La indecencia de quienes utilizan a los muertos

Morgue de Collserola, en Barcelona

El virus ha puesto en riesgo nuestras vidas y ha desnudado nuestra fragilidad. Vivíamos con certezas muy sólidas sobre cierta seguridad inexpugnable, pero se han desvanecido igual que la gente se ha evaporado de las calles. Entre la algarabía torrencial de voces de expertos profesionales y epidemiólogos aficionados, llegamos a la conclusión de que no resultan sencillas las medidas a adoptar. Tampoco está aún clara científicamente la propia naturaleza del patógeno o el alcance de sus efectos. En palabras recientes de Jürgen Habermas, nunca habíamos sabido tanto sobre nuestra ignorancia, ni sobre la presión de actuar en medio de la inseguridad global.

Sí que existe un consenso avalado por datos objetivos: la Covid-19 provoca una letalidad bastante más elevada en las personas ancianas. Todos conocemos casos cercanos de fallecimientos. En nuestro país se trata de la generación que creció en la miseria sombría de la posguerra, que padeció la brutalidad de una interminable dictadura y que contribuyó decisivamente a la construcción de nuestra democracia. También es la generación que, tras la crisis económica de 2007, se vio obligada a rescatar con sus estrechas pensiones de jubilación a sus hijos y nietos en riesgo de exclusión social.

La muerte siempre llega sin pedir permiso ni perdón. Su veredicto es inapelable y no admite revisión alguna. Como explicó Lluís Aracil, la muerte separa el cuerpo y la persona del fallecido, pero también nos pone a prueba como humanidad, ante su poder desintegrador. Ataca la solidaridad humana, pero sin llegar a destruirla. La hemos aceptado, en lugar de huir en desbandada; nos hemos amoldado a ella, en lugar de esquivarla. Y hemos comprendido que la muerte delimita la vida. Desde convicciones religiosas o ateas, en todas las culturas se ha afrontado ese tránsito definitivo con una serie de rituales, hábitos y solemnidades que nos refuerzan a nivel individual y colectivo.

María Zambrano escribió que solo el amor descubre a la muerte, porque sin ese sentimiento ignoraríamos lo poco que sabemos de ella. En tiempos de pandemia, el virus dificulta los afectos finales y la muerte deviene especialmente dolorosa para los familiares. Llega sin posibilidad de besos, de abrazos, de palabras de cariño. Los parientes no pueden amparar con su presencia a sus seres queridos en esos días tan tristes, no pueden acceder a sus restos mortales, no pueden decir adiós a la persona fallecida con los rituales fúnebres propios de nuestra cultura. No están permitidos los cortejos de acompañamiento, ni los funerales que agrupan a la comunidad en lugar de disgregarla. El proceso de duelo queda así dañado ante una despedida anómala.

La muerte es el límite de la medicina. El coronavirus está provocando la pérdida de vidas y resulta lógico analizar la gestión del Gobierno, en el contexto de una emergencia sanitaria tan perturbadora. Las valoraciones críticas son pertinentes para determinar si hubo imprevisión culposa en nuestros gobernantes, si están organizando diligentemente el material de protección personal o si las medidas generales adoptadas son las más eficaces para neutralizar el virus. El debate público también permite reflexionar sobre si disponíamos de instrumentos estructurales adecuados para hacer frente a la propagación de la enfermedad, tras años de privatizaciones en la sanidad, de recortes en nuestro sistema público de salud y de mercantilización de las personas mayores en las residencias.

Seguro que nuestros gobernantes habrán cometido errores en esta crisis, como otros gobiernos en un contexto muy difícil, sin precedentes, en el que deben combinarse constantemente decisiones muy rápidas de carácter científico, económico y social. El papel de la oposición siempre debe ser útil para fiscalizar la acción del Gobierno y aportar ideas alternativas que favorezcan una gestión más positiva. Lo que necesitamos son opositores constructivos y no un despliegue de improperios, crispación y bulos poco idóneos para mejorar. Lo que necesitamos son ideas sensatas, análisis técnicos acertados y soluciones oportunas para proteger la salud pública. El esfuerzo colectivo de nuestra sociedad es un ejemplo a seguir. Como regla general, la oposición debe aportar algo más que la nada.

En ocasiones se pueden suscitar dudas sobre dónde trazamos la frontera entre una contribución constructiva y una crítica destructiva. Deberían resolverse a favor de la libertad de expresión, sin desdeñarse el uso prudente de la responsabilidad institucional en momentos muy delicados. Pero hay límites éticos que jamás deberían superarse. Como hemos observado estos días con desazón, resulta indecente instrumentalizar a los muertos, hablar interesadamente en nombre de ellos o utilizar de manera oportunista el dolor de sus familiares. Tampoco son aceptables algunas sorprendentes exigencias sobre exhibicionismo mediático de cadáveres con la finalidad de obtener beneficios partidistas.

Parece evidente que la Covid-19 ha surgido de manera fortuita, sin ninguna intervención de los gobernantes, aunque ahora deba ser controlada democráticamente su gestión. La pandemia está provocando decenas de miles de defunciones en todo el mundo, sin que pueda establecerse automáticamente una relación de causalidad entre una acción de gobierno y un fallecimiento concreto. Las víctimas han de quedar al margen de la contienda política. En momentos tan trágicos debemos apoyar a sus familiares desde la fraternidad, el calor humano y la empatía hacia quienes han sufrido.

La fugacidad de la existencia consigue dilatarse de forma infinita cuando los muertos siguen viviendo en la memoria de los vivos. Así tejemos la continuidad entre las generaciones. En uno de sus más célebres poemas, John Donne nos recordó que la muerte de cualquier persona nos vincula, porque todos integramos la humanidad. Por eso nunca debemos preguntar por quién doblan las campanas. Lo hacen por cada uno de nosotros. Saldremos adelante si seguimos reforzando la arquitectura solidaria de nuestros lazos comunitarios. Respetar a los muertos por el virus es una de las formas más honestas de ayudarnos.

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Publicado el
6 de abril de 2020 - 22:20 h

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