Telecinco y la autoficción

Salvame

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Leo que Paolo Vasile abandona el despacho grande de Telecinco y no puedo evitar preguntarme qué será de su exótica pléyade. Bajo su mandato esa cadena ha creado y alimentado a un pequeño pero escandaloso grupúsculo social, casi una banda urbana o más bien una secta dotada de sus propias normas y sus propios rituales. Personas devoradas por sus personajes que se han enamorado, se han separado, se han traicionado y se han demandado en función de la curva de audiencia. Vidas subyugadas al share, esclavos de la autoficción antes de que esa corriente ganase Premios Nobel. ¿Qué será de toda esa gente ahora?

Desde su nacimiento Telecinco ha ejercido de eficaz contrapeso al discurso bienintencionado de la importancia del esfuerzo, de los estudios, de la cultura. Durante más de dos décadas, esa cadena ha demostrado que se puede ganar dinero, y mucho, con un solo talento: la exhibición. ¿El precio? Entregar la vida entera al fingimiento, descendencia incluida.

Lo llamaron telerrealidad y sus artífices soportaron toda clase de embates. Cuando se puso de moda insultarles con aquel neologismo, telebasura, ellos se defendieron con el escudo del entretenimiento, como si lo entretenido fuese siempre y por definición algo bueno y sano y respetable. Cuando estalló la crisis económica, se hicieron expertos en economía, y cuando llegó el COVID, expertos en inmunología. Como en la vida real, todos los temas maridaban con los romances, los cuernos y las reconciliaciones.

Han llegado a desayunar, merendar y comer en pantalla; han tosido y se han sonado los mocos; han exhibido la mecánica completa de un organismo humano salvo las excreciones y la muerte, ahí pusieron el límite. Imaginaron y representaron la vida humana tal y como sería si Dios hubiese creado el universo hasta arriba de alucinógenos: gritos, risas y llantos amalgamados, ráfagas musicales tras cada frase y ataques de nervios interrumpidos por una pausa para los anuncios.

Todo arropado por el excelente trabajo de un departamento de maquillaje que en ocasiones bordeaba el arte de la restauración. Había que tapar las marcas de la auténtica vida, las costras, los granos y las rojeces salvo cuando, por necesidades de la trama, el deterioro cutáneo convenía. Pero ni el antiojeras, ni los colores ácidos del decorado, ni la luz siempre al borde de la sobreexposición mitigaban el tono lumpen, de charla carcelaria extrañamente peripuesta y siempre al borde de la reyerta.

Me pregunto qué será de toda esa gente a partir de ahora. Siendo como son supervivientes profesionales, es probable que salgan adelante. Montarán empresas de eventos, darán charlas motivacionales o acabarán en política. Así podrán seguir viviendo de cosas que parecen la realidad pero, en el fondo, son tan ajenas a la vida como una pantalla partida.

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