Trump y la diplomacia de la humillación estratégica
En El arte del trato, el libro de Donald Trump que Trump no escribió aunque haya olvidado que no lo escribió (su autor real es Tony Schwartz, que años después dijo que con esta biografía contribuyó a embellecer a un cerdo), se habla de uno de los pilares de la política de Trump: la hipérbole verdadera. Esto es, la exageración como forma de promoción personal que se basa en jugar con la fantasía de la gente de que hay algo más espectacular, grande y poderoso que la realidad que observamos y nos limita, y que existe un hombre que encarna esa fantasía de grandeza sin límite: Trump. ¿Absurdo? ¿Infantil? ¿Narcisista? Sí, sí y sí. Pero aquí estamos, apostando el futuro del planeta y las relaciones internacionales a los caprichos de un ser corrupto necesitado de afirmación continua.
La extensión, o la otra cara, del narcisismo de Trump es una pléyade de líderes mundiales que han decidido que la mejor forma de tratar con el presidente de EEUU es el autodesprecio estratégico. En palabras de Trump, arrastrarse y besarle el culo con entusiasmo para no ser víctima de su ira y conseguir alguna pequeña ventaja. Lo ha hecho el primer ministro británico Keir Starmer, elevando a Trump a categoría de monarca (No Kings, protestan los propios americanos), lo ha hecho el canciller alemán Friedrich Merz dejando que haga bromas de nazis a su costa en el Despacho Oval, y lo ha hecho sin ningún rastro de vergüenza ni dignidad el secretario general de la OTAN Mark Rutte. Hasta para los medios de EEUU, que conviven diariamente con el chapoteo baboso que rodea a su presidente y en buena parte participan de él, la actuación de Rutte fue asombrosamente rastrera. Susan B. Glasser, periodista de The New Yorker, escribió que el momento en el que Rutte llamó “Daddy” a Trump fue tan doloroso que sintió alivio cuando su presidente comenzó a hablar de nuevo. Glasser advierte de que “la necesidad ilimitada de Trump de afirmación positiva es tal que nadie puede aspirar a satisfacerla permanentemente”. Glasser comparte la opinión de Deborah Haynes de Sky News: la adulación refuerza en Trump la idea de una Europa débil e indigna de su respeto y admiración. Conclusión: es tremendamente humillante y ni siquiera tenemos garantías de que funcione.
La cumbre de la OTAN solo consiguió que se comprometiera una ingente cantidad arbitraria de dinero en defensa que en buena parte irá a parar a la industria armamentista estadounidense. Nada para Ucrania y nada para contrarrestar el peligro que Vladimir Putin supone para la seguridad de Europa. Trump volvió a decir que el presidente ruso es “muy agradable”, así que nos vamos a gastar una buena parte del PIB que necesitamos para sanidad o pensiones en conjurar la amenaza de un presidente que para Trump es “muy agradable”. Comparto con Susan Glasser el sentimiento de dolor que causa ver arrastrarse a los líderes europeos y participar de una orgía de adulación y peloteo. Es más doloroso aún siendo europea: aquí nadie le ha votado, no nos representa y a pesar de esto parece que le tenemos que rendir pleitesía. Se acabó la diplomacia de igual a igual, o la diplomacia que al menos guardaba la apariencia de que todas las naciones son soberanas y sus ciudadanos merecen representantes que defiendan sus intereses con honestidad y valentía.
En España el absurdo vergonzante de la situación se multiplicó porque el presidente Pedro Sánchez fue el único que dijo claramente que nuestro país no iba a gastar el 5% del PIB en defensa. Y su actuación, honesta, justa y en defensa de los intereses españoles se criticó desde la oposición, buena parte de la izquierda y la mayoría de medios. Su soledad en la cumbre se ha tachado de esquirolaje con el resto de países de la OTAN, como si se pudiera ser esquirol de la desvergüenza, y en el camino sin retorno de su deshumanización y deslegitimación, se le atribuyen solo razones egoístas y corruptas hasta para mantener la postura correcta. ¿Por qué no pudo hacer la misma pantomima que los demás?, nos preguntan a los ciudadanos, estupefactos de que nuestros dirigentes consideren razonable y digno intentar timar al timador de Trump para que nos deje vivir tranquilos un día más. Son evidentes los graves problemas de corrupción que debe afrontar este gobierno pero eso no impide que, en política internacional, tengamos que optar por la dignidad o la sumisión, por la verdad aunque traiga consecuencias indeseables o el falso halago. En esta ocasión, como en el genocidio de Gaza, Pedro Sánchez está en el lado correcto de la historia. Lo mínimo es que los españoles lo estemos también. Al menos hasta que las urnas decidan otra cosa.
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