Catalunya: confrontación política y unidad civil

Pedro Sánchez y Quim Torra en su reunión en el Palacio de la Moncloa

Entre septiembre y diciembre de 2017, se manifestó con toda su crudeza la incapacidad del sistema político español para gestionar el conflicto territorial que venimos arrastrando. Un año después y en plena fiebre conmemorativa, siguen sin ser reparados los daños producidos y no se ha recuperado el funcionamiento regular de las instituciones. Lo hemos comprobado de manera más que evidente en las recientes peripecias parlamentarias.

Estamos todavía en los preámbulos de una posible salida a la crisis. No se define aún el camino para conseguir la gestión sosegada de las graves diferencias existentes. Porque las condiciones para entrar en materia no existen todavía. Entrar en materia e iniciar una negociación requeriría rebajar emociones -que no suprimirlas-, avanzar propuestas -y no solo proclamas- y examinarlas luego con atención y con voluntad de encontrar la base común para un acuerdo temporal de mínimos. Porque conviene ir descartando la idea de una solución definitiva y eterna.

Para empezar, es indispensable que se reconozcan los daños provocados por decisiones tomadas a lo largo del otoño-invierno del pasado año: la irregular alteración de los procedimientos parlamentarios, la judicialización expansiva de las diferencias políticas, la represión violenta de la consulta popular del primero de octubre, la interpretación extensiva del artículo 155, la acción sectaria y beligerante de algunos medios de comunicación. Sin olvidar una prisión provisional injustificada de los dirigentes encausados que sigue pesando sobre el ambiente.

Los leves indicios positivos aportados por los nuevos gobiernos en Barcelona y en Madrid no pueden ser ignorados. Pero todavía son muy débiles e inconstantes para confiar en una próxima recuperación de los equilibrios político-institucionales que se rompieron hace tiempo. Esta etapa preliminar, por tanto, será larga. Entre otras razones, porque este conflicto -por localizado que parezca- no es separable de la pluralidad de crisis y problemas que padecen las sociedades avanzadas de hoy: en lo económico, en lo social, en lo institucional, en lo mediático y cultural. La inestabilidad es la regla. No hay referencias claras que imitar. Nadie dispone ni aquí ni fuera de aquí de las recetas mágicas. De ahí, las dudas y las indefiniciones de buena parte de los actores políticos a los que exigimos soluciones rápidas y redondas que no existen. Para comprobarlo, basta echar un vistazo a la situación de nuestros socios europeos.

Por tanto, conviene prepararse para un período largo de inestabilidad en el que van a continuar la fatiga y la desazón, a escala individual y colectiva. ¿Hay que resignarse y abandonar? No parece propio de una ciudadanía responsable que intenta configurar su futuro. Hay, al menos, dos objetivos generales que PRÒLEG hace suyos. El primero es seguir explorando cualquier resquicio que sirva para facilitar contactos entre quienes -en Cataluña y en España- entendemos que ningún asunto político puede ser tratado democráticamente como cuestión de “todo o nada”. Un segundo objetivo es en cierto modo previo al anterior. Se trata de reforzar la voluntad de evitar y prevenir pasos y acciones que incrementen los daños ya infligidos a las reglas básicas de la convivencia civil.

Es una misión que no compete solamente a los agentes políticos. Incumbe a cuantos influyen sobre las actitudes ciudadanas. Y entre ellos, corresponde a las entidades y organizaciones que se mueven en ámbitos diversos de las relaciones sociales. Construyen el indispensable tejido asociativo de cualquier sociedad civilizada. Hay que prestar atención a estas asociaciones y colectivos que -con plena conciencia de sus límites y de su diversidad interna- contribuyen a mantener la cohesión social a partir de una red de contactos personales: en el mundo vecinal, en el mundo del trabajo, en el mundo de la educación, en el mundo de la cultura y del deporte. Lejos de pretender una representación universal de una comunidad tan plural y compleja con títulos de carácter omnicomprensivo -“sociedad civil catalana”, “assemblea nacional catalana”- , aquellas entidades se mueven en ámbitos sectoriales y con conciencia de sus límites.

Desde PRÒLEG, subrayamos su papel. Les invitamos a participar en una sesión abierta (22 de octubre, Palau Macaya) para que expongan su forma de encarar las condiciones del entorno político y de qué manera pueden eliminar o reducir daños provocados por el conflicto territorial. Entendemos que la confrontación política que se vive en Cataluña y que afecta a sus relaciones con España puede encontrar en este tejido asociativo una red de seguridad que neutralice el riesgo de fractura social, anunciado por algunos con cierta fruición. Son las interacciones que se dan en el seno de aquellas entidades las que generan intercambios solidarios, enriquecedores. O, por el contrario, son las que pueden infiltrar dosis de desconfianza, aversión y antagonismo que debiliten y acaben destruyendo la cohesión de la comunidad.

Ya hemos dicho que algunos signos recientes de distensión no ocultan su misma fragilidad: los inminentes avatares judiciales y las próximas convocatorias electorales van a jugar en su contra. Razón de más para preservar espacios de convivencia social que contrapesen las dinámicas más destructivas. Hay que seguir siendo exigentes con lo que corresponde al plano político. Pero sin descuidar los canales de intercambio donde se construyen actitudes y opiniones que en última instancia marcan la diferencia entre lo que es una política democrática de calidad y lo que no lo es.

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14 de octubre de 2018 - 20:22 h

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