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La teoría del abusón

"Soy mujer y apoyo a Donald Trump"

A lo mejor es una aprensión mía, pero parece como si el mundo se hubiera convertido en un patio de colegio sobrepoblado por abusones. Como en Secundaria, no quedan muchas esquinas donde esconderse de esos sujetos ruidosos, broncos, faltones y siempre rodeados de una pandilla de alfeñiques y aspirantes a matones que compiten entre sí por ver quién celebra las gracias del líder de la manada de la manera más ruidosa, más bronca y más faltona imaginable.

Todos reconocemos a un abusón con solo verle y escucharle hablar un par de minutos. Nos hemos criado con ellos. Muchos los han sufrido y otros nos hemos librado simplemente porque éramos los hijos de la maestra. Se reían de la niñas por ser niñas, de los pequeños por ser pequeños, de los gordos por ser gordos, de los flacos por ser flacos, de los feos por ser feos, de los guapos por ser sospechosamente guapos, de los que usaban gafas por llevarlas, de los que hablaban poco por decir algo alguna vez, de los que estudiaban por sacar nota... Mientras no te tocaba te creías a salvo. Tardabas algún tiempo en darte cuenta de que nadie estaba realmente a salvo porque al abusón todo aquel que no sea él mismo le molesta.

Al abusón no le basta con la victoria. Ganar nunca es suficiente. Necesita humillar y destrozar al otro para que les sirva de lección al resto. Hay mucho de ese comportamiento matonil en el desprecio con el que Albert Rivera ha tratado a sus críticos delatándoles como topos socialistas. En las batallas internas de PSOE y Podemos sobran los abusones, siempre con la patada en la boca y el empujón por la espalda preparados, y faltan los referentes políticos capaces de armar un discurso solvente y capaces de ofrecer una visión y un ejemplo.

España no es una excepción. La confortable Europa se ha llenado de matones que se pasean por parlamentos e instituciones señalando, humillando, insultando y acosando a inmigrantes, árabes, musulmanes, mujeres, feministas, gais, transexuales y, en general, a quien sea diferente o se les ponga por delante. Mientras, la gente de orden calla y otorga o propone que se les señale, humille, insulte y acose pero sólo si realmente se lo merecen.

Entre todos los abusones, ninguno tan de manual como Donald Trump. En apenas unas semanas ha batido todos las marcas de matonería conocidas mientras acosaba e intentaba chulear a los inmigrantes, a los mexicanos, al presidente de México, a los primeros ministros de países tan hostiles como Australia y Canadá o incluso a un juez federal, nombrado en su día por George Bush hijo, que se ha atrevido a suspender su ilegal apartheid migratorio.

Como sucedía en el colegio, todos han tenido que enfrentarse casi en solitario al matón mientras los demás nos ocupábamos de nuestros asuntos y no queríamos meternos en líos. Lastrada por la vergüenza de sus propios muros en el Mediterráneo y pastoreada por una Ángela Merkel que no quiere más problemas en el año de sus elecciones, Europa ha decidido ser pragmática y hacer como que ni ve, ni oye, ni siente las bravuconadas del abusón que se sienta en el despacho oval.

Con el tiempo aprendimos que a los abusones, antes o después, hay que plantarles cara y darles una lección que no puedan olvidar fácilmente. Puedes retrasar ese momento algún tiempo pero resulta inevitable, en la vida y en la política. Como bien dijo Jim Hooper, el sheriff de Stranger Things –David Harbour–, en su poderoso discurso ante el Sindicado de Actores, es tiempo de cazar monstruos.

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