Su abuelita y yo

Una protesta contra un programa de televisión peruano llamado "La Paisana Jacinta" en el que un actor interpreta a una mujer andina y sus características son todas negativas./Pablo Pérez

Me había hablado mucho de su abuelita. Del chalet ese de su infancia que vendieron después de la muerte del abuelo. Del barrio burgués aquél de Madrid donde toda la gente es igual. De cómo esa mujer había hecho para criar a una familia numerosa, a hijos y nietos con la misma dedicación y cariño. De su elegancia y distinción. Y, por supuesto, del escudo franquista en su salón junto a la virgen. Bromeábamos mucho sobre cómo sería ese encuentro, ese choque de mundos el día que conociera a su abuela.

Ya estaba bastante mayor, así que ni siquiera íbamos a dar más explicaciones sobre nosotras, si acaso las justas. Ese día era su fiesta de cumpleaños y estábamos en la casa de uno de sus tíos, había una paella en el horno y niños jugando por todos lados. Pensé llegar a su abuela como se llega a un país que no es el tuyo, saludando e intentando pasar desapercibida. Pensé que se podía. A veces olvido que aquí no puedo camuflarme con el fondo, pero lo procuro. La situación me imponía un poco con todos sus tíos bebiendo cerveza y coreando el himno de su equipo. Sentadas en el patio alrededor de una mesa, un puñado de mujeres acompañábamos a la matriarca entrañable. Ya nos habían presentado, el día festivo transcurría alegremente y yo con él.

Entonces, de refilón oigo a la abuela hablar, le está preguntando a alguien por mí, concretamente le está preguntando a una de sus hijas qué tal trabajo. Su voz cruza delante de mí, me atraviesa sin tocarme, no me lo pregunta a mí, se lo pregunta a alguien con voz, que pueda responder por mí, como pidiendo referencias mías. Le intentan explicar que se está equivocando, una de las tías de mi chica se desvive intentando explicarle que yo soy la amiga de su nieta, la periodista que escribe cosas. ¡Ella escribe en El País, mamá!, exclama. Pero ella no se da cuenta de lo que está pasando y esta vez se dirige a mí para preguntarme cuántas casas limpio, porque la mujer paraguaya que trabaja en la suya se va a ir a fin de mes a su país de vacaciones y ella se va a quedar sola. Ahora viene a mi cabeza la anécdota desopilante que me contó, la fiesta familiar de disfraces en la que la abuela se disfrazó de María Antonieta e hizo que su cuidadora se disfrazara de criada. Sabíamos que no iba a ser fácil. Además, tampoco es el chat de los policías municipales de Madrid, tampoco me ha dicho “comida para peces”. Pobre, estoy convencida de que no quería ofenderme, solo ha visto que soy sudaca y para ella todas las sudacas limpiamos casas. Así es el estereotipo. Pero cómo juzgarla. Ella vivió en una dictadura, fue educada para complacer a otros, a la sombra de un marido, en un mundo masculino, reproduciéndose hasta que el cuerpo aguante, en una sociedad ultracatólica y castrante para las mujeres. Yo no. Me acuerdo de mi propia abuela Victoria, que era chola peruana y bien racista, se rechazaba a sí misma como tantos cholos, ocultaba su origen andino porque andino quería decir pobre y explotado, no quería ser como su mamá Josefina. Para no ser discriminado allí hay que pasarse al otro bando, hay que convertirse en discriminador. Hablaba de los cholos con desprecio y aunque no limpió casas ajenas fue obrera y pobre y luchó por dejar de serlo. Qué gracioso hubiera sido juntarlas. Mujeres, al fin, como yo, como tú, tan distintas.

Intento reírme, fingir durante unos segundos que la situación no me ha violentado. Compartir con el resto de mujeres miradas cómplices sobre esas viejas generaciones de señoras españolas que vivían en peceras y no se enteraban, ellas que dejarán cuando se vayan lo mejor y lo peor de su mundo que también agoniza. Me hubiera gustado escucharla, sonreír, menear la cabeza, cogerla de la mano, decir algo divertido y atesorar la anécdota junto a las las veces en que me confundieron con la nana de mi propia hija en un parque de Barcelona o cuando un señor en una farmacia limeña me dijo que nos fuéramos a su casa porque necesitaban chica. Y contarla a nuestros amigos más tarde entre risas inteligentes y comentarios decoloniales. No olvidar nunca el famoso día en que conocí a tu abuelita y me quiso llevar pa su casa. Y ya.

Pero esta vez no puedo, me quedo callada, me levanto discretamente de la mesa y me voy al baño porque tengo el pecho lleno de algo, como de un ruido colosal y sollozo. Me enfado menos con su abuelita que conmigo misma por volver a sentir esa herida. La de mi abuelita Vicki y la de tantas en las que se intersectan otros dolores en un cuerpo de mujer, como la raza o la clase. ¿Por qué lloro? ¿Por qué me ofende? ¿Por qué yo fui a la universidad? ¿Porque no quise ser Victoria que no quiso ser Josefina? ¿Porque yo también considero que ser una trabajadora del hogar es ser menos que una periodista que escribe en El País? ¿Porque eso me recuerda mi racialización, la raza que siempre ha sido y siempre será la medida de mí misma? ¿Porque duele que vuelvan a meterme entera en ese casillero de sus cabezas? Porque soy Victoria y no lo soy.

Pienso en los esquimales que pueden ver hasta veinte tonos de blanco mientras aquí seguimos siendo incapaces de ver los matices. Vivimos con ese otro al que preferimos no conocer, al que se estereotipa, niega, encierra y deporta. España es la abuelita. Viene entonces su nieta, que es blanca y española como ella, pero que es otra, y me levanta la camiseta y me besa los pezones negros no para legitimarme sino para que deje de llorar. Lo hago y salgo otra vez al extranjero.

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