Sin tiempo no hay medicina
Durante años se nos ha repetido que vivimos en la era de la personalización. Algoritmos que prometen conocernos mejor que nosotros mismos, recomendaciones “a medida”, decisiones supuestamente adaptadas a cada individuo. Sin embargo, la experiencia cotidiana es otra muy distinta: una creciente estandarización de las personas, tratadas de manera lineal, como si todos fuéramos intercambiables.
Estamos cada vez más protocolizados, más clasificados, más reducidos a datos. Y, paradójicamente, menos reconocidos en lo que nos hace singulares.
No todos somos iguales. Nunca lo hemos sido. Y, sin embargo, con frecuencia se nos trata como si lo fuéramos.
Esta tensión entre la individualidad y la norma atraviesa hoy toda la sociedad, pero se hace especialmente visible en la medicina. Protocolos, guías clínicas, procedimientos y ahora también sistemas de inteligencia artificial aspiran a mejorar la precisión y la eficiencia. No cuestiono su utilidad. Pero sí me preocupa que, en ese camino, se diluya algo esencial: la mirada humanista que reconoce a cada persona como irrepetible.
Desde mi experiencia como médica, he aprendido que el acto médico no puede reducirse a la aplicación correcta de un protocolo. Requiere tiempo, escucha y una relación basada en el respeto mutuo. Nunca he creído en una medicina paternalista, en la que el médico decide y el paciente obedece. La relación terapéutica debería ser un diálogo entre iguales, con una diferencia clara: uno de los dos aporta el conocimiento científico, pero ambos aportan su experiencia, sus valores y sus límites.
Escuchar no es un gesto amable añadido al final de la consulta. Escuchar es comprender qué espera el paciente, qué teme, hasta dónde está dispuesto a llegar y qué no está preparado para asumir. Solo desde ahí puede construirse una propuesta terapéutica realista.
Soy consciente de que todo esto choca con una realidad incómoda: el tiempo. Yo misma la he vivido. Consultas cronometradas, agendas saturadas, pantallas que avisan del retraso acumulado, sistemas que miden cuánto se dedica a cada paciente como si el cuidado pudiera fragmentarse en minutos intercambiables. Es muy difícil escuchar de verdad cuando se trabaja bajo esa presión constante. No solo es inadecuado para un buen tratamiento: es doloroso para el médico y empobrecedor para el paciente.
He visto demasiadas veces tratamientos impecables desde el punto de vista técnico fracasar estrepitosamente. No porque fueran incorrectos, sino porque el paciente no confiaba en ellos. Y sin confianza no hay adherencia. Y sin adherencia no hay éxito. Un tratamiento puede ser estadísticamente óptimo y, sin embargo, inútil para esa persona concreta.
William Osler, considerado el “doctor de doctores”, lo expresó con una claridad que sigue vigente: «El buen médico trata la enfermedad; el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad». Más de un siglo después, seguimos debatiéndonos entre esas dos formas de entender la medicina.
Hoy confiamos cada vez más en porcentajes, en predicciones, en modelos basados en grandes volúmenes de datos. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria para apoyar decisiones clínicas. Pero ningún algoritmo puede sustituir la relación humana, la capacidad de captar matices, dudas, resistencias o silencios.
El riesgo no es tecnológico, sino cultural: confundir la eficiencia con la excelencia. Optimizar procesos sin preguntarnos qué le ocurre a la persona que tenemos delante.
Humanizar la medicina no es solo una cuestión de actitud individual. Exige condiciones que lo hagan posible. Si no se garantiza un mínimo de tiempo para cada paciente, pedir una medicina más humana se convierte en una declaración retórica. Aquí la responsabilidad no es solo del profesional: también es de quienes diseñan, gestionan y legislan el sistema sanitario.
Quizá el verdadero progreso consista en saber cada vez más sobre las enfermedades y en permitir que nunca falte lo imprescindible: tiempo para atender a las personas que las padecen.
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