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Transparentes

"Todes somos personas, todes tenemos derechos", pancarta en la manifestación del Orgullo Crítico en Madrid.

El COVID-19 se ha convertido en un asunto muy serio y debemos cumplir desde la corresponsabilidad y la disciplina social las indicaciones que nos den las autoridades públicas. Es el momento de la calma y la unidad para que podamos frenar la curva.

Pero una vez aclarado esto, permítanme alejarme de este tema por un momento para hablar de otra cosa. Permítanme reflexionar sobre otro tipo de problema que, lamentablemente, también sigue siendo preocupante.

Les hablo del virus de la ignorancia: una patología difícil de exterminar por completo, una enfermedad que muta constantemente y que tiene diversas cepas que atacan a múltiples colectivos de riesgo. Todo el mundo ha oído hablar alguna vez del racismo, la xenofobia, el clasismo o la homofobia. Son menos quienes se han parado a reflexionar sobre la islamofobia, la bifobia, el capacitismo y otras tantas fobias.

Este domingo, que celebramos en España nuestro Día de la Visibilidad Trans (cita complementaria a la conmemoración internacional el próximo día 31) quiero hablar de una fobia que me conozco de primera mano: la transfobia.

Y como lo personal es político, voy a intentar explicar de forma sencilla lo que es y les voy a proponer humildemente herramientas para hacerle frente.

Pues bien, la transfobia no es otra cosa que la discriminación hacia las personas trans. Personas que llevamos toda la vida peleando por sobrevivir porque, como dijo Daniela Vega en el Palacio de La Moneda después del éxito en los Oscar de ‘Una mujer fantástica’: "La gente trans existió desde el día 1 de la existencia de la humanidad".

La transfobia, como el machismo, tiene muchas dimensiones y grados de virulencia. La punta del iceberg son los asesinatos que contabilizamos cada año a lo largo y ancho del planeta. Pero debajo de esa punta hay mucho más hielo: el desempleo, la exclusión social, la patologización, la falta de referentes e, incluso, la negación de nuestro propio derecho a ser.

Como decía antes, la ignorancia es un problema serio que a veces rebrota, incluso en personas que se supone que deberían ser inmunes. Individuos que quieren distraernos sacando autobuses que les dicen a los niños y niñas lo que tienen que tener entre las piernas. Mentes carentes de empatía que tienen la poca vergüenza de cuestionar que yo soy, por derecho propio, una mujer.

Voces que parecen olvidar que vivimos en un país que reconoce constitucionalmente el derecho al libre desarrollo de la personalidad, fundamento principal de la Ley 3/2007, que cumple hoy 13 años de su entrada en vigor.

Esa ley supuso un hito histórico al introducir el derecho de las personas trans a ser reconocidas legalmente acorde a nuestra identidad de género, sin necesidad de una cirugía genital (porque ser hombre o mujer va mucho más allá de los genitales). Una norma que el actual Gobierno tiene la voluntad de reformar –tal y como aparece escrito en el acuerdo de Coalición Progresista– y que el propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha comprometido públicamente a mejorar.

Pero habrá a quien no le valga, ni siquiera, el argumento legal, pues su voluntad de borrarnos sobrepasa el respeto a nuestro Estado de Derecho. Tiempo al tiempo, que ya la justicia ha empezado por suspender cautelarmente el veto parental y por retirar el reconocimiento de utilidad pública a HazteOir.

En fin, habiendo explicado brevemente el diagnóstico, pasemos a centrarnos en la solución: por supuesto, necesitamos más educación y mejores leyes, pero, sobre todo, nuestra herramienta fundamental contra la ignorancia será nuestra visibilidad.

Aquí es donde me gustaría concluir pasando del dicho al hecho para nombrar en este marzo trans a algunas de las personalidades que están dando la cara por nuestra comunidad:

A Laverne Cox, Daniela Vega, Josiah Garcia, Indya Moore y tantas otras caras que protagonizan series y películas de éxito mundial.

A Darío Gael Gómez, Roberta Marrero, Alana Portero y tantas otras plumas que escriben historias que merecen ser leídas.

A Alba Palacios y Ángela Ponce por pisar bien fuerte en el campo de fútbol y en la pasarela mundial.

A Jack Halberstam, Itxiar Ziga o Elizabeth Duval por hacernos filosofar.

A Bibiana Fernández, Elsa Ruiz, Dani Curbelo, Alicia Ramos, Cristina ‘La Veneno’, Nova Bastante o Valeria Vegas por haber demostrado que el mundo del entretenimiento también aporta reivindicación y visibilidad.

A Alba Romero, Estrella Cid, María Pachón o Carolina Menéndez por romper los techos de cemento en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

A Juani Bermejo –investigadora en computación cuántica– y Marina Saenz –Catedrática de Derecho Mercantil– por demostrar que las personas trans podemos conquistar, también, la Universidad.

Y, por supuesto, a Kim Pérez, Marcos Ventura, Joana Cabrera, Joss Pérez, Guillem Montoro y decenas más por hacer de su activismo un estilo de vida que dignifica nuestra democracia.

Me dejo muchos nombres en el tintero, pero creo que ha quedado claro mi mensaje: pelearemos por ser visibles una y otra vez hasta que llegue el día en el que seamos, por fin, transparentes.

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