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Nicolás Redondo y el PSOE verdadero

Nicolás Redondo Terreros.

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Para muchos fue seguramente una sorpresa la expulsión del PSOE de Nicolás Redondo Terreros. No tanto por la decisión en sí, como por el hecho de que el exdirigente vasco no se hubiera marchado hace tiempo y por su propio pie de una organización que parece herir con extrema dureza su sensibilidad política.

Redondo forma parte del club de viejas glorias socialistas que se consideran por derecho natural representantes del PSOE ‘auténtico’ y que, al constatar su incapacidad para mantener el control del aparato del partido mediante los resortes del debate interno, optaron por la vía del enfrentamiento público con la nueva generación de dirigentes, con tal enconamiento que hoy son elogiados ardorosamente por la misma derecha ultramontana que los atacó sin piedad en su día. El motivo de la ira es ahora la amnistía. Y los pactos en general con nacionalistas e independentistas. Hace poco fueron los indultos a los condenados por el procés. Antes, la ley de Memoria Histórica de Zapatero. O el Estatut catalán de 2006. Siempre se rompía España. Siempre se atentaba contra la democracia.

Más allá de la opinión legítima que cada cual pueda tener en todos estos asuntos, hay un hecho de fondo que explica la virulencia de estos socialistas de la vieja guardia, y es la sensación desoladora de que unos advenedizos les han robado su partido y que cada día que pasa se les hace más difícil recuperarlo. Para ellos, el PSOE verdadero es el que surgió del congreso de Suresnes en 1974, en el que un grupo de jóvenes encabezado por el carismático Felipe González y financiado por la socialdemocracia alemana dio un golpe generacional e ideológico y jubiló al denominado PSOE “histórico” que había liderado en el exilio Rodolfo Llopis durante 30 años. Dato curioso: aquel congreso reconoció el “derecho de autodeterminación de los pueblos de España”, compromiso que desapareció después en el camino, al igual que la identificación del partido con el marxismo o el rechazo a la OTAN.

El felipismo tuvo luces y sombras, tanto en la orientación del partido como en el ejercicio de gobierno. Entre las últimas caben destacar el terrorismo de Estado con los GAL, los escándalos generalizados de corrupción o una liberalización desenfrenada de la economía que abonó el camino al neoliberalismo que hoy reina a sus anchas en el país. La era González llegó a su fin con su derrota electoral en 1996 tras un largo calvario en el que padeció la furia implacable de la derecha, con el ‘sindicato del crimen’ como mascarón de proa. Ansiosa por alcanzar el poder, la derecha demonizó entonces a su hoy venerado González con la misma iracundia con que lo haría después con Zapatero y Sánchez.

Pese a renunciar al liderazgo del partido, González no se resignó a perder su control. Un historial de éxitos electorales que habían permitido a los socialistas gobernar 14 largos años avalaba, por lo visto, su ascendencia sobre el partido y el sello que había impreso a este. Ya volverían a la Moncloa; en eso consiste el juego de la democracia. El primer paso fue asegurarse de que las riendas del partido quedaran en manos de un fiel escudero, Joaquín Almunia. Sin embargo, las bases y la militancia no le respondieron como esperaba.

En las primeras elecciones primarias del partido, convocadas en 1998 para definir el candidato a la Moncloa, Almunia perdió ante Josep Borrell. Este pagó cara su osadía con la filtración de un escándalo que salpicaba a dos de sus colaboradores en Hacienda, y dimitió. Almunia se presentó a las elecciones de 2000 y obtuvo el peor resultado del PSOE en unas elecciones generales hasta ese momento. Ese mismo año, tras la dimisión de Almunia como secretario general, el 35 congreso socialista eligió a su sucesor: la apuesta del felipismo era José Bono, pero, contra todo pronóstico, ganó el desconocido Zapatero. Con la marcha de este en 2011, el felipismo fue decisivo para aupar a Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato a las generales de ese año –con un resultado desastroso– y como secretario general del partido en 2012, al vencer en el 38° congreso a Carme Chacón por solo 22 votos. El experimento duró poco más de dos años: la desafección de las bases y los votantes empujó a la convocatoria de primarias en 2014, que ganó por amplio margen el insurgente Pedro Sánchez. Luego vino el golpe palaciego contra este, la constitución de una gestora y unas nuevas primarias en 2017, que, para desazón de los adalides del PSOE 'auténtico', ganó de nuevo Sánchez con holgura.

El hecho es que, si sacamos la calculadora, la era del PSOE bajo los detestados Zapatero y Sánchez –incluidos los interregnos de Rubalcaba y la gestora, que evidenciaron la agonía del felipismo– dura ya 23 años, uno más de lo que duró la hegemonía de González en el partido. Y, si Sánchez consigue mantenerse en la Moncloa, consolidará aun más su poder en la organización. Esta perspectiva es obviamente un trago muy duro de digerir para los felipistas que aún, pese a la contestación reiterada de las bases, se consideran los depositarios de las esencias del partido. Del mismo modo que lo es para la derecha ver alejarse cuatro años más el horizonte para recuperar la Moncloa. Por eso no sorprende que la vieja guardia socialista y la derecha cerril confluyan en los ataques contra Sánchez: ambos comparten la angustia de ver diluirse sus posibilidades de recuperar un poder que consideran que les pertenece.

Lo ocurrido con Nicolás Redondo Terreros es muy elocuente al respecto. Cuando se enteró de su expulsión del PSOE, estaba comiendo con José María Aznar y Joaquín Leguina, otro ‘histórico' socialista que ya había sido expulsado del partido por su desafiante deslealtad. De inmediato se alzaron las voces desde la derecha para exaltar las virtudes de Redondo –luchó codo a codo con Mayor Oreja contra ETA pese a pertenecer a dos partidos distintos, ¡eso sí que era grandeza de miras!, etc.–, y Felipe González proclamó que a él nunca se le habría ocurrido expulsar del partido al padre de Redondo por haberle convocado como líder de UGT una huelga general. Como si una protesta de los trabajadores contra un recorte de las pensiones fuera equiparable a participar en un acto público con Isabel Díaz Ayuso en plena campaña de las últimas elecciones madrileñas.

Considerar que existe un PSOE ‘verdadero’ es un error que pagó en su día Llopis y que ahora están purgando Felipe González y sus acólitos. Un error en el que no incurrió Zapatero, que se fue dignamente de su cargo, y que haría mal en repetir Sánchez, a quien en algún momento sucederán otros. Los partidos van experimentando transformaciones de acuerdo con el espíritu de su tiempo. Sin duda ya no estamos en los días de la Transición. Ni siquiera en un pasado mucho más reciente en el que dos partidos dominaban a sus anchas el escenario político. Pretender anclarse a pasados supuestamente idílicos conduce ineluctablemente a la melancolía. O como suele decir con agudeza Ignacio Sánchez Cuenca, al enfurruñamiento.

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