que la grave situación de crisis ecológica que padecemos hemos llegado precisamente por no hacer una interpretación demasiado ecologista del principio de precaución, que muchas veces se ha omitido en favor de las demandas de la gran industria. Por eso, además de incierto, es irresponsable culpar al ecologismo de basarse en prejuicios (y más irresponsable poner a un negacionista del cambio climático como ejemplo a seguir). El ecologismo social es un movimiento sociopolítico que hace propuestas rigurosas que parten de la complejidad social y ambiental de la biosfera, para alcanzar una sociedad más justa y resiliente que se adapte de los límites de los ecosistemas. Un movimiento que, como otros en la historia, ha conseguido importantes avances en ese sentido. Por eso tiene mucho que decir. La historia reciente nos avala. Es mucho más que una cuestión de fe.

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